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El otro día, mientras paseaba por Bilbao, me encontré con Ernesto, un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía. Él me reconoció y se paró delante de mí; a mí me costó un poco más: estaba mucho más delgado de lo que yo recordaba. En la universidad no éramos especialmente amigos; tampoco nos llevábamos mal: pertenecíamos a grupos distintos, así que solo hablábamos muy de vez en cuando, educadamente pero sin mayores intimidades. Al principio, fue uno de tantos encuentros, “¿Qué tal? ¿Dónde andas? ¿Cómo te va? ¡Cuánto tiempo!”, esas cosas.

Seguimos paseando a la orilla de la Ría, precisamente en dirección a la universidad. Yo le hablaba de Lisboa y de Alicia, y de Madrid, y de Lukasz. Que me va bien, que estoy contento, que creo que he encontrado mi lugar en el mundo, esas cosas. Él sobre todo callaba.

Cuando llegamos a la puerta de la universidad se me quedó mirando con una extraña cara de pena. “¿Te acuerdas”, me preguntó, “de aquella vez en segundo que nos fuimos todos a la playa a media mañana? Que fuimos a Sopelana en varios coches; tú viniste en mi moto. Y estuvimos allí corriendo y jugando al fútbol con las chicas, que siempre es más divertido. Debía de ser octubre o noviembre, hacía frío y no nos bañamos. Luego, hacia el mediodía empezó a entrar desde el mar una niebla baja y bastante rara, casi a ras de suelo. Le dio al día un aire como místico, ¿te acuerdas? Como de película de terror y al mismo tiempo de aparición bíblica. ¿Te acuerdas?”.

Yo no me acordaba, la verdad. Miré a Ernesto sin decir ni que sí ni que no, respondí solo con un murmullo poco comprometedor.

“Aquel día acabamos Laura y yo enrollándonos en un bar de Romo. ¿Te acuerdas de Laura?” De Laura sí me acordaba: una morena bajita que no estaba mal, como dice Sabina. Tenía un año más que nosotros. “Laura y yo estuvimos juntos tres años después de eso. Fueron años bonitos”.

Estábamos llegando a la puerta de la Universidad. Disminuí disimuladamente el ritmo, lo que en lenguaje corporal se traduce como “Bueno, yo me quedo aquí”. Él se paró y me miró, pero realmente no estaba allí, sino lejos, en otro tiempo.

“Al final”, me soltó después de un silencio, “resultó que Laura era una zorra. Si supieras lo mal que me lo hizo pasar… Desde entonces todo empezó a ir a peor…”.

“Oye, me tengo que ir, que tengo una reunión”, dije, dando un paso hacia el edificio.

“Una zorra, una auténtica zorra. Luego se murió, ¿ya sabías?”

Me quedé mirándole, helado. “No, no sabía”. “Pues sí, accidente de coche. Se murió. Si supieras las cosas que me hizo…” Y luego: “Pero oye, que tenías que irte. Ya nos veremos por aquí, ¿no? ¡O si no lo mismo voy yo a visitarte a Lisboa! ¿Estás en facebook? Venga, nada, me ha encantado verte, cuídate.”

Y se alejó en dirección al centro como si tal cosa. Yo tardé todavía unos minutos en poner en orden el mundo y entrar en la universidad.

No hay que lamentarse por la muerte, como no hay que lamentarse por una flor que crece. Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima. Las cagan. Estúpidos gilipollas. Se concentran demasiado en follar, ir al cine, el dinero, la familia, follar. Sus mentes están llenas de algodón. Se tragan a Dios sin pensar, se tragan la patria sin pensar. Muy pronto se olvidan de cómo pensar, dejan que otros piensen por ellos. Sus cerebros están rellenos de algodón. Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir.

