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Las últimas noticias publicadas recientemente en medios nacionales e internacionales vienen a confirmar lo que este periódico ya adelantó hace unas semanas: el embarazo de un androide femenino de acompañamiento familiar modelo MARIA2060.X1. De nada sirve que las autoridades se afanen en negar lo que ya es una evidencia o en pedir prudencia a todos los implicados: el embarazo de la androide es ya vox populi y ha sido comprobada por medios científicos y por médicos cualificados.

De confirmarse definitivamente, como estamos seguros de que ocurrirá, esta noticia supone un hito en la historia de la robótica y de la relación entre androides humanos, no por la existencia de relaciones sexuales (conocidas e incluso habituales desde que GoogleRobotics introdujo por primera vez órganos genitales en sus productos), sino por haber dado como resultado un embarazo, algo que hasta ahora se consideraba imposible: los androides, incluso los “femeninos”, carecen de matriz que pueda albergar un embrión, así como de ovarios que produzcan óvulos susceptibles de ser fecundados.

Restan todavía numerosas preguntas que deben ser aclaradas cuanto antes: ¿Ha introducido la compañía fabricante alguna modificación en sus androides que permita la concepción? ¿Y si así fue, no fallaron a su deber al no informar al público y a las autoridades competentes de esta modificación, y de sus posibles consecuencias? En caso contrario, ¿es que el modelo MARIA2060.X1 ha desarrollado la capacidad de concebir descendencia después de salir de la cadena de montaje?

Existen, por supuesto, otras posibilidades no desdeñables: que el androide haya sido inseminado artificialmente con un embrión humano; que el embarazo se haya producido por contacto con otro androide (lo cual levantaría otro conjunto de cuestiones completamente diferentes) o incluso que en realidad no se trata de un androide, sino de una hembra humana con implantes biónicos que, por algún motivo por ahora desconocido, se haya hecho pasar por un androide a ojos de los humanos. (Las confusiones de androides con humanos son por ahora raras, aunque no completamente insólitas). Todas estas posibilidades, y cualquier otra que parezca plausible, deberán ser analizadas adecuadamente por las autoridades hasta esclarecer un caso tan relevante como este.

Sea cual sea el resultado de estas investigaciones, sin embargo, surgen inmediatamente otro conjunto de cuestiones que escapan al estricto ámbito de la ciencia: consideraciones éticas, jurídicas, políticas, económicas. En caso de que el embarazo sea viable y llegue a buen fin, ¿el resultado será considerado humano o androide? ¿Productor o producto? Y en caso de que sea preciso, o aconsejable, interrumpir el embarazo por cualquier motivo, ¿a quién corresponde la decisión final: al androide o a su legítimo dueño? ¿Puede un androide decidir su destino? ¿Puede un androide adquirir humanidad? ¿Tiene el propietario del androide MARIA2060.X1 derechos sobre el resultado del embarazo, sea humano o androide? En otras palabras, ¿será su padre o su dueño?

Son muchas las preguntas, y es muy pronto aún para intentar responderlas; pero este periódico continuará indagando para ser el primero en ofrecer la verdad a sus lectores.

Pico de Águilas

Nuestro pueblo está situado al pie del mal llamado Pico de Águilas. Mal llamado primero porque mucha gente le dice “Pico de las Águilas”, y no, es “Pico de Águilas”. Y mal llamado también porque, por lo menos hasta donde hay memoria, en el pico no hay águilas. Muchos buitres sí; águilas no.

Cuando digo al pie, digo al pie. Las últimas casas del pueblo se apoyan en la roca, allí donde la roca empieza a inclinarse hacia arriba. Las últimas se van alejando hacia el río, pero no llegan, porque lo importante para el pueblo no es el río, sino el monte.

Nuestro Pico de Águilas ha aparecido varias veces en las listas de las “maravillas de la naturaleza” de nuestra región. A veces incluso en listas nacionales. Una vez en un reportaje de National Geographic, pero porque el alcalde lo pagó a buen precio. No hay duda de que es impresionante: se eleva, se eleva, se eleva, y al final se curva de una forma imposible que parece un pico que se va a caer pero no se cae. Por ahora. A lo mejor por eso le llaman Pico de Águilas, porque parece que el monte va a caer sobre el pueblo y se lo va a llevar volando.

