Ayer, un sábado completito: por la mañana, excursión a Sintra (Palacio Nacional, Castelo dos Mouros, Palacio da Pena…); después, unas cervecitas con un compañero belga del trabajo, para ver el Inglaterra-Gales del Seis Naciones en un bar irlandés (en el que nos atiende una catalana); y para terminar, un concierto de música francesa con las compañeras de la clase de portugués y una pizza en Telepi (sí, aquí también hay Telepizza, aunque los ingredientes son un poco distintos…).
Todavía había plan de seguir la noche en el Bairro Alto, pero aprovechando que estaba cerca de mi casa, preferí retirarme a tiempo…
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Recientemente he descubierto que no soporto las comedias románticas al estilo hollywoodiense. No es sólo que no me entretengan: es que al cabo de quince minutos me han puesto de mal humor, y tengo quitarlas. No las soporto no las soporto no las soporto.
¿Será algún tipo nuevo de alergia?
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Casi todas las personas tienen, creo, algún sueño recurrente que se repite de vez en cuando, y que representa, supongo, sus miedos o angustias sobre el presente y el futuro. En mi caso, hay dos sueños de este tipo: en uno de ellos tengo que dar una charla o una clase y no la tengo preparada; en el segundo, tengo que coger un avión pero por algún motivo no llego a tiempo y lo pierdo.
La otra noche, tuve un sueño que mezclaba las dos angustias, aunque con predominio de la segunda: tenía que ir de Bilbao a Barcelona para un congreso, y tenía que coger un avión a las 9.30; pero en un error que sólo podría cometer en un sueño, me hacía a la idea de que las 9.30 era la hora a la que debía estar en el aeropuerto (el avión saldría por lo tanto sobre las 11, o más tarde) así que, claro, me denegaban el embarque y perdía el avión. Después, el sueño se convertía en una búsqueda, muy meticulosa, por cierto, de formas alternativas de llegar a Barcelona. Recuerdo haber buscado otros vuelos ese mismo día, concretamente en la página de Vueling; recuerdo haber pensado en el tren (muy caro) y en el autobús (muy lento). Lo que no recuerdo es cómo terminaba el sueño, pero si seguía el patrón de otras mismas versiones, imagino que nunca llegué a salir de Bilbao.
Y vosotros, estimados lectores que os dejáis caer por aquí, ¿tenéis sueños recurrentes de este tipo?
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Y bueno, después de dedicarme a buscar casa durante un par de semanas, y ver un poco de todo, finalmente me decidí a alquilar una habitación en el piso de una amiga de la novia de un amigo (intentad decir eso sin trabaros), que fue el que más me gustó. Ahora que ya estoy instalado, estoy contento con mi decisión: de todos los pisos que vi, creo que es el que reúne más condiciones de las de mi “piso ideal”.
Lo que me gusta del piso:
- Me gusta la zona: no es elegante, turística ni bonita (en Bilbao, sería el equivalente a Rekalde o Uribarri, cuestas incluidas), pero está llena de comercio: desde las típicas tiendas de chinos que no cierran nunca, hasta Pull and Bear, tiendas de electrodomésticos, de muebles, de comida… De todo. Y además, está bien comunicada, con el metro a 3 minutos y un buen puñado de autobuses a 2:30.
- Me gusta la habitación, que no es enorme, pero sí lo bastante espaciosa para que quepa todo: una cama cómoda, una estantería, dos mesillas, un perchero-armario (ya lo veréis en las fotos, que espero poner mañana o pasado), una mesa para trabajar…
- Me gusta que el piso tiene zonas comunes (no todos los pisos que vi las tenían)
- Me gusta que, aunque la casa no parece nueva, sí está renovada, bien pintadita por dentro y por fuera y con electrodomésticos bastante nuevos.
