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Father figure

Estaba pensativo, Lúckasz, me parecía a mí. Revolvía el puré de verduras y lo removía y lo removía y lo removía y no terminaba de llevárselo a la boca. Yo intentaba atraer su atención hablándole de un artículo interesantísimo sobre la deconstrucción del concepto de deconstrucción, pero no había forma de sacarle de su ensimismamiento. Así que al final le pregunté directamente.

-¿Qué te pasa?

Me miró, al principio, como si no se acordase de quién era yo.

-¿Eh?

-Que qué te pasa. Estás muy callado hoy, no me dices nada…

-Ah. Ya. Puede ser.

Pero no añadió nada más, y yo en esos casos nunca sé si insistir y repreguntar o si dejarle en paz, porque Luckasz es bastante reservado para las cosas que quiere reservarse. Así que seguimos un rato comiendo los dos en silencio, aunque en realidad Luckasz no comía, solo seguía removiendo y removiendo y removiendo.

Por fin, cuando yo ya estaba atacando mi arroz con leche, Luckasz habló.

-Es que mi mujer está embarazada.

Casi salto de la silla. Luckasz y su mujer llevaban tiempo queriendo quedarse embarazados; sobre todo ella.

-¡Pero eso es cojonudo! ¡Qué buena noticia! ¡Tenemos que celebrarlo! ¿De cuánto está?

Pero Luckasz no estaba para celebraciones.

-Estoy acojonado, Santi. Acojonado. ¿Se dice así?

-Sí.

-¡Voy a ser padre! Y quiero ser padre. ¡Pero voy a ser padre! ¡Va a haber en el mundo una persona para la que yo voy a ser el padre! Que va a decir: “Mi papá es esto o lo otro”, ¡y ese papá voy a ser yo!

-Bueno, pero… de eso se trata, ¿no?

-Sí, pero es que… ¡yo no tengo ni idea de cómo ser padre! ¿Cómo se cuida a un niño? ¿Cómo se educa a un niño? ¡Educar a un niño! ¿Te das cuenta? ¡Que puedes desgraciarlo para toda la vida!

-La gente se arregla…

-La gente… Imagínate que me nace una niña. ¿Qué hago? ¿Y si la niña quiere irse de fiesta? ¿A qué hora hay que decirle que vuelva? ¿O no hay que dejarle que vaya a ninguna fiesta hasta que se case o tenga cuarenta y cinco años, lo que pase antes?

-No digas tonterías. Esas cosas se van aprendiendo sobre la marcha, se habla con otros padres…

-Y lo peor no es eso: lo peor es que tengo que fingir que sé cómo ser padre. Tengo que hacer el papel de padre. Pero no tengo ni idea del guión. Tengo que parecer que estoy seguro de lo que digo, aunque en realidad no tenga ni idea. “¡Tienes que volver a las once!” ¿Y por qué no a las diez? ¿O a las doce? “¡Porque lo digo yo, que soy tu padre!” ¡Qué cosa tan terrible!

-Bueno, hombre, eso le pasa a todo el mundo…

-¿A todo el mundo?

-A todo el mundo.

Por un momento pareció sopesar la información, sin decidirse por aceptarla o rechazarla.

-¿Quieres decir que mi padre también pasaría por esto mismo? ¿Que él también estaría lleno de dudas?

-Seguro que sí -le contesté, presintiendo que estaba consiguiendo ayudarle, qué buen amigo soy. Pero no.

-Pues eso es muchísmo peor -dijo Luckasz.- Mucho, muchísimo peor. ¡Mi propio padre! ¡Mi padre no tenía ni idea! ¡Mi padre estaba acojonado! ¡Acojonado! (¿Se dice así?) Eso es muchísimo peor.

Yo no tenía muy claro por qué eso era muchísimo peor, pero ya había comprendido que nada de lo que le dijera iba a ayudarle. Así que, después de un respetuoso silencio de varios segundos, le dije:

-Oye, Luckasz…

-¿Qué?

-¿Puedo comerme tu arroz con leche?

Me dijo que sí.