A los visitantes les encanta el Pico de Águilas; nosotros lo odiamos. Lo maldecimos en nuestras oraciones. En verano, cuando el sol da de pleno, el monte se diría que se aparta para dejarlo pasar; el valle se convierte en una caldera en la que nos achicharramos.En cambio en invierno, cuando el sol cae de lado, nos sumerge en una especie de noche perpetua. La roca hace de tobogán para las aguas, que inundan el pueblo un año sí y otro también. Se llevan las casas, los ganados, las personas. Si todos los años saliera el agua por las mismas fuentes, se las podría controlar o encauzar. Cada año salen por un sitio distinto, y nos sorprende y destroza las protecciones que se nos pudiera haber ocurrido preparar.

Y encima de todo eso, cada cierto tiempo el pico deja caer rocas enormes sobre nosotros. Sí, las deja caer, así lo decimos, no nos avergüenza decirlo así: las deja caer. Caen rodando por la montaña o a peso como plomo sobre los tejados. No hemos terminado de recuperarnos de un ataque y ya nos viene el siguiente. ¡Bum! ¿En la casa de quién ha caído? En la de tal o cual. Pues allá vamos a repararla, siempre mirando hacia arriba por si acaso. No hay paz bajo el Pico de Águilas. No hay sosiego. Aquí no se puede vivir, porque no se sabe si se va a poder seguir viviendo.

¿Por qué nuestros antepasados se instalaron aquí? Es difícil saberlo. Esperaban seguramente recibir protección de la montaña. Protección contra los ataques de sus enemigos. ¿Qué enemigos? ¿Quién sabe? Vinieron, se quedaron, fueron cobardes. Tres kilómetros más arriba el río hace un meandro y riega las tierras; hay un bosque. Prefirieron la protección de la sierra. Malditos sean.

¿Y por qué nosotros no nos vamos? ¿Por qué no abandonamos el Pico de Águilas? Porque aquí están nuestros antepasados; porque venimos de aquí. Hay lazos que no pueden romperse aunque te aten a la tumba. Los huesos de nuestros abuelos nos piden que no nos vayamos. Algunos se van, aun así. Pero otros nos quedamos. Siempre mirando hacia arriba para ver qué plaga desata el pico sobre nosotros.

Los turistas vienen a vernos, y nosotros les vendemos figuritas de escayola con forma de águila y botellas de licor de almendra. Dicen: “Cómo me gustaría vivir aquí… Si pudiera…”

En el capítulo anterior: Miren y Santi, ejem, ya sabéis.

 

Aquella noche la pasamos juntos. Quiero decir que dormimos en la misma cama. Aunque en realidad dormir no dormí mucho, primero porque no es fácil dormir dos personas en una cama de noventa en pleno agosto; y también, claro, porque acababa de pasar lo que hacía tiempo que esperaba que pasara, y sin embargo no terminaba de creerme que hubiera pasado.

Cuando vi que empezaba a amanecer, me levanté intentando no despertar a Miren y me preparé un café. Me senté en el sofá del salón y me preparé para la conversación que nos esperaba. Porque estaba claro que iba a haber una conversación, lo que no sabía es cuál iba a ser el tono ni el contenido.

Y así, esperando a que Miren se despertara, yo me quedé dormido.

Cuando volví a despertarme no sabía dónde estaba. Luego poco a poco me fui situando, y entonces me asaltó un miedo: que Miren hubiera hecho las maletas, se hubiera cogido un taxi y se hubiera vuelto a Bilbao. Pero cuando me incorporé en el sofá me encontré con Miren sentada en la otra butaca, con las piernas cruzadas y una expresión burlona en la cara.

-Buenos días -dijo.- ¿Has dormido bien?

-Graplmgaglll -contesté, o algo parecido.

Miren se rió, lo que me relajó un poco y me dio la oportunidad de sonreír también. Me aclaré la garganta lo mejor posible.

