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Damsel in distress

“Nosotros somos unos caballeros, de eso no hay duda. Respetamos a las mujeres. Las respetamos mucho: les abrimos la puerta, les decimos piropos, les ofrecemos el brazo para saltar los charcos, les explicamos con paciencia las cosas que no entienden…

No hay más que ver a nuestras mujeres, que son todas unas verdaderas damas. Elegantes. Unas señoras. Unas madres para nuestros hijos, como deben ser.

Carla en cambio no era ninguna dama, no había más que verla. Las damas no se visten así. ¿Sabes a lo que me refiero? No andan así, no hablan así, no se comportan así. Que no es que fuera desagradable de mirar, todo lo contrario. Pero no era una dama, y punto. A nadie se le habría ocurrido ofrecerle un brazo para que se apoyara. Un brazo no.

A Carla le gustaba estar con nosotros también. No es solo una cosa nuestra. Le gustaba la atención, cuanta más atención mejor. Iba provocando, Carla, iba buscándoselo. Eso es así.

Es verdad que Tomás se puso tonto, le dijo cosas que no le está bien a un caballero decirlas, pero es lo que ella estaba buscando, ¿no? Lo que ella quería. Los demás nos acercamos a ver, porque la conversación se estaba poniendo divertida. Tomás estaba furioso y le llamó puta y otras cosas, que ella se merecía, todo hay que decirlo, y le puso la mano en una teta.

Ella se la apartó riéndose. Riéndose, ¿no? O sea, muy mal no debía de sentirse, así que los demás fuimos y le pusimos la mano en otras partes, cada cual donde pudo, o donde quiso. Ella intentaba apartarnos, pero seguía riéndose. Una risa un poco nerviosa, porque seguro que en el fondo le estaba gustando, a la muy zorra. Las mujeres como Carla están ahí para la satisfacción de los hombres, y si se la niegan se merecen un castigo.

En realidad fuimos muy delicados con ella porque solo le tocamos el cuerpo por debajo de la ropa. Al principio.

Solo le pegamos cuando empezó a gritar. Una dama de verdad nunca habría gritado: habría usado su inteligencia y su astucia para salir del aprieto. Carla gritó, y tuvimos que pegarle.

Entonces ya hicimos con ella lo que nos apeteció. Carla era una buscona, y al final encontró lo que buscaba. Nosotros somos unos caballeros, si Carla hubiera sido una dama no le habríamos tocado un pelo. Como no lo era, no estábamos obligados a respetarla. Y eso es así.

Algunos seguíamos tocándola como y donde nos apetecía. Otros seguían pegándole, aunque ya no hacía falta para que se callara porque tenía los ojos cerrados y prácticamente no se movía. Ropa, ya casi no le quedaba, aunque tampoco es que llevase mucha ya de por sí, la muy guarra.

Hubo un momento en que se oyó un chasquido, pero no fue en mi parte del cuerpo así que no me preocupé.

Cuando nos quedamos a gusto, cada uno con la parte del cuerpo que nos tocó tocar, la dejamos ahí, nos fuimos a casa, con nuestras mujeres. Esas sí que son damas, y las respetamos. Nunca les haríamos lo que le hicimos a Carla, porque somos unos caballeros. Faltaría más.”

En el capítulo anterior: Miren cuenta su vida.

 

De abril a junio, aproximadamente, seguimos Miren y yo en este ritmo de mensajes de ida y vuelta, incluso con alguna videoconferencia en Skype. (Sus compañeras de piso, por cierto, muy majas y muy guapas. Me las presentó a todas una de esas noches, yo estaba en calzoncillos tirado encima de la cama, me sentí un poco observado y un poco hombre objeto, pero no pasa nada por sentirse así de vez en cuando; muy de vez en cuando. En realidad, me gustó).

En junio, cuando terminó el curso lectivo en Lisboa, le escribí a Miren y le dije que iba a pasar unos días en Bilbao para ver a la familia. Que a ver si le apetecería quedar algún día, “o así”. Me dijo que sí, “¡claro que sí, hombre!”. De hecho tenía libre la tarde del viernes, “podemos aprovechar para dar una vuelta, hacer algo, comer, algo así, ¿qué te apetece?”.

Yo estaba nervioso, para qué voy a decir que no. A estas alturas ya había empezado a imaginar todo tipo de posibles futuros con Miren, y en casi todos éramos felices para siempre con ocasionales episodios de desnudez. Pero yo siempre he sido muy parado para estas cosas: necesito indicaciones luminosas y una señal divina escrita en los cielos para animarme a dar un paso; o eso, o que sea la chica la que tome la iniciativa. La otra vez, cuando salimos, fue Miren la que me cogió de la mano, me dijo, “tú, el chico silencioso, ven aquí un momento” y empezó a enrollarse conmigo detrás de una columna del claustro de la universidad.