Charles Bukowski: El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco

Señales de humo

Kezko Seinaleak

Nondik ote dator aniztua kea?
Oherik ez dagoenetik sukaldeetako labeetan
egiten da hiri honetan amodioa
Leiho itxitik merkantziak sartuz behelainoarekin
zure ahotsa apartatu nuen kafea hoztu ez zedin
Gurpilak karkabaka trenetik
harrien baitatik ateratzen zen isiltasuna
egunak bere alanbikeak zabaldu ahala
Aurpegi errea zekarten goizeko lehen biztanleek
harlauza gainetan lerraturik
kexu ziren antzokiak bezain hutsik botilak
jendea presaka zebilen gauari norbaitek
semaforo guztiak ostu balizkio lez
Biharamuna maingu baten arrastoa zen
bizitza den espaloi elurrez ezkutatuan

Nondik ote dator aniztua kea?
Oherik ez dagoenetik sukaldeetako labeetan
egiten da hiri honetan amodioa
Harkaitz Cano

Señales de humo

¿De dónde vendrá multiplicado el humo?
Desde que se llevaron las camas de la ciudad
se hace el amor en los hornos de las cocinas
a la vez que entran los trenes de mercancía
por ventanas clausuradas.

Aparté tu voz para que no se enfriara el café.
El silencio salía por entre las piedras
mientras el día inauguraba sus alambiques.
Los primeros habitantes de la mañana
traían en bolsas de papel sus caras quemadas
enfiladas sobre las aceras se quejaban
tan vacías como los teatros las botellas
la gente se apresuraba como si alguien
hubiese robado a la noche todos sus semáforos.
El amanecer era el rastro de un cojo.
La acera cubierta de nieve, la vida misma.

¿De dónde vendrá multiplicado tanto humo?
Sólo se sabe que
desde que se llevaron las camas de la ciudad
se hace el amor
en los hornos de las cocinas.

El accidente

Variación a partir de un tema de Szymborska

Parece que ha habido un accidente en el Puente de Deusto. He oído sirenas por la ventana, muchas sirenas, que iban en esa dirección. Desde mi cuarto no consigo ver la calle, solo el patio que se llena de hojas en otoño y se encharca cuando llueve. Por un momento pienso en el modo en que puede cambiar una vida, muchas vidas; en esos cuerpos que van en ambulancias camino de quién sabe qué.

Hoy es uno de esos días claros de invierno en que luce un sol frío que lo llena todo de una luz blanquecina.

Continúo trabajando; ando agobiado de trabajo y no puedo perder tiempo. Estoy buscando en las historias de la literatura citas para probar mi hipótesis para un artículo. Intento concentrarme. Voy al facebook. Voy al correo. Voy al twitter. Voy al periódico. ¿Qué estaba haciendo?

El vecino de arriba pone música tecno. Cada mañana hacia las 10, pone música tecno.

Dicen en el periódico que van a bajar la temperatura. Miro por la ventana. Abro la ventana. Sigo mirando por la ventana. En el patio se oyen los gritos de alguien que discute por teléfono.

Me pregunto qué habrá para comer hoy.

Cierro la ventana y vuelvo a sentarme en la mesa. Miro el correo. Miro facebook. Miro twitter. Miro los periódicos. ¿Qué estaba haciendo?

El mar y yo

He vivido toda mi vida cerca del mar, pero de espaldas al mar. Para vivir necesito un río, pero el mar me resulta prescindible.

Las historias épicas de marinos (la lucha contra los elementos, contra la soledad, contra uno mismo) me atraen y me atrapan, pero como algo exótico, como las novelas de Sandokan o las películas de vaqueros.

Todas las ciudades en las que he vivido, mucho o poco, estaban en la costa, o cerca de una costa. El mar Cantábrico, el mar Negro, el mar del Norte, el océano Atlántico desde sus dos orillas. En ninguna pasé las largas tardes sentado leyendo frente al mar que podrían imaginarse.

A lo mejor es, precisamente, porque el mar siempre ha sido a la vez cercano y ajeno para mí. Ni siquiera de niño despertaba especial fascinación: era algo que estaba allí, a lo que se podía ir cuando se quisiera, y se quería poco.