- Me gusta que el piso tiene mucha luz, a pesar de ser un primero: toda la casa es exterior, y por las mañanas da todo el sol de pleno, sobre todo en el salón
- Me gusta la compañera de piso (sin chistes, por favor) que me cayó bien la primera vez que la conocí, y creo que nos vamos a entender bien
- Me gusta… no, me encanta, la terracita que tenemos en el último piso, y a la que solo tenemos acceso nosotros, con unas vistas de Lisboa impresionantes (otra vez, tendréis que esperar a ver las fotos)
Lo que no me gusta tanto del piso:
- Que no tenga calefacción (pero bueno, casi ningún piso de los que vi la tenía)
- Que la cocina es más pequeña de lo que me pareció en un primer momento, y casi no hay encimera en la que ponerse a cocinar -salvo que se utilice la parte superior de la lavadora, lo que no me parece muy higiénico.
- Que la calle que lleva a mi calle está en cuesta, con tramos del 10% (así a ojo), que normalmente no es mayor problema, pero cuando vienes con las bolsas de la compra es una enorme putada.
- Que el cuarto de baño sea tirando a canijín, aunque total, tampoco es el sitio de la casa donde voy a pasar más tiempo.
Pero vamos, si algo he aprendido de mis búsquedas inmobiliarias es que el piso perfecto no existe: el que no está mal comunicado está viejo, o viven otras 9 personas, o está ocupado por una señora de 84 años, o no tiene salón, o huele a humedad. Así que como decía al principio, creo que acerté con mi elección; y si no, siempre estoy a tiempo de cambiarme más adelante.
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Adoradores de Ben Linus, seguidores de John Locke, admiradores del Dr. Shephard, imitadores del duro Sawyer, enamorados de Kate Austen, fans de Lost en general: sé que estáis ahí. Nuestra espera está llegando a su fin. Ya solo faltan dos días. La sexta y última temporada comienza el martes, y por lo que dicen, estos son sus primeros cuatro minutos:
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Premio para el que adivine quién escribió estas palabras, y sobre qué autor de best-sellers:
“Literariamente, XXXX es mediocre. De ahí proviene su éxito y popularidad. XXXX subió a la altura exacta de la mayor parte de las inteligencias. Si su forma fuese más selecta y elegante, o su personalidad más caracterizada, o sus ideas más originales, ya no estaría al alcance de todo el mundo. Su novela es, pues, ‘la novela’ por antonomasia; la novela que lee cada quisque cuando se aburre y no sabe cómo matar el tiempo; la novela de las suscripciones; la novela que se presta como un paraguas; la novela que un taller entero de modistas lee por turno… y la novela, en suma, más antiliteraria en el fondo, donde el arte importa un bledo y lo que interesa es únicamente saber en qué parará y cómo se las compondrá el autor para salvar a tal personaje o matar a cuál otro.”
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Permitidme que entrometa en este blog dos noticias sobre el otro blog, el colectivo sobre libros Un libro al día. Primera noticia: por primera vez desde que inauguramos el blog, hemos pasado de las 500 páginas vistas en un día (que como siempre, ya sé que son poquísimas en comparación con las que tienen otros blogs, pero para nosotros es un alegrón). Aquí se puede ver la gráfica de páginas vistas, donde se puede ver el aumento del día 26.
La segunda noticia: hoy mismo inauguramos una nueva sección de “firmas invitadas”, con una reseña escrita por Iván (al que muchos de vosotros, lectores habituales de este blog, conocéis) sobre El símbolo perdido, de Dan Brown. En esta sección se publicarán reseñas escritas por personas que no pertenecen al “equipo médico habitual”, pero que quiere colaborar con el blog de manera más o menos regular. Así que ya sabéis: si tenéis la necesidad imperiosa de recomendar un libro en concreto (o de destrozarlo), vosotros podéis ser la próxima “firma invitada”…
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1.- El edificio
El Coliseu dos Recreios, o Coliseu a secas, me ha parecido un teatro originalísimo, y muy bonito. A diferencia de la mayoría de los teatros, que tienen forma rectangular o de herradura, este tiene forma octogonal: el patio de butacas es un círculo perfecto, el escenario se sitúa en uno de los lados del octógono, y las plateas y palcos, en las otras siete. Así, se da el caso de que hay localidades (las que están a los dos lados del escenario) que están casi dando la espalda a los músicos. El techo, abovedado y de metal, con una bola gigantesca en medio, más parece propia de un circo que de un teatro, y de hecho el Coliseu alberga a veces funciones de circo. Por la forma y por las puertas enormes de madera, también recuerda un poco a una plaza de toros.