Si no, de qué.

En fin, llegó el viernes. Me puse una camisa de cuadros aunque un poco más elegante que la media de todas mis camisas de cuadros, pero me la dejé por fuera del pantalón para no parecer demasiado burgués. La esperé sentado en la orilla de la ría, detrás del Guggenheim, junto a la escultura de la araña gigante. Ella salió a eso de la una y media. Venía bonita, claro, preparada para el trabajo, toda de negro, con un andar algo de chico malo y una sonrisa cruzada en la cara.

Se plantó delante de mí, y yo no sabía muy bien qué hacer, darle dos besos, darle uno directamente, darle la mano en modo irónico, esperar a que ella hiciera algo… Nos saludamos y nos quedamos sonriendo, el uno enfrente del otro.

-¿Qué tenemos, quince años? -dijo Miren por fin, y me dio un abrazo que duró más de lo normal pero menos de lo que me habría gustado.

Le propuse que subiéramos a Artxanda en el funicular. Siempre me gusta subir a Artxanda por lo menos una vez por año, a ver Bilbao desde arriba. Y además, para qué negarlo, es un plan bonito para hacer en pareja. A Miren le pareció bien. “Pero vamos a comer algo primero, ¿no?”

Así que paramos en un buffet chino en la calle Castaños para ponernos hasta arriba de tallarines con gambas y pollo Kon Pao. Nos reímos bastante, fue como continuar nuestras conversaciones virtuales, pero esta vez en persona.

-¿Cómo me ves? -le pregunté mientras esperábamos a los postres-. Comparado con hace quince años, me refiero.

-Más gordo -me contestó partiéndose de risa.

-Bien, Miren, bien. Muchas gracias

-No haber preguntado.

Y luego, sí, cogimos el funicular para subir a Artxanda. Hacía buen tiempo, bastante calor pero en el monte soplaba una brisa muy agradable. Vimos todo el centro de Bilbao por un lado, y el aeropuerto por el otro, y luego fuimos a sentarnos en la terraza de uno de los restaurantes.

-¿Y tú, cómo me encuentras a mí? -me preguntó Miren mientras se sería el té, como sin darle importancia aunque estaba claro que tenía la pregunta preparada desde hacía un rato.

-Más guapa y más equilibrada -contesté yo, que también tenía la respuesta preparada.

-Eso lo dices solo para que me sienta mal por haberte llamado gordo.

Después Miren propuso que nos fuésemos a la hierba a tomar el sol. Se descalzó y empezó a caminar por el césped, jugando con las briznas de hierba entre los dedos. Luego nos tumbamos a echar la siesta. En realidad, solo Miren se durmió: yo me quedé despierto, no por nada sino porque no tenía ganas de dormir, y miraba a Miren que estaba con los ojos cerrados y una media sonrisa en la cara, apacible y aparentemente feliz.

Y yo me sentía afortunado, aunque nervioso e inseguro al mismo tiempo. ¿Y si Miren no estaba pensando en lo mismo que yo? ¿Y si ella estaba soñando con alguien de su trabajo o de su cuadrilla, un chico alto, guapo, musculoso, inteligente, un animal en la cama y un caballero en el resto de cuartos? ¿Y si ella solo estaba recuperando una amistad que le traía recuerdos de otra época?

Asi que, como suelo hacer, no hice nada. Cuando Miren se despertó miró al reloj y dijo que huy qué tarde, que tenía que irse a coger el autobús para Vitoria, que iba a pasar el fin de semana con sus padres. Bajamos en el funicular y cruzamos la ría para que ella pudiera coger el tranvía hasta Termibus.

Nos despedimos con un abrazo. Con un abrazo. Con un puto abrazo.

 

En el próximo capítulo: Miren tiene algo que contar

Proxy

Hoy me ha parecido verte en Buenos Aires. No eras tú, claro, sino una chica que vista desde atrás y en determinado ángulo y bajo determinada luz, se parecía lo bastante a ti como para confundirme. Pero no eras tú, porque no podías ser tú.

He decidido seguirte, a ti que no eras tú, durante una pocas cuadras, para ver hacia dónde ibas. En un momento dado me ha parecido que me veías (tú que no eras tú), pero realmente solo estabas asegurándote de que no venía ningún coche antes de cruzar la avenida. Este tú que no eras tú tenía tus mismos ojos. La nariz era algo distinta, más aguda; le daba a la cara una expresión de severidad que la tuya no tiene.