Hoy huyo de las playas, nunca he hecho un crucero y carezco totalmente de vocabulario marítimo. Las novelas de marinos me siguen pareciendo historias apasionantes que les suceden a otros.

Pero que no me quiten un río, que me ahogo.

Una de las cosas que más me pregunta la gente cuando les cuento que estoy en Portugal, es si ya hablo portugués, y luego añaden, de manera casi automática: “El portugués es un idioma fácil, ¿no? No te costaría mucho”. Y yo siempre digo lo mismo: que sí, que el portugués es un idioma fácil (para un hispanohablante) porque hay muchísimas similitudes, de gramática y de vocabulario, pero que hay que estudiarlo, que no se aprende solo con tomar “imperiales” por el Bairro Alto.

La verdad, me molesta bastante (y eso que no soy portugués) la actitud de muchos españoles que van a Lisboa y piensan que, como son idiomas parecidos, “se les entiende”, y no hacen el más mínimo esfuerzo no ya por hablar portugués, sino ni siquiera por intentar hablar español más despacio o más claro. Entran en una cafetería y gritan: “Mevaponé tres cañas, dos cortaos cortos y uno de esos pasteles de allí de los de crema”. Y en muchos casos les entenderán, porque los lisboetas están más que habituados a los españoles, pero ese no es el asunto.

Y hay también españoles que llevan viviendo en Portugal varios años y que no se han esforzado en aprender portugués porque total, “como se entienden”… Y claro que después de vivir unos meses en Portugal “se entiende”, pero hablarlo correctamente es otra cosa. Hay que estudiar los verbos; hay que conocer la gramática (el orden de los pronombres, por ejemplo); hay que aprender vocabulario (más allá de la “bica”, el “frango” y la “imperial”); hay que practicar la pronunciación…

Porque sí, el español y el portugués son muy parecidos, pero precisamente por eso es muy fácil caer en el “portuñol”: un engendro que consiste en hablar español cambiando las palabras en “-ción” por “-ção” y los “-dad” por “-dade”. Y así se cae en el error de los “falsos amigos”: esas palabras que suenan igual en español y en portugués, pero significan cosas distintas, a veces opuestas. Unos pocos ejemplos: “presunto” en portugués significa “jamón”; “reformado”, “jubilado”; “espantoso” en portugués es algo muy bueno, así que puedes decirle a alguien que su casa es “espantosa” y quedarte tan tranquilo; “talho” (pronunciado como “tallo”) es la carnicería; y mi primera compañera de piso, se quedó muy sorprendida cuando le dije que iba a bajar a tirar la “basura”: en portugués, “basura” se dice “lixo”, y la “vassoura” es la escoba.

Pero no solo se trata de esas pocas palabras tramposas (“trampa”, por cierto, es otro falso amigo, pero no voy a decir lo que significa en portugués): los españoles también tenemos enormes problemas con la pronunciación -no solo en portugués, sino en general, en cualquier idioma. Nos cuesta muchísimo distinguir, por ejemplo, entre las “eses” sordas y sonoras; entre las “eses” y las “zetas” o “cedillas” (para entendernos); o entre las vocales abiertas y cerradas (por ejemplo, la diferencia entre “avó” y “avô”, “abuela” y “abuelo” respectivamente, es solo la abertura de la vocal). Algunas personas también tienen dificultades para pronunciar las vocales nasales, tan típicas del portugués: “mãe”, “coração”, “razões”. Y si a eso unimos que los portugueses tienen una capacidad sobrehumana para tragarse vocales y hablar sin abrir la boca, pues ya no es tan fácil el portugués como lo pintan…

Hay otro aspecto que a los españoles nos resulta algo desconcertante al aprender portugués: el de los tratamientos entre personas: en un ambiente formal, la gente no solo no se trata por “tú”, sino que ni siquiera usan el “você” (estoy hablando de Portugal, en Brasil sí que se usa), y se hablan unos a otros mencionándose en tercera persona aunque estén delante, y muchas veces usando sus “títulos”: senhor, doctor, professor… y eso cuando no lo juntan todo en un “excelentíssimo senhor professor doutor”. Porque esa es otra: en Portugal hay una cierta obsesión con los títulos, y todo el mundo es “doutor”, aunque no haya estudiado medicina ni tenga un doctorado. En la residencia en la que viví mi primer mes en Lisboa, me encantaba la manera en la que me despedía la casera: “Bom trabalho, doutor!”. Me hacía sentir importante.

