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Era inevitable que con el tiempo hubiera algún contacto entre nosotros, los del pueblo, y ellos, los invasores. Las mujeres que bajaban a lavar la ropa al río coincidían, no pocas veces, con las mujeres de ellos que estaban también lavando o lavándose, entre gritos, juegos y salpicaduras de agua. “Qué asco”, nos decían al volver al pueblo, “a saber cómo están dejando el agua después de eso”.

Una de las cosas que más nos llamó la atención durante estos primeros encuentros era la lengua que hablaban los invasores: no se parecía en nada a la nuestra, ni a ninguna que hubiéramos oído en boca de ningún comerciante, predicador o peregrino que hubiera pasado antes por nuestro pueblo. Era una lengua llena de silbidos y chasquidos, una lengua como la de algunos animales, como la de las serpientes por ejemplo. Parecían hablar entre sí como las serpientes husmean una presa en una pradera por la noche.

No había forma de comprender aquella lengua, ni forma de aprenderla; y sin embargo, al cabo de unas semanas notamos que el bobo de Aurelio había empezado a imitar esos sonidos con una maestría admirable, sobre todo para alguien de su corta inteligencia. Nuevamente los invasores venían a asombrarnos y a confundirnos con sus artimañas: enseñar a un bobo una lengua imposible, una lengua que ninguno de nosotros podía ni siquiera acercarse a entender.

Empezó entonces a decirse en el pueblo lo siguiente: que si nuestra lengua, la lengua de todos los días, era la lengua de los hombres, y el latín que el cura hablaba en la iglesia los domingos era la lengua de Dios, ¿a lo mejor esta lengua reptiliana y confusa que usaban los invasores no era otra cosa que la lengua del diablo? Decidimos entonces preguntarle al cura, que no nos dijo ni que sí ni que no, y se limitó a prevenirnos contra las trampas que el demonio nos tiende, que están por todas partes.

Por si acaso, los del pueblo decidimos entonces no aprender ni una sola palabra de aquella lengua infernal de los invasores: si querían relacionarse con nosotros, tendrían que aprender nuestra lengua, que para eso estaban en nuestra tierra.

Estaba yo pasando el rato en uno de esos sites de videochats en los que la gente entra para conocer gente de todas partes del mundo (en realidad, la gente entra a ligar, pero yo no, yo entro verdaderamente a conocer gente de todas partes del mundo), y de repente, huy, qué es eso, debo de haber pulsado algún botón raro, porque ahí estoy yo, al otro lado de la pantalla, yo mismo también en el otro extremo del cable.

Intento arreglarlo, le doy a recargar la página, tarda un momento pero luego vuelve a aparecer la misma imagen, o sea, yo mismo. Compruebo el nombre del usuario al que me he conectado: Jakob, Bulgaria, 36. Pero soy yo, o sea, un yo búlgaro, igualito igualito. Luego me empiezo a fijar mejor, y aunque yo soy yo en los dos sentidos, el cuarto en el que estoy, en Bulgaria, no es el mismo: es un cuarto más pequeño, con posters de grupos de rock en las paredes.

-Hello! -me dice, me digo, me escribo en el chat.

-Hello! -le contesto, me contesto.

Si hablar conmigo a kilómetros de distancia es raro, hablar conmigo en inglés ya es absurdo.

-Do you speak Spanish? -le pregunto.

-No. Do you speak Bulgarian?

Qué pregunta más estúpida, pienso, pero por qué va a ser más estúpida su pregunta que la mía.

Yo en Bulgaria estoy comiendo un plato de algo que parecen spaghettis; yo aquí todavía no he cenado y me entra hambre.

-What are you doing? -me pregunta, me pregunto.

-Nothing, just passing time.

No sé cuándo, no sé en qué momento, mi mano izquierda (la mía, yo aquí) se ha metido por dentro del pantalón, por dentro del calzoncillo, y ha agarrado lo que ha encontrado dentro. Y ha empezado a jugar con lo que

-And you, what are you doing?

Me da igual lo que me conteste, yo, allí, solo quiero que siga hablando. Habla, hablo inglés peor que yo, pero me da para entenderme. Mientras tanto la mano tiene un juguete cada vez más grande. Hace calor, aquí, yo, aquí.