-¿Y tú, has dormido bien?

-Muy bien, sí. Hacía tiempo que no dormía tan bien.

Hubo luego un silencio que no era del todo desagradable. Aproveché para levantarme, ir hasta la cocina y beber otro café para terminar de despejarme. Miren vino detrás de mí y se preparó otro café para ella. Mientras desayunábamos, de pie en la cocina, hablamos del tiempo, de posibles planes para el día. Como si no hubiera pasado nada. Solo después, otra vez sentados en el salón, “la conversación” se volvió inevitable.

-Bueno, ¿y ahora qué? -le pregunté a Miren, con los labios temblando.

-¿Ahora qué, de qué? -Miren, otra vez burlona.

-Ya sabes.

-Sí, ya sé. Lo que no sé es qué contestarte. Ahora qué. ¿Tú qué piensas?

¿Yo qué pensaba? Había cosas que estaban claras: Miren y yo ya no teníamos veinte años (¿esto ya lo he dicho antes?); ella vivía en Bilbao y yo en Lisboa; cuando salimos, diez años antes, la cosa no funcionó; y que ahora nos hubiéramos acostado no quería decir que las cosas fueran a funcionar mejor. Miren iba a dejar su trabajo, pero eso no quiere decir que se fuera a venir a vivir a Lisboa conmigo; eso sería una locura. Y además de eso, estaba el otro… El otro, el amigo de Miren en Vitoria…

-No sé qué pensar, Miren. Me gustó mucho lo de anoche…

-A mí también -interrumpió Miren, y nunca he agradecido tanto una interrupción.

-Pero las circunstancias son las que son… Tú y yo… Tú me gustas mucho -dije, y ya no pude seguir más, porque me temblaba demasiado la boca para seguir hablando.

Esta vez Miren no me dijo “tú también me gustas mucho”, así que cuando me recuperé lo suficiente seguí hablando:

-Además, tú estás con… tienes a… ese amigo tuyo…

-Mi follamigo, como tú dijiste.

-Eso.

-Mi follamigo no significa nada, en realidad.

-¿Y yo? -pregunté.

-¿Y tú, qué?

-¿Yo significo algo?

-Claro que significas algo.

-¿Y qué significo?

-Eso ya no lo sé muy bien. Y tampoco sé muy bien lo que yo significo para ti…

-A mí me gustas mucho…

-Ya lo sé…

-Pero no sé si… ¿Tú crees que podemos intentarlo?

-¿Intentarlo? -preguntó Miren, que claramente quería ganar tiempo.

-Sí, intentarlo. Probar. Volver a probar.

Miré a Miren, allí, sentada, en la posición del loto en la butaca, con una camiseta blanca y unos pantaloncitos naranjas, y me pareció más bonita que nunca. O por lo menos, más poderosa. A lo mejor porque en sus siguientes palabras podía tener la llave de mi felicidad. O no.

Todavía se tomó su tiempo, pensando como si masticase. Y luego, con una sonrisa que ya no era irónica, por fin contestó:

-Sí. Creo que podemos intentarlo. Creo que podemos volver a probar.

 

En el próximo capítulo: Miren y Santi se despiden hasta la próxima temporada.

 

Sexo oral

A Alicia le gustaba mucho el sexo oral; o sea, le gustaba mucho hablar de sexo. Nos tumbábamos en la cama por las noches y empezábamos a inventar lugares, momentos, escenarios, posiciones, duraciones para nuestros encuentros eróticos. Al principio eran comentarios que llevaban a breves conversaciones preliminares (“¿Te imaginas hacerlo en el ascensor?” “Nunca nos hemos acostado en casa de tus padres”, “¿Alguna vez has follado bajo el agua”?) pero con el tiempo se transformaron en fantasías de una duración y una complejidad crecientes.

