Feeds:
Entradas
Comentarios

El lobo vestido con una capa roja, huyendo a través del bosque. Y poco detrás Caperucita desnuda, qué ojos tan grandes tiene, qué dientes tan largos tiene, qué piel tan blanca tiene y cómo la ilumina la luna llena.

En la sala de mando de un barco, el capitán se aferra firmemente al timón. Entra corriendo un marinero.

-¡Capitán!

-¡Diga, joven!

-¡El barco se hunde! ¡Nos hundimos, capitán!

-¿Cómo?

-¡Que nos hundimos! ¡Que nos vamos a pique, capitán!

-¡No nos hundimos, joven! ¡No sea negativo! El derrotismo es precisamente lo único que puede hundir este barco…

-Pero, ¡capitán…!

-¡Si nos mantenemos juntos con la mirada en el horizonte, nada puede detenernos! Somos un gran barco. Lo mejor que tiene este barco son sus marineros. Con marineros como los que tenemos, no podemos ni siquiera pensar en hundirnos.

-Tenemos cinco vías de agua, mi capitán.

-¡No tenemos nada! Teníamos, es verdad, cinco vías de agua. Pero ahora tenemos cinco posibilidades para repensar nuestro futuro como barco. Y yo confío ciegamente en la voluntad de nuestros marineros. Veo para nuestro barco un futuro mejor, un futuro en el que los marineros cumplan su función de marineros y sean felices en una hermosa hermandad marineril.

-Las bombas de achique ya no dan más de sí, mi capitán…

-¿Pero es o no verdad que el nivel del agua sube ahora más lentamente que cuando las bombas no estaban todavía en funcionamiento?

-Sí, capitán, pero…

-¡Ajá! Eso quiere decir que hemos ralentizado el ritmo de hundimiento del barco; lo que quiere decir que, si se confirma esta tendencia, pronto no solo no nos estaremos hundiendo en absoluto, sino que nos estaremos deshundiendo. De hecho, no me extrañaría que dentro de poco el barco empezase a levitar, ¡que volase! Ja. Jaja.

-Míreme, capitán, los marineros ya están arriando los botes salvavidas!

-¡Si se van del barco no son verdaderos marineros! ¡Y necesitamos marineros para salvar el barco! ¡Si nos hundimos, será por culpa de esos marineros que no creen en su capitán… Pero yo sé, marinero… Yo sé lo que hay que hacer para que este barco no se hunda, hay que hacer lo que hay que hacer y yo voy a hacerlo. Marinero, ¿tú crees en tu capitán?

-…

-¡Así me gusta, marinero! ¡Con confianza!

El agua empieza a entrar por la puerta del puesto de mando, primero lentamente, luego a raudales.

-Capitán, pido permiso para abadonar el barco, capitán.

-¡Permiso concedido! ¡No quiero a nadie en este barco que no crea en el mando firme de mi mano!

El marinero sale corriendo, o mejor, chapoteando. El capitán se queda solo en el puente de mando.

-¡Cobardes! ¡Traidores! ¡Este barco no se hunde! ¡Yo digo que este barco no se hunde, y no se hunde! ¡Estamos mejor que nunca! ¡Navegamos hacia puertos mejores! ¡Somos la envidia de todos los barcos! ¡Ya se ve a lo lejos nuestro destino glorioso! ¡Cobardes! ¡También decían: “Capitán, ese iceberg es demasiado grande”! Pero yo ordené embestirlo de frente, y ¿quién sigue ahora navegando? ¿Nosotros, o el iceberg? ¿O los dos? ¿O ninguno? ¡Vías de agua! ¡Qué sabrán ellos lo que son vías de agua! ¡Son unos cobardes, unos ignorantes, unos hijos de mamá! ¡Yo sé lo que és guiar un barco, yo sé lo que es un barco que no se hunde! ¡Y este barco no se hunde! ¡Este barco no se hunde! ¡Este barco no se va a hundir! ¡Porque yo lo guío! ¡Porque yo sé hacia dónde vamos y no esa panda de vagos! ¡Traidores! ¡Cobardes! ¡Hijos de puta!

El agua sigue subiendo hasta llenar completamente la sala de mando. El capitán sigue gritando pero ya no lo oímos. Solo vemos cómo salen de su boca burbujas cada vez más pequeñas, cada vez más irregulares, cada vez menos frecuentes…

-¿Cómo era, abuela, cómo era estar dentro de la tripa del lobo?

-No me acuerdo bien… Estaba oscuro, húmedo y caliente. Los sonidos me llegaban muy de lejos, como debajo del agua. Creo que estaba dormida, o medio dormida. Soñaba, o recordaba, sábanas calientes, un lugar acogedor y conocido. Pensé que a lo mejor estaba muerta, pero al mismo tiempo sentía claramente que la muerte no podía ser así, tan parecida a la vida. Oía tu voz, y la voz del lobo, y quería gritar para avisarte, pero al mismo tiempo solo quería dejarme ir, hacerme pequeña, pequeña, cerrar los ojos… Me iba sintiendo en paz… Luego oí claramente los disparos, me sentí caer, gritos, la luz, la claridad… Otra vez de vuelta…

-¿Por qué lloras, abuela? ¿No te alegras de estar viva?

-El lobo… En realidad era una loba. Lo supe justo al final…

-¿Por qué lloras, abuela?