Un par de anécdotas personales para ilustrar este último punto: cuando iba a ir a Portugal intercambié unos cuantos emails que la que iba a ser mi supervisora en Lisboa, y al quinto email, como veía que ella era muy cordial conmigo, me atreví a tutearla; ella no me corrigió, y así seguimos. Cuando llegué a Portugal, comprendí que aquello era MUY incorrecto: la gente no solo no la tutea, sino que la trata de “professora” y, por supuesto, en tercera persona. También fue un shock para mí, cuando en la primera reunión que tuve con ella, empezó a decir cosas como “espero que Santi esté a gusto”, “¿qué es lo que Santi va a hacer exactamente?”, o “Santi trabajará en la sala de investigadores”, que me daban ganas de contestar: “¡Estoy aquí! ¡Yo soy Santi! ¿Por qué habla de mí como si no estuviera?”. Ahora, en cambio, ya me he acostumbrado, y ese giro de la tercera-segunda persona me sale involuntariamente también al hablar o escribir en español.

En fin, que si me encuentras por la calle y me preguntas, ya sabes lo que te voy a contestar: Sí, el portugués es fácil. Sí, te entiendes con ellos casi sin saber hablarlo. Sí, se aprende en unos meses. Pero para hablarlo bien, hay que estudiarlo.

Ausencia

Ubicación

Usted está AQUÍ.

Ahora, su AQUÍ no es el mismo que mi AQUÍ, así que quizás sería mejor decir que usted está ALLÍ y yo AQUÍ. Claro que, desde su perspectiva, es a la inversa, yo soy el que está ALLÍ y usted el que está AQUÍ.

Salvo que pensemos que el AQUÍ es el ciberespacio este en el que nos movemos sin movernos.

En ese caso podríamos decir que los dos estamos AQUÍ sin estar.

O mejor, que no estamos AQUÍ ninguno de los dos, pero que los dos apuntamos hacia este mismo AQUÍ que es el ciberespacio.

Eso.

Juego

Desde que me dejó Alicia, para distraerme me dedico a comprar billetes de avión.

Los compro de la tarifa más cara, Primera Clase Super Plus Business Deluxe, que permite cancelación instantánea sin recargo (a los pobres en cambio no se nos permite dudar).

Los compro para los destinos más exóticos y lejanos: Tailandia, Nueva Zelanda, Canadá, Sudáfrica, China, Mozambique, Japón.

Veo sus precios: miles de euros que no tengo, que no puedo permitirme gastar.

Aprieto la tecla “Comprar billete”. Relleno mis datos. Acepto las condiciones. Confirmo la compra.

Luego, cierro el ordenador y me voy a pasear con una mezcla de excitación, ilusión y pánico. Mentalmente estoy viajando a esos destinos exóticos y lejanos. Una parte de mí desea que no me dejen devolver el billete y tener que irme a Tailandia, Nueva Zelanda, Canadá o Japón. Pienso en Alicia y en cómo le habría gustado viajar conmigo a esos sitios. Me falta el aliento y al mismo tiempo me río como un idiota.

Luego vuelvo a casa y, cargado de cordura, cancelo el billete.

Mensajes educadísimos me agradecen el interés y me pidan que vuelva a confiar en ellos en otra ocasión.

Y claro que vuelvo: elijo otro destino, la tarifa más cara, introduzco mis datos, confirmo a la compra.

Salgo a la calle.

Rossio animado

Plaza de Rossio, con el Teatro Nacional Dona Maria II al findo. Imagen animada creada por Javier Peralta (clicar en la imagen para ver la animación).

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