Después de seguirla durante un par de minutos me ha dado miedo que se metiera al subte y la perdiera definitivamente, así que aprovechando un semáforo me he puesto a su altura y la he abordado.

-Perdona -le he dicho-, ¿sabes si por aquí pasa algún colectivo que lleve a la Boca?

Mientras esperaba su respuesta he podido mirarla mejor. En realidad, vista de cerca y de frente este tú que no eras tú se parecía cada vez menos a ti. La cara era más larga, menos redonda; los ojos eran los mismos, sí, pero no su expresión.

-Podés tomar el 152, del otro lado de la avenida -me ha contestado.

Por un momento se me ha pasado por la mente la idea de invitarla a un café con medias lunas; de intentar reatar con ella -con esta versión argentina tuya algo desdibujada- lo que se rompió contigo. “Gracias por la información, ¿qué te parece si te la agradezco con un café?”, podría haber dicho. Y ella podría haber dicho que sí, y podríamos habernos tomado ese café e intercambiado historias y a ella le habría hecho gracia mi acento y a mí el suyo me habría parecido de lo más sensual, luego, más tarde, a oscuras, en su departamento.

Pero no lo he dicho, claro. Le he dado las gracias al tú que no eras tú y la he visto perderse entre el gentío, caminando con paso rápido y decidido, y me he acordado de que una vez también a ti te vi marcharte así, aunque aquella vez era mayo y hacía calor y estábamos solos en una calle vacía, y no estábamos en Buenos Aires.

Es así: cuando me subo al metro abro mi libro y me abstraigo de la realidad. No sé dónde, cuándo, con quién estoy; estoy en otro sitio, en otro lugar, en otro mundo. Luego en un momento levanto la vista y pienso: “La siguiente parada va a ser Campo Grande, o la vida no tiene ningún sentido”; “si esta parada no es Baixa-Chiado, se acabó todo, adiós” o “como no lleguemos ya a Saldanha, el mundo está condenado”. Y la siguiente parada es Saldanha, y el mundo se salva. Y la gente no sabe lo que me debe, y sigue con sus vidas como si no hubieran estado a punto de ver el universo salirse de sus ejes, dislocarse, alejarse de sí mismo girando en espirales cada vez más amplias.

Claro que juego con cartas marcadas, porque por muy abstraído que esté en mi libro, me he montado tantas veces en la misma línea de metro que no necesito saber cuánto tiempo o cuántas paradas han pasado para saber exactamente en qué punto estamos. Y aunque por un momento me distrajese completamente, podria situarme de forma casi instantánea gracias a signos casi imperceptibles, como las manchas de la pared del túnel, el ruido de las ruedas en los raíles o las caras de las personas que viajan conmigo.

Así salvo al mundo cada día. Hasta que un día decido no salvarlo. Decido destruir el mundo, fallando a propósito en mi predicción. Así, cuando estamos llegando a Alameda, decido pensar en la parada incorrecta; pero no un poco incorrecta (São Sebastião, Arroios, Areeiro), sino tan incorrecta que no tenga absolución posible: una parada que no sea de la línea correcta, ni de la ciudad correcta, ni del país correcto. “Si la siguiente parada no es Retiro, va a suceder una catástrofe”, pienso.

Y la siguiente parada no es Retiro, naturalmente. Las ruedas del metro chirrían en los raíles de una forma extraña. Noto cómo me late el corazón en el pecho. Sudo. Qué he hecho, por qué, qué desastre. Quién soy yo.

Tan aturdido estoy que decido bajarme del metro. Es una parada en la que no me he bajado nunca; no la reconozco, no reconozco nada. En las escaleras mecánicas hay un espejo, pero por el ángulo en el que está situado no me refleja a mí, y sí al resto de los pasajeros. Por un canalillo pegado a la pared corre un agua que parece no salir de ninguna parte.

Cuando llego a la superficie miro a mi alrededor. No sé dónde estoy, pero sé que aquí yo soy un extranjero -lo que no es muy difícil de acertar porque soy extranjero en todos los países menos en uno. Me acerco a un caminante y le pregunto, en español, esperando que me comprenda: “Perdone, ¿sabría cómo puedo volver a mi casa?”

En el capítulo anterior: Miren y Santi intercambian y comentan sus creaciones.