¿Será que él, yo, allí, no me doy cuenta del parecido? ¿Seré imbécil yo en Bulgaria?

De repente yo, allí, dejo de hablar en inglés conmigo, aquí, y digo algo en una lengua que supongo búlgaro a alguien que parece haber entrado en el cuarto, no veo quién porque la cámara solo le enfoca a él, a mí, búlgaro.

-Who is there with you? -pregunto.

-Nobody -me contesta, me contesto.

-Who were you talking too?

-Nobody -insiste, insisto.

-Who was that? Who was that? Who were you talking to?

-Why do you care? Nobody?

Me estoy poniendo nervioso, agitado, histérico. Hay movimientos en mí que ya no controlo.

-WHO IS THERE WITH YOU? -escribo, gritando.

-FUCK YOU! -me contesta, me contesto, y la conexión se pierde y no sirve de nada que intente recuperarla o buscar al usuario Jakob, Bulgaria, 36.

Entonces me doy cuenta de que tengo los calzoncillos empapados y que tengo que ir a cambiarme y pegarme una ducha antes de que mi novia vuelva a casa.

-Me gustan mucho tus ojos -le dije una vez a Alicia.

Alicia era bizca: mirarla producía un vértigo como de montaña rusa o avión que se estrella. Era como tener dos novias por el precio de una.

-¿Cuál de ellos? -me contestó.

A pesar de este defecto, Alicia tenía una vista excelente, sobrehumana.

-No lo sé… Los dos…

Esa no era la respuesta que ella esperaba. No volvimos a hablar del asunto.

Lo que más me gustaba de Alicia eran sus ojos.

En 1883 el alcalde de nuestro pueblo, Alcolea del Cerro, era Zacarías Romero del Río, liberal por afiliación aunque de costumbres e ideas bastante conservadoras. Era un hombre ególatra, y un poco autoritario, pero no especialmente malo, y no usaba su poder (que era mucho mayor que el que le concedía la alcaldía, naturalmente) para amargar la vida de los otros, sino, como mucho, para engrandecer su propia leyenda y la de su pueblo.

De esa megalomanía magnánima nació precisamente su gran proyecto como alcalde: construir un castillo medieval en el pueblo, que contribuyese a realzar el nombre de Alcolea del Cerro más allá de sus límites, e incluso más allá de nuestras fronteras. Es importante notar la diferencia: Zacarías Romero del Río no quería contruir un castillo neogótico, sino uno gótico, medieval, antiguo. Quería construir en el siglo XIX un castillo del siglo XIII. Así, usando los dineros del ayuntamiento, y también buena parte de la fortuna familiar (es díficil en esto tener algo que reprocharle), envió partidas de carreteros por los caminos para encontrar ruinas de torres abandonadas y ermitas desconocidas, y traer al pueblo tantas piedras medievales como fuera posible.

La construcción de la torre empezó en septiembre de 1885. Era la idea construir en lo alto del cerro una torre cuadrangular de tres plantas, terminada en otras cuatro torres circulares más pequeñas con almenas y troneras; pero cuando la construcción estaba ya terminada en sus tres cuartas partes, al alcalde le pareció que estaba quedando demasiado bien, demasiado perfecta para ser medieval, y obligó a que derribasen una de las paredes, abriesen un boquete en el muro principal y usasen las piedras restantes para construir un amago de muralla exterior que delimitase el extremo sur de un supuesto castillo hoy desaparecido.

La obra culminó en el verano de 1887, pero Zacarías Romero todavía no estaba satisfecho. Para darle más autenticidad al conjunto, mandó instalar en el interior de la torre un rebajo de ovejas, baldear las paredes con agua sucia y lanzar piedras contra las almenas para desgastarlas, como las podría haber desgastado (esa era la idea) la lluvia, el viento o el picoteo de los pájaros. En las celebraciones del fin de año de 1887, la torre del castillo de Alcolea del Cerro lucía majestuosa, deslumbrante, falsa.