 

 

A veces, al salir del trabajo, a Julián le gustaba ir al mirador de Santa Catarina a tomar una cerveza y relajarse mirando al horizonte. Le hacía bien, el relajaba, le reconstituía. Julián trabajaba como informático en un banco, y a veces se sentía solo entre tanta gente de números. Los informáticos, pensaba él, en realidad son personas creativas; no demasiado diferentes de los artistas, los escritores, los músicos. Por eso le gustaba ir al mirador de Alcántara, donde se juntan los hippies, los Erasmus, los rappers, los alternativos de Lisboa a tocar música, fumar porros y ver anochecer. Se sentía un de ellos, aunque fuera más viejo, y más rico, y más culto y más maduro que todos ellos, claro.

Aquella noche no había sitio en las mesas del kiosko, así que Julián se sentó en uno de los escalones de las gradas del mirador. Alguien tocaba bongos; empezaba a caer el sol.

De repente una sombra se interpuso entre él y el paisaje.

-Perdona, ¿tienes fuego? -le preguntó una voz en inglés.

Era una chica, una chica joven, rubia de ojos claros, con rastas, vestida con una camiseta multicolor y pantalones pirata muy anchos.

-Claro -contestó Julián, rebuscando en sus bolsillos. Siempre llevaba un mechero encima, aunque no fumaba, precisamente por si alguna vez se veía en esta situación. Y hasta ahora nunca se había visto en esta situación.

-¿Te importa que me siente aquí mientras me hago un porro? -volvió a preguntar la chica.

-Claro que no.

Era hipnótico ver sus manos en funcionamiento: el tabaco, el costo, el papel, el filtro; ni siquiera necesitaba mirar para seguir cundiendo, liando, enrollando.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó a Julián.

-Julián.

-Qué casualidad, yo me llamo Julia.

Lo pronunciaba con una jota muy suave, casi como “shulia”; un sonido casi arrullador, como un silbido.

-¿De dónde eres? -preguntó Julián, mientras Julia encendía el porro.

-¿Para qué necesitas saberlo?

-No lo necesito… es por curiosidad, por hablar de algo.

-Soy de todas partes. Todos somos de todas partes -contestó por fin Julia, soltando el humo de la última calada mientras hablaba. Luego le ofreció el porro a Julián.- ¿Quieres?

-No, no, gracias.

Julián no solía fumar, no le caía bien. En realidad, Julián era bastante puritano, mucho más conformista de lo que se atrevía a reconocerse a sí mismo.

-¿Y llevas mucho tiempo en Lisboa?

-Llegué ayer. Quería quedarme por aquí una temporada, esta ciudad es tan increíble…

-Sí que lo es.

El humo de la siguiente calada salió de la boca de Julia directamente hacia la cara de Julián. Debió ser un accidente: Julia estaba mirando a Julián a los ojos, sonriéndole y el humo simplemente fue en esa dirección. Como también debió ser sin duda un accidente que la camiseta de Julia se abriese ligeramente al inclinarse hacia adelante.

-Estoy viajando por toda Europa -siguió hablando Julia-, sobre todo por el sur. Italia, Francia, España… Esto es el sentido de la vida para mí: viajar, conocer gente, tener experiencias, ¿no crees?

Otra bocanada de humo se metió en los ojos de Julián, que tuvo que parpadear rápido para despejarlos. Esta vez no podía haber sido un accidente, pero tampoco podía haber sido a propósito. ¿O sí?

-Hay que vivir más la vida, dejarse llevar más. Vivimos demasiado preocupados, demasiado reprimidos, ¿no te parece?

A Julián las cosas empezaban a dejar de parecerle: se sentía mareado, confuso.

-Nos olvidamos de que la vida es esto: ser felices. Yo solo quiero ser feliz, y hacer feliz a quien esté conmigo.

En la cabeza de Julián empezaron a formarse imágenes: imágenes de él y de Julia viajando por el mundo, en hoteles, aeropuertos, estaciones de tren, en París, Nueva York, Buenos Aires, juntos y felices.