“Pues mira, fue así. Nosotros lo dejamos, ¿cuándo?, ¿en el 2000? No, antes, en el 97, 98, no sé, da igual. Yo me fui a Bellas Artes, ya sabes, y dejamos de vernos. Los años en Bellas Artes fueron una puta locura. En el buen sentido. Casi siempre. Nos salía creatividad por los poros, creatividad y ganas de prenderle fuego a la vida, era todo en plan ‘Vamos a denunciar la mentira del sistema’, ‘Hay que acabar con los artistas chupópteros’, ‘La burguesía es el mal’, ese plan. Y muchos porros también.

Esa es la época en la que más experimenté. En todos los sentidos. Si hubiéramos seguido juntos creo que no habría podido hacer todo eso, y la verdad es que necesitaba hacerlo. Lo más sonado que hicimos fueron unas intervenciones artístico-políticas que hasta salieron en los periódicos. Yo salí en los periódicos, concretamente, protestando en bolas enfrente de la Delegación del Gobierno. A unos colegas míos les acusaron de kale borroka por tirar pintura al cuartel militar, les cayeron varios meses de cárcel y unas multas gordísimas. Y unas buenas hostias en comisaría, eso también.

En fin, terminé Bellas Artes y me salieron unas prácticas, una estancia, vamos, en Munich. Munich estaba muy viva en aquella época. Bueno, todavía está muy viva, dicen, no lo sé, yo ya he perdido el contacto, y el interés, hasta cierto punto.

El caso es que Munich fue al mismo tiempo un aprendizaje estupendo y una decepción tremenda. El mundo del arte, cuando sales a mar abierto, es una selva. Los artistas se dividen en locos, trabajadores y trepas. Los locos son los más geniales pero también los más destructivos; los trabajadores, bien, saben lo que hacen, lo hacen bien, dedican su vida a eso, muchos consiguen salir adelante; y luego están los trepas, que saben detectar las modas, lo que se lleva, lo que vende, y a quién vendérselo, y hacen política del arte, no política con el arte. Y esos son los que casi siempre llegan a grandes nombres. Es muy triste.

Tuve experiencias cojonudas, expuse obras mías en galerías importantes, bueno, más o menos importantes, no lo sé, a mí me parecían el MoMA. Vendí un par de cuadros y me gasté el dinero en petas y birras para todos mis amigos. Pero luego empecé a sentir el techo de cristal, lo que se suele llamar el techo de cristal. No sé si por ser mujer o por ser extranjera, y además del Sur, fíjate tú. Las personas importantes, los que de verdad mandaban, se conocían entre ellos, todos, se hacían la pelota unos a otros, y a mí me trataban bien, o sea, eran simpáticos, pero también un poco condecendientes, paternalistas, en plan ‘mira esta chica qué cosas tan monas hace, y además es exótica, ¡qué guay!’, en ese plan. O a lo mejor es que realmente no soy lo bastnate buena, no lo sé, no quiero ir de artista maldita…

También me lié con un chico. ¿Qué te crees, que has sido el único? Jejeje. Era un gilipollas, no sé si era tan brillante como él pensaba, pero desde luego oyéndole a él parecía que era Van Gogh, Picasso y Basquiat en una sola persona. Era mayor que yo, bastante mayor, o sea, de la edad que tú y yo tenemos ahora, más o menos. Jejeje. Estuvimos juntos casi dos años, casi todo el tiempo que estuve en Munich. Él se liaba con todas las que podía, pero a mí me parecía casi normal, la nuestra era una relación desequilibrada, él era el genio brillante y atractivo y yo era nadie, no era nadie. No te molesta que te cuente estas cosas, ¿no, Santi?

Munich se terminó cuando se terminó mi periodo de prácticas, cuando se terminó mi relación con Max y cuando descubrí que estaba agotada, deprimida y decepcionada. El artista que me acogió en las prácticas tenía ayudantes más jóvenes y más creativas en las que fijarse, yo no había vendido una obra en meses y mis padres me daban la barrila para que volviera a casa, que volviera a casa, cariño, que tú en Alemania no estás bien. Razón no les faltaba.

Y en fin, volví a casa. Había alguna posibilidad de irme a París con unas amigas, pero al final no me animé. Una de ellas estaba colada por mí, y a mí también me parecía atractiva, seguro que no te molesta que te diga estás cosas, ¿no?, pero yo no me animé, ni a irme a París ni a liarme con ella. Igual me habría ido mejor. Jejeje.