Empezaba entonces otra fase en la labor del alcalde que no era menos importante que la primera: convencer al mundo de que la torre siempre había estado allí, aunque ellos no lo supieran. Aprovechando que los tiempos le eran propicios, consiguió que un ministro de Sagasta se pasase por el pueblo, y que la Academia de Historia encargase un informe sobre el monumento. Consiguió, también, que este informe lo escribiera un historiador de su confianza, al que suministró todo tipo de pruebas falsas en la esperanza de que no se molestase en contrastarlas con documentos originales (y no lo hizo). Así, para cuado terminó la década de 1880, Alcolea tenía su torre medieval, construida oficialmente entre 1260 y 1290.

Esto a los habitantes de Alcolea les hacía mucha gracia, claro. Muchos de ellos habían participado directa o indirectamente en la construcción de la torre, y que ahora vinieran de Madrid a decirles que sin duda aquel monumento era auténtico solo les confirmaba lo que ya sabían: que en la capital no se enteraban de nada, que no se podía creer absolutamente nada que viniese de la Corte.

Pero la memoria de los hombres es frágil: para cuando murió Zacarías Romero, a los ochenta y dos años de edad, la construcción de la torre empezaba a confundirse con la leyenda. Los que habían conocido el cerro sin torre, iban muriendo; sus hijos, que habían ayudado a levantarlo, no se atrevían a contrariar a la autoridad; y sus nietos, que habían nacido ya con la torre erigida, solo querían evitar que los enviasen a la guerra colonial. ¡Qué más les daba una torre más o menos con tal de no ir a África!

Para cuando estalló la Guerra Civil, la torre de Alcolea aparecía ya en algunos manuales de historia, de arte y de arquitectura española, como “ejemplo magníficamente conservado de arquitectura militar española”. Desgraciadamente, los soldados del ejército republicano que decidieron usarla como polvorín no debían haber leído ninguno de esos libros. En la noche del 20 de abril de 1937, por motivos que se desconocen y que nunca se conocerán, el polvorín voló  por los aires, dejando la torre reducida a escombros.

Cuando Alcolea fue capturada por los nacionales, pocas semanas más tarde, la prensa franquista usó la torre como símbolo de la barbarie republicana. “Odian la gloriosa historia de España y quieren destruirla”, titulaba un periódico de Burgos. En el artículo se explicaba con todo detalle la historia de la construcción de la torre, y se la calificaba como “bastión clave en la lucha por la supervivencia de la Cristiandad”. La explosión del polvorín, que quizás se debiera a un chavalín con ganas de fumar a escondidas, lo convertían en un evento mítico, místico, cataclísmico: en un episodio más de la interminable lucha del bien contra el mal, la luz contra la oscuridad, la fe contra .

Así se cumplió y dejó de cumplirse simultáneamente el designio de Zacarías Romero: Alcalea volvió a no tener torre, pero ganó el recuerdo de haberla tenido alguna vez, aunque fuera durante cuarenta años. En el cerro pueden verse todavía hoy algunas ruinas que casi nadie sabe explicar de qué son, porque ya casi nadie lee libros de historia.

Los otros abuelos

Mis otros abuelos vivían en Vitoria, así que los veíamos menos, y no solo porque vivieran lejos sino porque visitarlos era un calvario para nosotros: era como pasar las vacaciones en un campo minado.

Mis abuelos, estos, eran uno de esos matrimonios de ancianos que parecen encontrar un placer inigualable en torturarse mutuamente el uno al otro. Por ejemplo, mi abuelo fumaba dentro de casa, porque sabía que mi abuela no soportaba el olor a humo; no le importaba que los médicos le dijeran que se estaba matando con tanto fumar, si tenía que morirse se iba a morir matando, o por lo menos jodiendo. Mi abuela no se quedaba corta: con el pretexto de la salud ponía siempre las comidas completamente sosas, algo que mi abuelo odiaba. Si hubiera podido, les habría quitado a los alimentos cualquier rastro de sabor, aunque ella también tuviera que comer lo mismo.

“¡Esto es como comer papel!”, decía el abuelo. “Cállate y no fumes en la mesa”, la abuela. Y el uno seguía fumando por toda la casa, y la otra cociendo las cosas con agüita y nada más.