-Vivimos tan preocupados por nuestras obligaciones que no nos acordamos de que la principal obligación es la felicidad.

Sí, Julián lo veía, lo veía claro. Dejar el banco, dejar el trabajo, era lo que tenía que hacer. Dejarlo todo y vivir, vivir con Julia (shulia) lo que tuviera que venir. Lo que ella quisiera. Estaba eufórico. Una tercera, cuarta o quinta bocanada de humo le golpeó, y esta la absorbió hasta el fondo

-Tenemos que escuchar más a nuestro cuerpo, lo que nuestro cuerpo necesita, lo que nuestro cuerpo desea.

Las imágenes en la cabeza de Julián cambiaron: seguía estando con Julia, en hoteles, en aeropuertos, en estaciones de tren, pero ahora estaban desnudos, abrazados, sudorosos. Se imaginó a sí mismo mordiendo ese cuerpo que por ahora solo se insinuaba debajo de la camiseta; se imaginó a sí mismo siendo mordido en lugares insospechados.

Julia seguía hablando, pero Julián ya no escuchaba nada. Estaba perdido en sus pensamientos, inhalando el humo de segunda boca, observando a Julia hablar, como hipnotizado. Sí, sería feliz si ella lo hipnotizase y lo convirtiese en su acompañante, en su servidor, en su esclavo…

-Oye, ¿podría quedarme a dormir esta noche en tu casa?

-Sí -estuvo a punto de contestar Julián, casi gritando-, ¡sí!

Pero no contestó eso, porque en ese momento, con una nueva bocanada de humo llenándole los ojos, Julián creyó ver algo: creyó ver cómo las rastas de Julia se transformaban en otra cosa, y cómo sus uñas y sus dientes no eran normales o por lo menos no normales para ser humanos, y cómo detrás de sus ojos se agitaba un ente oscuro y antiguo que era mejor no conocer más de cerca.

-Lo siento -contestó por fin-, pero no puede ser. No vivo solo, tengo que madrugar, mi casa está muy lejos, está hecha un desastre, lo siento, lo siento.

Julia, vuelta a su apariencia humana y nórdica, parecía sorprendida, decepcionada, humillada incluso.

-Creía que estábamos conectando…

-Lo siento, lo siento -repitió Julián, y salió prácticamente corriendo mirador arriba.

Al día siguiente intentó explicarle a un compañero del trabajo por qué había rechazado a una chica joven y preciosa que quería irse con él a casa, pero el otro idiota, claro, no lo entendió.

Extractos escogidos del diario del Resistente, tal y como fue originalmente publicado (Edições Pingo de Sangue, 2022).

Abril

Han llegado los primeros: los primeros del año. Por ahora son pocos, es fácil esquivarlos, ignorarlos, basta con evitar las zonas por las que suelen merodear. Yo ya he desarrollado un instinto especial para no cruzarme con ellos: cuando oigo a lo lejos sus gritos de guerra (“pasteles de Belém, pasteles de Belém, Gulbenkian, fado…”) me giro y huyo en dirección contraria.

Este año estoy convencido de poder sobrevivir a la invasión. Sí, estoy convencido: este año no conseguirán arrebatarme, arrebatarnos la ciudad.

Mayo

Hoy he tenido el primer encuentro cara a cara con un batallón de invasores; he escapado por los pelos. Iba por la rua Conceição y los he visto venir de frente. Los guiaba una mujer, supongo que de rango superior, con una banderita de su país levantada sobre su cabeza. Iban diciendo “vingt-huit, vingt-huit, vingt-huit”, que en su lengua debe querer decir “matar, destruir, saquear”.

Exhibían orgullosos el uniforme de guerra de los invasores: calzado cómodo, pantalones cortos, mochilas o riñoneras, camisetas turísticas, camisas de colores chillones, gorras contra el sol. En sus manos, los manuales del buen invasor, y sus maléficas cámaras fotográficas con las que capturar sus despojos de guerra.