Era increíble la variedad de las historias que inventábamos: las había estrictamente eróticas, pero también históricas, policiacas, fantásticas o de espías. Había argumentos paralelos, subtramas, héroes y villanos, escenas melodramáticas, vueltas de tuerca, encuentros extraordinarios e incluso a veces elementos místicos o sobrenaturales. El desenlace siempre era un polvo triunfal y espasmódico culminado por temblorosos orgasmos simultáneos de nuestros resplandecientes cuerpos sudorosos. (Ese era, por cierto, el lenguaje en el que transcurrían nuestras historias, y nunca tuve muy claro si lo hacíamos de modo irónico o no).

Alicia solía llevar la voz cantante en la narración, y yo añadía los detalles o la corregía donde creía que había ido demasiado lejos, o cuando encontraba otro camino mejor. Que a mí me parecía mejor. Como se trataba de fantasías, no había límites: podíamos ser tan ágiles, flexibles, fuertes o atrevidos como quisiéramos. Y queríamos mucho, la verdad. El resultado era una fantasía que no era exactamente suya ni mía, y que por lo tanto tenía la capacidad de sorprendernos. Y de excitarnos.

Cuando terminábamos de construir nuestro relato, nos lanzábamos el uno encima del otro, el uno contra el otro, alrededor del otro, dentro del otro. Lo que ocurre es que, en comparación con la fantasía, el sexo real resultaba inevitablemente limitado, rutinario, decepcionante. A mí me hacía sentir algo insuficiente (¿quién puede competir con un alter ego imaginario que es más alto, más guapo, más inteligente y está mejor dotado en todos los sentidos?), pero Alicia decía que le gustaba así. En realidad, se podría decir que no le gustaba de ninguna otra manera.

Así que seguimos inventándonos fantasías cada vez más elaboradas, cada vez más exuberantes y exóticas. A veces pasábamos tanto tiempo hablando del sexo potencial que nos olvidábamos de transformarlo en acto: nos quedábamos dormidos antes de llegar al clímax de la historia, o al de los cuerpos. Pasase lo que pasase, a la mañana siguiente nunca hablábamos del tema, ni analizábamos hoy la fantasía erótica de ayer: nos despertábamos, buenos días, buenos días, y aquí no ha pasado nada. Nadie habría dicho, viéndonos pasear tan aseados y comedidos, cogiditos de la mano, que por la noche éramos James Bond y Mata Hari en el dormitorio.

Una vez le dije a Alicia, medio en serio medio en broma, que deberíamos poner por escrito nuestras historias eróticas e intentar venderlas a una editorial. Me miró como si hubiera asesinado un gatito con una cuchara y esa semana no tuvimos sexo, ni del oral ni del otro.

Día del no-padre

Me acuerdo perfectamente del día que me llamaron para decirme que no había sido padre. El veinte de marzo, concretamente. Estaba en la cafetería de la universidad tomando un café con los colegas del departamento; hablábamos de la situación de las universidades, que es un tema recurrente en las universidades. Era media tarde: las cinco, cinco y cuarto, cinco y veinte. Hacía calor. En la televisión se veía uno de esos programas de sobremesa con tertulias y actuaciones “en vivo”.

Y entonces sonó el móvil. Un número desconocido, pero no oculto. Contesté. Oí una voz de hombre.

-¿Es el señor… Santiago Pérez Isasi?

-Sí, soy yo…

-Mire, le llamamos de aquí, del Hospital Santa Clara para decirle que ¡no ha sido usted padre!

-¿Cómo?

-Que no ha sido usted padre… Que no acaba de nacer un hijo suyo que pesa… no pesa, en realidad. ¡No ha habido complicaciones, porque no ha habido parto! Jajaja…

-¿Y la madre está bien?

-¿Qué madre?

-No sé…

Por un momento los dos nos quedamos callados. Luego continuó:

-Hemos creído conveniente llamarle inmediatamente para comunicarle la buena noticia… ¡No es  usted padre!

-Pero…

-Piénselo: no va a tener que levantarse a las tres de la mañana a dormir al niño…

-Pero…

-No va a tener que mudar pañales llenos de mierda…

-Pero…

-Va a poder seguir viviendo la vida loca del soltero sin hijos, viajando, saliendo de fiesta, acostándose y despertándose a la hora que quiera…

-Pero…

-¡Una vida sin responsabilidades, una vida sin ataduras! ¿No es una noticia excelente?