Lamentablemente, no he llevado mi cámara de fotos, así que no puedo enseñaros cómo es; pero en la página oficial del Coliseu hay bastantes imágenes.
2.- La música
La música del concierto, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Sir John Eliot Gardiner, era toda de Beethoven: la Obertura Egmont, una maravilla (por cierto que el que tenga tiempo y ganas puede entretenerse comparando versiones con distintos directores: Georg Solti, Karajan, Leonard Berstein y Claudio Abaddo; la última es la versión que a mí más me gusta, y la más parecida a la que he escuchado esta noche); el Concierto n.º 2 para piano, y la Sinfonía n.º 6 “Pastoral”.
En general, el concierto me ha parecido buenísimo -ayuda también el que conociera de antemano las tres obras, y que fueran de Beethoven, claro-, aunque creo que la orquesta ha estado por encima de la solista. Poniendo la oreja a una conversación a mi lado, he oído que la pianista (Maria Joao Pires, una chica pequeñita y con aire hippy) está considerada como una de las mejores interpretando a Mozart; pero, decía este señor, para Beethoven le falta fuerza. Y es verdad que algo se echaba en falta, porque tocaba muy bien, pero no le sacaba mucho partido.
Por cierto, que este señor se ha pasado toda la segunda parte del concierto moviendo la cabeza como diciendo que no, y se ha marchado en cuanto ha terminado sin aplaudir ni una sola vez, así que sospecho que no le ha gustado el concierto tanto como a mí, o como al resto del respetable, que se ha puesto en pie para aplaudir al director y le ha ofrecido la ovación más larga que yo he oído nunca después de un concierto de música clásica.
3.- El culebrón
Pero es que lo del señor de al lado tiene miga. Empiezo por el principio: yo no tenía entrada para el concierto, porque no estaba seguro de si iba a tener ganas de ir o no, así que me he puesto en la cola de la taquilla a eso de las 8 (el concierto era a las 9). El señor este, que por cierto tenía un cierto aire a Fernando Argenta, el presentador de El conciertazo, estaba justo detrás de mí, y detrás de él había una chica, bastante guapa, con aire centro o nor-europeo (¿alemana, austriaca, polaca?). Juraría que no iban juntos.
Total, que compro mi entrada, me voy a cenar algo y cuando me siento en mi sitio, el señor está en el asiento de al lado, y la chica uno más allí. Se ve que estaba libre toda la fila, y la han ido repartiendo por orden de llegada. El señor y la chica están hablando con cierta familiaridad, en inglés. Luego veo que intercambian números de móvil. ¿Habrán ligado? ¿Se conocerían de antes? Él le hace a ella comentarios en voz baja, con cierto aire paternalista; ella le atiende, y le ayuda a colocar el abrigo en la fila de abajo, que está libre, para que no le moleste.
Llega el descanso. Salimos a estirar las piernas. Vuelvo a mi sitio y me dedico a hacer un sudoku en el móvil mientras espero. Cuando las luces ya se están apagando viene el señor, pero sin la chica. Cuando entra en la sala, me da la impresión de que mira hacia atrás, como buscando o esperando a alguien. Pero la chica no viene. El señor parece contrariado. El resto, lo que decía antes: el señor se pasa toda la segunda parte del concierto diciendo que no con la cabeza, y cuando termina se levanta y se va sin aplaudir ni una sola vez. Aunque no tengo tan claro que su disgusto tuviera nada que ver con la música…
Qué cotilla soy, ¿no?
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