Eran demasiados, no podía enfrentarme a ellos. Me he escurrido por la rua da Prata en dirección a la Praça da Figueira, y después he corrido colina arriba para encerrarme en casa.

Junio

Ayer cogí el tranvía para volver a casa. Un error que pudo costarme caro: debería haber sabido que el tranvía es el medio preferido de los invasores para moverse por Lisboa. Me he dado cuenta de mi error demasiado tarde: nuevas oleadas de invasores me empujaban hacia el fondo del

Mi única esperanza era camuflarme entre ellos, parecer uno de ellos, porque ¿qué no me harían si descubren que soy un local? Me interrogarían, me asarían a preguntas sobre sitios para comer, para visitar, para hacer compras, para conquistar en una palabra; me secuestrarían para estudiar mis costumbres más pintorescas; me diseccionarían para ver si por dentro estoy hecho de cuerdas de guitarra portuguesa, azulejos y gallos de Barcelos.

He intentado imitar su comportamiento en todo lo posible: he abierto mucho los ojos y la boca, he sacado la cabeza por la ventanilla (con grave riesgo de perderla contra una señal de tráfico), he fingido admiración y miedo cuando el tranvía ha pasado por las calles más estrechas, me he puesto el teléfono móvil delante de la cara y he hecho “clic” (aunque mi móvil no tiene cámara, pero ellos no lo saben).

Los tenía tan cerca que podía olerlos, podía oler sus olores venidos de todas partes del mundo. Me rozaban con sus codos, me pisaban, me decían “sorry”, “pardon”, “scusi”, “perdona, quillo”. Los muy bárbaros.

Finalmente hemos llegado a Graça y he podido bajarme, todavía disfrazado de invasor. Me he acercado al mirador a tomar una cerveza para tranquilziarme, pero estaba tan nervioso que me he tirado en cima más de la mitad.

Julio

Estoy solo en mi lucha, ya lo he comprendido. No es solo que el Gobierno no saque a la calle a la Guardia Nacional o al Ejército, o que no arme a la población civil; es que la población civil parece haber asumido la invasión con resignación y

Ayer fui a cenar con unos amigos cerca de Campo Pequeno (zona relativamente segura por ahora). Cuando terminamos de cenar, uno de los invasores se me acercó y me dijo, en español: “Perdona, ¿podrías hacernos una foto?”. Y aunque lo dijo en español y aparentemente el significado era evidente, yo sabía que el verdadero significado profundo de esa pregunta era: “¿De verdad crees que tienes alguna posibilidad de derrotarnos?”.

Así que le dije que sí, cogí su cámara y la estrellé violentamente contra el suelo. Se hizo pedazos; bueno, en realidad se le rasgo el visor y se le saltaron unos cuantos botones, no fue para tanto. Pero el invasor se puso furioso, no paraba de gritarme y quería hasta cogerme de las solapas. Éramos más, podíamos haberles vencido, esa podía haber sido la Covadonga de nuestra reconquista de la ciudad.

Pero, alas, mis amigos se pusieron de parte del invasor. Que qué había hecho, que a ver si estaba loco, que qué me había dado. Así que me disculpé con él, me disculpé con mis amigos, me disculpé con el mundo y en cuanto pude me fui a casa a pensar en una nueva estrategia para recuperar Lisboa de manos de los invasores. Yo solo.

Agosto

Hemos perdido Belém, la Baixa, el Bairro Alto y una parte de la Avenida Liberdade. A Alfama solo se puede ir durante el día: por la noche los invasores campan a sus anchas. Los invasores llegan en aviones, en autobuses, en barcos, en coches, día y noche, a todas horas siguen llegando. Su estrategia son los números, eso está claro. Pululan por todas partes, irreconocibles, idénticos, intercambiables. El mundo se va haciendo cada vez más pequeño.

Si planeáramos ahora una estrategia, si nos agrupásemos todos en Almirante Reis (zona a la que no se aproximan ni por equivocación, o mejor dicho, solo por equivocación) podríamos cargar avenida abajo, entrando por Martim Moniz, Figueira, Rossio, y dividirlos, partirlos en dos: a un lado los de Alfama, al otro los de Bairro Alto. Y así podríamos recuperar lo que es legítimamente nuestro.