A veces no es que se quisieran atacar el uno al otro, sino que la convivencia los había hecho tan susceptibles que veían ataques por todas partes. Si mi abuelo decía, por ejemplo: “Nunca dan nada bueno en la tele”, mi abuela saltaba: “¡Siempre te estás quejando! ¡Si no fueras tan rata nos podríamos ir al cine de vez en cuando!”. A lo mejor mi abuelo solo intentaba mantener una conversación; el problema es cuando esa conversación es la misma cada tarde durante cincuenta y cinco años.

No puedo decir con seguridad que mis abuelos, estos, nos quisieran mucho a mi hermano y a mí. Quiero decir, no digo que no nos quisieran, digo que no lo sé con seguridad, porque esta especie de rencor mutuo llenaba toda su capacidad para los afectos, positivos o negativos. Cuando íbamos a verlos, que no era muy a menudo como ya he dicho, nos daban la paga, nos cebaban con comida, nos consentían todos los caprichos, como corresponde a los abuelos; pero lo hacían sin la alegría que corresponde a estos gestos, de una forma burocrática y hasta malencarada.

Mi abuelo murió antes que mi abuela, como era su deber. Y entonces se produjo esa transformación tan curiosa que se produce en tantas viudas mayores: muerto el marido, se acabó la rabia. De repente todo era “Ay, qué sola me has dejado”, “Ay, cómo te hecho de menos”, “Ay, qué bien estaba contigo”. Mi abuelo, muerto, era domesticable, se podía inventar un pasado lleno de ternura, cariño y buenos momentos compartidos. Y nosotros, los demás, qué íbamos a hacer, no íbamos a decirle: “No, abuela, no es así. Hasta el día en que se murió os estuvisteis haciendo la vida imposible, no os soportabais mutuamente”. ¿Para qué?

Mi abuela también se murió no mucho después, y para mi sorpresa fue mi madre la que heredó esa visión mítica del matrimonio de sus padres, como una leyenda oral que alguien tiene que pasar de boca en boca. “Qué felices fueron juntos”, nos decía con los ojos llenos de lágrimas, “ojalá vuestro padre y yo lleguemos a esa edad con tanto cariño el uno por el otro…” Mi hermano y yo nos mirábamos extrañados, dudando si creer a nuestra madre o a nuestra memoria, pero no decíamos nada, porque solo éramos unos niños y a los niños nunca les hace caso nadie.

 

Lo que más me gustaban de Alicia eran sus ojos. Alicia era bizca: cuando su ojo derecho te miraba directamente, su ojo izquierdo se desviaba ligeramente hacia la izquierda (no mucho, digamos, 10º), así que daba la impresión de que estaba escuchando lo que decías y al mismo tiempo pensando en una cosa diferente. Era como tener dos novias por el precio de una.

Por supuesto, este pequeño defecto le había causado a Alicia bastantes sufrimientos, sobre todo durante la infancia. Ya se sabe que los niños son seres adorables si no se convive demasiado con ellos. Sus padres nunca le dieron demasiada importancia al asunto, y por eso nunca siguió ningún tratamiento corrector. Ahora, ya de adulta, no parecía importarle, o a lo mejor sí: su estrabismo era otra de esas habitaciones en las que Alicia nunca me dejaba entrar.

A pesar de todo, Alicia tenía una vista excelente, mejor que la mía incluso con gafas. Era como si su ojo bueno se hubiera fortalecido a costa de su ojo malo, dándole una visión sobrehumana.

En todo caso, a mí no me importaba cómo vieran los ojos de Alicia, sino cómo los veía yo: verdes, azules, grises, según la luz, y siempre desacompasados el uno del otro. Era imposible mirar los dos al mismo tiempo, y esa asincronía producía un vértigo como de montaña rusa o avión que se estrella.

-Me gustan mucho tus ojos -le dije una vez a Alicia, en un ataque romántico.

-¿Cuál de ellos? -me contestó.

Pensé que bromeaba. Me reí y no contesté. No bromeaba.

-¿Cuál de ellos? -insistió, seria.