Volver a casa fue deprimente pero al mismo tiempo me salvó la vida, por decirlo así, o igual literalmente, no quiero ponerme dramática. Estaba del mundo artístico hasta las narices, pasé unos meses trabajando de camarera y viviendo con mis padres, un infierno, claro, después de haber vivido fuera, pero qué le vamos a hacer. Dejé de pintar, de dibujar, de esculpir, dejé todo, incluso quemé los cuadros que tenía por casa y tiré todos los materiales a la basura, así de harta estaba de todo. Un poco dolida en el orgullo, también, en plan “pues si no me quiere reconocer, ellos se lo pierden”, en ese plan.

Y luego salió lo del Guggenheim, que no es que sea ninguna maravilla pero me da para vivir en un piso compartido en Bilbao. Voy, vengo, vendo lápices, voy al gimnasio, como muchas verduras, veo Gran Hermano con mis compañeras de piso, tengo facebook, compro ropa en Zara, en fin, me he convertido en una chica normal, ya ves. ¿A ti qué te parece? ¿Sigues pensando que me he traicionado, o solo he evolucionado, como dicen los que no quieren admitir que se han traicionado a sí mismos?

En fin, esa es mi vida, ya ves, nada demasiado dramático, solo un pequeño naufragio y una aceptación de la normalidad.

Luego nos vemos en el facebook y hablamos de cosas normales. ¡Un beso!”

 

En el próximo capítulo: Miren y Santi se vuelven a encontrar en Bilbao.

Quemadura

Allá donde te toco se abre una llaga. Te acaricio y te sajo. Surcos. Me pides que siga, que no pare. Yo no quiero parar, tampoco quiero seguir, pero sigo. Nos besamos y los labios se te abren, como quemados por el frío. Te desnudas de tu propia piel. Gimes, de dolor, de placer, gimes. Frente a mis ojos, entre mis brazos te desangras y te descompones. “Lo siento”, te digo, “lo siento”. “Nunca te perdonaré”, me contestas con una sonrisa. Nos abrazamos, tu cuerpo arde y se convierte en ceniza.

Manga/o

Una tarde, cuando volví a casa después del trabajo, me encontré a Alicia sentada en la mesa de la cocina, comiendo un mango. Lo había pelado antes, ahora cortaba los pedazos alrededor del hueso y se los llevaba a la boca con el propio cuchillo. De la sorpresa, me quedé plantado en la puerta. Ni siquiera contesté a su saludo de bienvenida.

-¿Qué es eso que estás comiendo? -le pregunté.

-Un mango -contestó Alicia con una sonrisa.

-Sé que eso es un mango. Sé lo que es un mango, y sé que eso es un mango. Pero vuelvo a preguntarte: ¿qué es eso que estás comiendo?

Alicia me miró como si estuviera loco. ¡Yo!

-¡Ya te lo he dicho, un mango!

-Pero eso es imposible. A ti no te gusta el mango. Nunca te ha gustado.

-¿Ah, no? No lo sé, no me acuerdo. Pero ahora me gusta.

-No es solo que no te gustase, ¡es que lo odiabas!

-Hombre, odiar, odiar…

-Sí, odiar, odiar. ¿No te acuerdas? Hubo un día, ¿de verdad no te acuerdas?, que yo preparé la cena, y de postre puse un mango, pelado y cortado en pedazos. ¿De verdad no te acuerdas?

-No… Pero tampoco veo…

-¡Te pusiste como loca! Cogiste los pedazos de mango y los estrujaste con una rabia… El jugo del mango te corría por las manos, por los brazos… las ropas…

-¿Qué estás diciendo?

-Me mirabas con un odio que parecía que se te iban a salir los ojos. Se te marcaban los tendones y las venas del cuello…

-¡Eso nunca pasó! ¡Te lo estás inventando!

-¡No estoy inventando nada! Y luego me dijiste: “Que sea la última vez que me pones delante esta puta mierda de fruta”. Eso me dijiste.

-¡Eso es mentira! ¡Yo nunca dije eso!

-¡”Esa puta mierda de fruta”! ¡Palabras textuales!

-¡Estás inventándotelo todo! ¡Yo nunca dije eso! ¡Yo nunca diría eso!

-¡Lo dijiste! ¡Lo dijiste! ¡No intentes negarlo ahora!

-¿Estás loco?

-¿Me estás llamando loco?

-¡Me estás asustando!

-¿Te estoy asustando? ¿Te estoy asustando? ¿Vas a echarte a llorar como una niña?

-¡No! -contestó Alicia, y luego:- ¡Sí! -y luego, con rabia- ¡No!

Y con un movimiento decidido se metió otro pedazo de mango en la boca, masticándolo con gesto desafiante. Aunque, como dice Alicia, a lo mejor nada de esto ocurrió realmente y me lo estoy inventando todo. No lo sé.

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