Pero no me engaño: la invasión, la infección está ya demasiado extendida. Los resistentes, si es que hay más como yo, estamos aislados, incomunicados, impotentes. Y los invasores se están comiendo todos nuestros pasteles de nata.

Septiembre

Dios mío, están aquí. Están aquí. Han descubierto Graça, el mirador de Nossa Senhora do Monte, mi último reducto. Antes solo pasaban con sus ojos abiertos y sus manuales de combate: incursiones de exploración. Pero ahora están aquí para quedarse. Ha ocupado el mirador, las cafeterías, el supermercado. Están por todas partes. Intento salir a la calle y ahí están, sentados frente al portal. Me preguntan: “Which is the way to the castle?”, que es su forma de preguntarme: “¿Por qué te resistes todavía?”

Les cierro la puerta en las narices y vuelvo a subir las escaleras. Me resigno a no salir de casa: puedo comprar comida y agua y gas y libros por internet o por teléfono. Desde mi ventana puedo espiar con unos prismáticos la evolución de la invasión en las calles. Calculo que podré aguantar así hasta noviembre, antes de volverme loco. Para entonces, todo habrá terminado, para bien o para mal.

No pueden conquistar Graça también; no, por dios, Graça no. Si conquistan Graça, todo está perdido. Si conquistan también Graça…

El diario del Resistente se interrumpe abruptamente aquí. Para quienes conocemos el desenlace de la invasión de Lisboa, los motivos son bastante evidentes…

Tenía una reunión con un catedrático de historia, para hablar de una posible colaboración en un proyecto. La verdad, estaba nervioso, porque era un catedrático a la antigua usanza: profesoral, mayestático, un poco autoritario incluso. No nos conocíamos, solo habíamos hablado antes por email para concertar la reunión. Además, ya llegaba atrasado por culpa de una huelga en el metro. Solo así se entiende que en el momento de entrar en su despacho y darnos la mano le saludase con un totalmente inapropiado “Hola, qué tal estás”.

Inmediatamente supe que había cometido un error gravísimo, según los estándares de corrección portugueses. Cuando nos sentamos en la mesa intenté arreglaro. “¿Cómo está usted?”, le pregunté. Pero claramente no era suficiente. Vi su cara oscurecerse de indignación, hinchársele las venas del cuello, marcársele las mandíbulas apretadas debajo de la piel.

-Espero que el profesor me perdone -insistí.

Pero tampoco era suficiente. Estaba claro que el enfado del catedrático iba en aumento. ¿Parecía más grande? Sí, definitivamente parecía más grande ahora que se había apoyado en la mesa con los dos codos y me miraba con unos ojos que detrás de las gafas parecían salirse de las órbitas.

-Señor profesor, he venido…

Creo que ya no me escuchaba. Se le iban agigantando los hombros, las espaldas, juraría que las manos se hacían más grandes y se llenaban de pelo.

-Excelentísimo profesor doctor…

Pero ya no había forma de parar el proceso. El cuerpo del catedrático seguía creciendo, adquiría proporciones sobrehumanas. Casi se podía oír el ruido de su piel al tensarse, como un globo que se hincha. La silla empezó a crujir debajo del peso; el catedrático se puso de pie, por miedo a caerse o porque sus piernas, anchas como barreños, no podían soportar estar dobladas por más tiempo. Su cuerpo era ya una masa de carne descomunal, que se extendía desde la mesa hasta la ventana.

-Excelentísimo señor profesor doctor, perdóneme…

Yo también me levanté de la silla y retrocedí. Uma mano (pesada como una pala de excavadora) golpeó la mesa haciéndola añicos. La cabeza del catedrático era ya del tamaño de un frigorífico grande, el pelo le colgaba a los costados como lianas, las cejas eran junglas tupidas, había pájaros anidando en ellas. Y seguía creciendo, creciendo, creciendo, parecía a punto de explotar pero nunca explotaba. Su tripa se extendía hacia delante, cortándome la retirada. Era la personificación de la ira. Sus dientes: de sus dientes no quiero, no puedo acordarme sin gritar.