-No lo sé… Los dos…

Esa no era la respuesta que ella esperaba, a juzgar por su expresión. Creo que a ella le habría gustado que contestase que me gustaba su ojo vago, su lado poético pero inútil, su debilidad y no su fuerza. Pero no me atreví, porque tampoco habría sabido a ciencia cierta decir cuál era el ojo bueno de los dos, ni el malo. Por suerte en la televisión salió una noticia que nos distrajo a los dos, y ya no volvimos a hablar del tema.

Esta no es una historia bonita, pero sí necesaria. Es que cuando salía de la facultad me ha cagado en la cabeza una paloma. Bajaba por la alameda en dirección a Campo Grande, y de repente he notado un golpecito en la cabeza. Al principio he pensado que sería una hoja o una ramita, o incluso un goterón de lluvia (aunque no había llovido), pero cuando me he llevado la mano a la cabeza he notado una sustancia blandurria, y al mirarme la mano he visto que la tenía llena de mierda de paloma.

¿Y qué he hecho cuando he comprendido que me había cagado una paloma de ese árbol? ¿Qué podía hacer? Pues lo que habría hecho cualquier persona razonable y sensata: me he quitado la mochila, la he apoyado en el tronco y me he subido al árbol para intentar identificar a la paloma en cuestión y darle su merecido.

Naturalmente, mi aparición en el árbol ha hecho que todos los pájaros echasen a volar. ¿Todos los pájaros? No, todos menos uno: no me ha costado demasiado advertir que una paloma, sin duda hipnotizada por mi audacia o paralizada por la culpa se mantenía pegada a la rama. Era ella, no había duda: no había más que ver cómo miraba hacia los lados, con movimientos bruscos, a la derecha, a la izquierda, luego a la derecha otra vez, como si la cosa no fuera con ella.

Me he acercado a ella avanzando con prudencia pero con determinación, y cuando ya estaba lo bastante cerca he alargado la mano y la he agarrado como si fuera un balón de rugby o de fútbol americano (tengo manos de pianista, me han dicho alguna vez). Y así agarrada me la he puesto delante de la cara y le he dicho: “Tú, paloma, ¿quién te crees que eres para ir cagando así encima a la gente? ¿Qué clase de superioridad moral, natural, ética, estética, política, cultural, social, civilizacional te crees que tienes sobre mí, un hombre blanco, caucásico, europeo, occidental, limpio, educado y discreto, y encima doctor, eh, ¡doctor!, para irme cagando en la cabeza, eh?”

“Purrr”, ha contestado la paloma, seductora, con ojos llorosos, pero no estaba yo para seducciones ni lloriqueos. Se imponía una reprimenda, una represalia ejemplar que evitase que se volviese a repetir un atentado semejante en el futuro. Así que, todavía sujetando firmemente a la paloma en una mano, con la otra me he soltado el cinturón, me he bajado los pantalones, me he puesto de cuclillas encima de la rama (que es mucho más fácil decirlo que hacerlo) y le he cagado en la cabeza a la paloma. Me ha costado un poco, porque no tenía muchas ganas, pero al final ya ha salido algo, lo suficiente como para transmitir mi mensaje.

(Claro que en el proceso de cagarle a la paloma en la cabeza también me he pusto perdida la mano en la que tenía agarrada a la paloma, pero eso son daños colaterales inevitables de la transmisión inequívoca de mensajes).

“Que sea la última vez”, le he dicho luego a la paloma, y la he soltado en dirección al cielo azul de Lisboa en la esperanza de haber transformado una vida con mi enseñanza. Lo que ocurre es que, sea por la impresión de pasar de cagante a cagada, o porque había apretado la mano demasiado fuerte, el caso es que la paloma ha caído a peso muerto pocos metros más adelante, y le ha dado en la cabeza a una pobre señora que paba por ahí con un carrito de la compra, tirándola al suelo y desperdigando la compra que estaba dentro del carrito por toda la acera. Afortunadamente el árbo era lo bastante frondoso como ocultarme, y además no creo que a nadie se le ocurra pensar que pueda haber alguien que se dedica a lanzar palomas muertas manchadas de mierda desde un árbol.

En fin, cuando se ha disuelto el tumulto me he bajado del árbol, me he limpiado todo lo que he podido en la hierba y en una fuente cercana y he cogido el autobús a casa, para darme una buena ducha. En conjunto, creo que no ha sido un mal día.

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