Diluvio

Algún día, hijo mío, todo esto fue agua. Enormes serpientes marinas. Los pájaros volaban mientras podían, luego se posaban, flotaban, se hundían, eran comidos por pequeños peces plateados y voraces. Un mundo de una crueldad sublime. Siempre moviéndose hacia adelante, para no ahogarse. Los barcos, no hay barco que flote eternamente, en un mar lleno de tormentas y monstruos. Allí pudo acabar todo, como una bola azul absurda y húmeda, habría sido elegante. Algas flotando hasta donde alcanza la vista. No poder dejar de remar nunca, para no llegar a ninguna parte. Pero luego los mares empezaron a secarse, con el esqueleto de una ballena construimos una casa, había un cuervo. Ahí es donde todo se echó a perder.

Sí, me he comido a tu abuela, Caperucita, me la he comido entera, de un bocado, sin masticar. ¿Eso me convierte en un monstruo? ¿Me transforma en un salvaje? ¿Me condena a la muerte, a la desaparición, a la infamia? Pues vale, lo acepto. Pero, ¿y lo que vosotros habéis hecho conmigo, a qué os condena?

Si nos comemos una gallina nos perseguís y nos matáis. Si nos comemos una oveja nos perseguís y nos matáis. Si nos comemos a una persona organizáis una cacería y no paráis hasta que nuestra piel cuelga en alguno de vuestros salones.

¿Qué esperabais que hiciéramos?

Tenemos ojos grandes para veros mejor; tenemos manos grandes para atraparos mejor; tenemos dientes grandes para desgarrar vuestra carne y partir vuestros huesos que crujen cuando los partimos.

Queréis que renunciemos a eso, pero vosotros no renunciáis a vuestros cepos, a vuestras alambradas, a vuestras escopetas.

¿Qué opción nos dejáis más que sembrar el terror para que veáis que estáis en el lado equivocado?

He hablado demasiado. Ya por la ventana veo al cazador con su rifle y su hacha. Me matará, Caperucita, y tu abuela saldrá de mi tripa entera, viva. Pero acuérdate de esto, Caperucita: vendrán otros lobos; vendrán otros lobos detrás de mí.

Mientras existan los cepos y las alambradas y las escopetas, los lobos seguirán viniendo a comerse a tu abuelita.

Canción infantil

Enfrente de mi casa hay un parque.
Enfrente de mi casa hay un parque
donde juegan los niños
donde juegan los niños
donde juegan los niños y las niñas.
Enfrente de mi casa hay un parque.
Lo veo desde mi ventana.
Lo veo desde mi ventana.
Lo veo desde mi ventana día y noche.
Siempre.

La marca negra

Eran los 90, los años de la “socialización del dolor”. Acababan de asesinar a un concejal de San Sebastián. Yo estuve en las manifestaciones de repulsa, en segunda fila. Cuando empezaron a tirarnos huevos me fui.

Un día aparecieron en nuestro portal unas pintadas que podían ser una diana; podían ser señales para asaltadores de pisos vacíos; podía ser la firma de una banda urbana.

Me encontré con Antúnez, el vecino del quinto, en el ascensor. Estaba aterrorizado. “Soy abogado. He defendido a violadores y a traficantes. ETA odia a los narcotraficantes. ¿Y si esa pintada es una señal para acabar conmigo? ¿Una amenaza?”

La paranoia se me contagió. Yo era, soy, profesor de lengua y literatura española. ¿Y si enseñar a Cervantes era una traición a la patria? ¿Y si merecía pagarlo con la pena capital? Alicia, mi mujer, intentaba tranquilizarme: “Cariño, no seas idiota. Qué ganas de hacerte el héroe”.

Yo tranquilizaba a Antúnez: “Antúnez, no seas idiota. Qué ganas de hacerte el héroe”.

“La gente me mira distinto”, me decía Antúnez. “Saben que estoy marcado. Se apartan de mí. No quieren que les salpique la sangre”.

“Se apartan de ti porque te pasas el día sudando de miedo. Apestas a miedo.” Pero la verdad es que yo tampoco tenía muchas ganas de que me vieran con él y solía evitarle en sitios públicos.

Una noche Antúnez subió a nuestro piso. Estaba histérico. Que había una persona enfrente de nuestro portal. Que lo estaban vigilando. Que estaba marcado. Que se acercaba el día.

Alicia y yo miramos por la ventana, y efectivamente había un chico. Me pareció que podía ser uno de mis alumnos, pero estaba oscuro. Poco después llegó corriendo un perro pastor, le puso la correa y se fueron.

“¿Lo ves? No es nada. No pasa nada.” Alicia le preparó una manzanilla. Antúnez se la bebió, se echó a llorar y se quedó dormido en el sofá.

Una semana más tarde recibí un mensaje de Alicia. “Cuando puedas ven a casa. Estoy bien. Pero ven cuando puedas”. Cuando llegué vi nuestra calle rodeada por un cordón policial. En el suelo, un cuerpo tapado por una sábana.

Me acordé de Antúnez.

Mi mujer llegó corriendo y me abrazó. “¿Antúnez?”, le pregunté. “No: Ignacio, el del segundo”. Era un periodista local. Solía saludarnos muy amable cuando nos cruzábamos.

Levantaron el cadáver y nos dejaron pasar. Nos encontramos con Antúnez junto al portal. Con los ojos arrasados, temblando. Se abrazó a mí como un niño.

“Tenía razón, yo tenía razón”. Y luego: “No he sido yo, no he sido yo, no he sido yo”.

Su egoísmo me parecía despreciable. Por otra parte, comprendía lo que quería decir. Yo también pensaba “no he sido yo, no he sido yo, no he sido yo” aunque no lo dijese.

Y era un alivio, pero también, extrañamente, una decepción.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.