-Ilustrísimo atque reverendísimo maestro -intenté, desesperado.

La furia del catedrático, en su materialidad expansiva, ocupaba ya toda la habitación. Yo me había visto reducido a un rincón, donde agachado intentaba alejarme (sin conseguirlo) de toda esa carne sudorosa y temblante. Tenía la cara del profesor a pocos centímetros de la mía. Entonces la acercó (o su cuello creció los pocos centrímetros que faltaban) y sentí cómo su mejilla se apoyaba contra mí, como una gelatina caliente, estrujándome.

-¿Qué puedo hacer para que me perdone? -pregunté. Pero ya no conseguí oír su respuesta, porque cuando el maestro abrió la boca para dármela caí dentro de ella, y desde entonces vivo en uno de sus empastes.

Era una noche de agosto, cálida y húmeda. Me acababa de despedir de los amigos y me disponía a volver a casa cruzando Alfama. En las cálidas y húmedas noches de agosto, Alfama se llena de turistas que vienen a oír fado, y de fadistas que se lo proporcionan, así que el barrio entero estaba lleno de acordes de guitarra y lamentos trágicos, en voces de hombre o de mujer.

Intentando esquivar a la muchedumbre, evité la rua dos Remedios y escogí callejuelas más estrechas, más inclinadas, más oscuras. Giré a la derecha, luego a la izquierda, subí un tramo de escaleras, bajé otro, giré dos o tres veces más y ya no me quedó más remedio que reconocerlo: me había perdido. De algún lugar me llegaban todavía los ecos de las músicas de los bares y restaurantes, pero multiplicados por el eco y deformados por la distancia.

Por un momento pensé: ¿y si nunca consigo salir de aquí? Pero me contesté casi inmediatamente, más calmado: cómo no vas a conseguir salir, solo tienes que seguir subiendo, subiendo, subiendo, como quien escapa de los círculos del infierno.

Y eso hice, o mejor, eso intenté hacer, porque cuando escogí una de las estrechas calles que trepaban ladera arriba, vi interrumpido mi camino por una oscura figura, tan oscura que casi se fundía con la propia oscuridad. Era una mujer, una anciana vestida completamente de negro, que apoyada con una mano en la pared me impedía el paso.

-Disculpe, señora -le dije educadamente-. ¿Me deja pasar?

Pero la señora no me contestó, en vez de eso, comenzó a cantar, con una voz rasgada, profunda, potente, que parecía imposible que saliera de un cuerpo tan pequeño.

O que ficou de ti foi só um resto
d’escombros diluídos nos meus dedos.
Nem sequer o assombro mais funesto.
Ficou na noite fria dos meus medos

Un escalofrío me recorrió la espalda al oír ese canto espantoso; un escalofrío como de muerte presentida. Mi instinto me dijo que era mejor no volver a interrumpirla; que las consecuencias podían ser terribles, irreparables. Esperé a que terminase de cantar, pero enlazaba un fado con otro, uno con otro, siempre mirando a la pared, pequeña, de negro, misteriosa, imponente. Miré hacia atrás y pensé en desandar el camino, pero a mi espalda las calles descendía y descendían y descendían sin fin. ¿De verdad había subido tanto? ¿Tanto tiempo llevaba dando andando?

Cuando la vieja por fin terminó de cantar, pareció caer sobre Alfama un manto de silencio impenetrable. ¿Dónde estaban ahora los turistas franceses, italianos, alemanes, ingleses, españoles? ¿Dónde estaba todo el mundo, menos yo y esta terrible fadista?

Entonces, la señora se giró hacia mí y percibí la verdadera dimensión del horror que me acechaba: ¡la mujer no tenía cara! (Es decir, quizás sí la tuviera, pero estaba oculta detrás de un velo negro e impenetrable que no me dejaba adivinar ninguno de sus rasgos, si es que los había). El sudor, que desde hacía rato empapaba mi espalda, se volvió frío de repente. Ahora sí, el terror se apoderó de mi conciencia. Me disculpé una vez más con aquella fadista diabólica y comencé a caminar calle abajo.