-Pero…

-Y todavía mejor: como no has tenido ningún hijo, ¡tu hijo nunca enfermerá! ¡Nunca tendrá un accidente! ¡Tu hijo no morirá nunca! ¿No es maravilloso?

-Sí, sí, todo eso está muy bien, pero…

No sabía qué más decir, así que me quedé callado otra vez. Pasaron varios segundos de silencio y luego colgué. Colgamos. Volví a la mesa con los compañeros del departamento a hablar de la situación de las universidades. Luego recogí mis trastos y me fui para casa. Vivo solo en un apartamento espacioso y moderno. Tres dormitorios. Cocina. Baño. Una terraza pequeña. Vistas al Tajo. Es un apartamento muy agradable, aunque algo frío en invierno.

En el capítulo anterior: Miren y Santi reinician sus conversaciones.

 

Miren llegó a Lisboa un 20 de agosto, un día de calor agobiante. Fui a buscarla al aeropuerto para acompañarla hasta casa. Llegó con una mochila enorme a la espalda, y vestida, ahora sí, con un aire mucho más informal y alternativo que cuando salía de trabajar en el museo. Venía sonriente, aunque la sonrisa fuera algo triste, o cansada. Miren se instaló en mi cuarto y yo me trasladé al de mi compañero de apartamento, que muy amablemente había desaparecido del piso durante esa semana.

En los dos o tres días siguientes yo no aparecí por el trabajo. Con Miren recorrí todos los puntos turísticos habituales; comimos bacalao y pasteles de nata; tomamos amarguinha y ginjinha; fuimos a oír fado; salimos de fiesta por el Bairro Alto, y hasta cruzamos el Tajo en un barco para ver Lisboa desde el otro lado. Presenté a Miren a mis amigos, que le cayeron bien (o por lo menos eso me dijo); a mis amigos también les cayó bien Miren, o por lo menos eso me dijeron.

Durante esos días estuve especialmente cuidadoso. “Miren es tu amiga”, pensaba, “solo tu amiga y nada más que tu amiga. No te hagas ilusiones raras. No inventes. Ella tiene su churri vitoriano. Es una amiga que necesitaba cambiar de aires y ha venido de visita. Nada más”. La mentalización funcionaba, y no creo que nadie que nos viera juntos esos días pensara que había nada entre nosotros.

La tercera noche de su visita estábamos cansados y decidimos quedarnos en casa a descansar. Preparé un arroz con pollo (una de mis especialidades) y Miren bajó a comprar una tarrina de helado a la tienda de enfrente. Cenamos casi en silencio, pero un silencio cómodo, sin obligación de hablar para romperlo. Solo al final, ya con la última copa de vino en la mano le pregunté: “Entonces, qué, ¿te está sirviendo para cambiar de aires y desconectar como querías? ¿Te está viniendo bien?” Y ella: “Me está viniendo muy bien, la verdad”, mientras me miraba con una expresión rara que no supe interpretar.

Luego fuimos a lavar los platos, yo terminé de recoger la mesa y Miren se marchó a su cuarto para prepararse para dormir. Cuando pasé por delante de la puerta para ir a lavarme los dientes, oí que me llamaba.

-¡Santi! ¡Santi!

Me paré delante de la puerta y toqué: “¿Sí?”

-¡Pasa, hombre, pasa!

Así que entré en mi cuarto, que ahora el cuarto de Miren, y me la encontré sentada en la cama, desnuda. Mi primer impulso fue pedir perdón y cerrar la puerta, pero Miren se levantó, me cogió de la mano y tiró de mí hacia dentro. Me puso una mano en la nuca, me sonrió con esa sonrisa irónica suya y entonces, sí, por fin, nos besamos.

Me temblaba todo, de nervios, de excitación, de ansiedad. Solo acerté a preguntarle: “¿Por qué?” Y ella: “Porque si no lo hago yo, tú no lo vas a hacer, y sé que te mueres por hacerlo.”