Solo entonces recordé que estaba perdido, y que el camino hacia mi casa era el que la mujer sin rostro me había taponado. Miré a los dos lados, y elegí el camino de la izquierda. (¡Ojalá no lo hubiera hecho!). Caminé hasta la siguiente esquina, giré a la izquierda, bajé unas escaleras, volví a subirlas, giré a la izquierda otra vez… Seguía perdido sin remedio.

Giré una nueva bocacalle a la derecha y vi, con horror, que la vieja fadista volvía a estar enfrente de mí. Y no solo eso: ¡caminaba hacia mí! ¡Se me estaba acercando! Volví a girarme, volví a descender calle abajo, giré dos, tres veces, retrocedí sobre mis pasos… Alfama parecía un cementerio, las casas brillaban blanquecinas bajo la luz de los faroles; hasta los gatos parecían escapar de mí. (¿O era de otra cosa?)

No sé cuánto tiempo seguí perdido en aquel laberinto, y cada cierto tiempo, cuando más alejado creía estar de mi punto de origen, ¡allí estaba la vieja, la señora de negro, la fadista maldita! ¿Qué quería de mí? ¿Qué quería de mí? ¿¿¿Qué quería de mí???

Por un momento pensé perder la razón. Hice esfuerzos denodados por controlarme y al no conseguirlo empecé a correr, ya sin preocuparme por la dirección; solo quería salir de allí, salir de aquel laberinto infernal a cualquier sitio donde hubiera coches, personas, luz, ruido. ¡Corría, corría, corría!

Hasta que de pronto, después de dos giros más a la derecha, ¡una pared! ¡Me había metido en un callejón sin salida! Y al girarme para volver a la última intersección, ¡allí estaba de nuevo la vieja fadista! Esta vez no tenía escapatoria. Un sentimiento de fatalidad y resignación se apoderó de mí. Tan seguro estaba de mi muerte que allí, en ese callejón oscuro en mitad de un barrio imposible recé las oraciones de mi infancia, las que me protegían contra los malos espíritus que habitan en la noche.

La mujer sin rostro se iba acercando a mí, como un bulto negro que se deslizaba, se diría que sin tocar el suelo con los pies. Me alejé de ella cuanto pude, hasta que sentí el contacto de mi espalda con la fría pared. Quise fundirme con ella, desaparecer. La fadista demoniaca estaba cada vez más cerca, cada vez más cerca…

Entonces, cuando la tenía ya tan cerca de mí que podía oler el olor a humedad de sus ropas; tan cerca que podría haberla tocado si me hubiera atrevido a alargar la mano o a dar un paso al frente; tan cerca que podía por fin distinguir, detrás del velo, una boca sin dientes que se abría y cerraba como la de un pez; entonces oí una voz cavernosa, como llegada de ultratumba, que me decía:

-¿El señor no querrá comprarme un CD de fados?

Cuando Julia y Julián se quedaron sin trabajo casi simultáneamente (a él no le renovaron el contrato; a ella se le acabó la beca), se lo tomaron como una prueba del destino, y decidieron, o mejor dicho, dieron por sentado que juntos lo superarían hasta que llegasen tiempos mejores. “Mientras estemos juntos, todo irá bien, porque nuestra amor es más fuerte que cualquier desgracia que nos pueda pasar”, pensaban, aunque no lo dijeran porque en la vida real nadie dice estas cosas.

Estaban así de seguros del poder de su amor porque pensaban en abstracto, y porque estaban imbuidos de la cultura romántica del cine, la literatura, la televisión. Casi se imaginaban a sí mismos como personajes de una película neorrealista en blanco y negro: abrazados, famélicos, vestidos de negro mirando al cielo. Pensando en abstracto, en efecto, el amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Pensando en concreto, en cambio, las cosas eran algo más complicadas.