De lo que pasó luego no daré detalles; solo diré que fue bonito, divertido y nostágico. Un poco ruidoso, también: la lámpara de la mesilla se cayó al suelo y nunca volvió a ser la misma después de aquello. Reconozco que al principio hice algunas comparaciones mentales (“eso es nuevo, esto antes no era así, ¿dónde habrá aprendido ese movimiento?”) pero llegado un punto ya fue imposible pensar en comparar nada; fue imposible pensar, simplemente.

Al final, Miren me miró y dijo, con una sonrisa irónica: “Esto no cambia nada, ¿eh? Sigo muy enfadada contigo”. “Me parece perfectamente”, le contesté. Y seguí acariciándole el pelo.

 

En el próximo capítulo: ¿Y ahora qué?

En el capítulo anterior: Miren y Santi recuperan el contacto después de su aparente ruptura.

 

-¿Qué tal estás? -le pregunté a Miren, ahora que volvían a estar abiertos los canales de comunicación.

-¿Lo preguntas de verdad, o lo preguntas por preguntar?

-De verdad.

-Pues estoy bien, aunque un poco enfadada contigo.

-Yo también estoy un poco enfadado contigo, pero solo un poco.

-Entonces, estamos en paz.

-¿Y aparte de eso, cómo estás? ¿Has dejado el trabajo al final?

-Todavía no, pero voy a dejarlo.

-¿Y eso, por qué?

-Pues porque no aguanto más, Santi. No aguanto más. Cada día que paso en la tienda sonriendo a los turistas y vendiéndoles postales de Puppy me dan ganas de pegarme un tiro.

-Bueno, pues entonces… está claro, ¿no?

-Ya, pero no está tan claro. Porque es dejar un trabajo, ahora que es tan difícil encontrar un trabajo. Es decirles a mis padres que estoy otra vez en el paro, y si no consigo otro trabajo pronto, volver a vivir con ellos otra vez, a lo mejor… No es tan fácil, no…

-Pero si trabajar donde trabajas te tiene amargada…

-¿Sabes lo que pasa? Que a veces miro a mis amigas, con sus trabajos convencionales, sus maridos, sus hipotecas, sus niños monísimos, y pienso, ¿y por qué yo no? ¿Qué he hecho mal? ¿Qué me pasa? ¿Cuándo Y otras veces en cambio miro a mis amigas, con esos mismos trabajos, con esos mismos maridos, con sus hipotecas y sus hijos monísmos y pienso: “Yo no quiero esta vida para mí, yo con esa vida no sería feliz”. Es complicado…

-¿Y entonces qué vas a hacer?

-No lo sé. Creo que para empezar voy a pedirme unas vacaciones, o una baja, lo que sea, para tomarme un tiempo para pensar.

-Me parece bien. En tiempo de tempestad, no hacer mudanza, que decía San Ignacio.

-¿Quién?

-San Ignacio, el de los jesuitas.

-No, no, si ya.

Se hizo una pausa en la conversación, como si Miren estuviera pensando qué escribir, o si debía escribir lo que estaba pensando. Y luego:

-Oye, ¿y qué te parecería si te fuera a visitar a Lisboa?

-Creía que seguías enfadada conmigo.

-Y sigo enfadada. Pero necesito salir de aquí, y la cosa está entre el idiota de mi exnovio en Munich, o tú.

Era una mala idea, claramente; era una idea horrible. Solo cabían dos posibilidades, no mutuamente excluyentes: que Miren y yo volviésemos a discutir y nos pasásemos el tiempo enfurruñados y en habitaciones distintas, o que las cosas fueran bien, yo siguiese haciéndome ilusiones e imaginando cosas y Miren pasase de mí, como hasta ahora. En el peor caso, las dos cosas juntas: Miren enfadada en el sofá del salón, y yo pensando en ella a solas en el dormitorio. Así que era una idea absurda, solo había una respuesta posible.

-Claro, mujer, vente cuando quieras, ya sabes que aquí tienes casa…

 

En el próximo capítulo: Miren visita a Santi en Lisboa

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