Para empezar, Julia y Julián pasaban ahora casi todo el tiempo juntos. No es que se llevasen mal, al contrario, eran una pareja excepcionalmente bien avenida; pero no hay cosa que no irrite si se roza demasiadas veces. Además, la nueva situación laboral les limitaba también las opciones de ocio: había que ser moderados, dejar de ir al cine o al teatro, limitar las salidas de copas con los amigos, tener cuidado con los gastos extraordinarios. “Nadie sabe cuánto va a durar esto, tenemos que ser cuidadosos”, pensaban.

El tema del dinero era especialmente complicado. Julián tenía derecho a paro, Julia no; Julia tenía algunos ahorros guardados, Julián no. Intentaban no hablar de ello para no herirse, pero en el fondo los dos sentían que estaban manteniendo al otro, y que el otro gastaba demasiado. Y los dos sentían que merecían más, y que el mundo era injusto con ellos. “Nos acostumbraremos a vivir con menos”, decía Julián. “Uno de los dos conseguirá un trabajo un día de estos, ya verás”, decía Julia, sin darse cuenta de que apuntaban a esperanzas distintas, casi opuestas.

Y la incertidumbre, el miedo; los ahorros que se van gastando; la posibilidad de tener que cambiar a otra casa más barata, más pequeña, más alejada del centro, de no poder pagarse una casa decente; la sensación de aislamiento de la pareja respecto al resto del mundo, y dentro de la pareja, el uno respecto al otro. (Se rompían platos y vasos con más frecuencia de la habitual, por algún motivo). Los dos se buscaban mutuamente para apoyarse y seguir andando, y los dos sentían que tenían derecho a ser apoyados, pero no tanto el deber de apoyar. “Bastante tengo con lo mío”, pensaban, o no se atrevían a pensar.

Por eso cuando Julia por fin consiguió efectivamente un trabajo, la alegría fue menor de lo que podría esperarse, porque en el fondo los dos estaban dudando de si no llegaría demasiado tarde; si no habrían sobrepasado ya la barrera de lo irreparable. Habían acumulado mucho resentimiento, iba a costarles un buen tiempo limpiarlo, limpiarse, reencontrarse. En cualquier caso fingieron estar exultantes, salieron a celebrarlo con una cena que no podían permitirse. Cuando volvieron a casa se fueron a la cama directamente, pero no a dormir.

Cuando Julia salió de casa para su primer día de trabajo, Julián le dio un beso de despedida y le dijo: “Mientras estemos juntos, todo irá bien”, porque hay momentos en que sí se dicen estas cosas en la vida real. Luego Julia se fue, trajeada y nerviosa, y Julián se quedó en el sofá del salón viendo dibujos animados.

Gloria al líder

“Cuando se muera el Presidente, eso sí que va a ser una fiesta”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. (Le seguíamos llamando “el Presidente”, por cierto, aunque ya hacía casi veinte años que no presidía nada). Realmente, estaba ya todo preparado: los periódicos tenían listos sus números especiales, los políticos tenían listos sus discursos, el ejército tenía listo su desfile fúnebre en honor al Presidente, con cabra y todo. Se iban a nombrar calles, avenidas, estadios, aeropuertos en su honor: ya se habían fundido las placas y se habían encargado las letras de neón. Los ayuntamientos iban a pelear unos con otros por ser los primeros en nombrarlo hijo adoptivo, alcalde honorífico o santo patrón.

Lo que pasa es que el Presidente no se terminaba de morir. “Cuándo se morirá este hombre”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. ¡Noventa y un años tenía ya! ¿Hasta cuándo pensaba vivir? Y lo peor es que, viejo, debilitado y gagá como estaba, no paraba de hablar, hacer, aparecer. Cada dos por tres estaba en los periódicos, en las televisiones y en los actos públicos haciendo declaraciones cada vez más absurdas, cada vez más anticuadas. A la gente le empezaba a parecer un personaje ridículo y odioso (aunque nadie se atreviese a decirlo).

Además, también su sistema, su mundo, la maquinaria política, social y mediática que había construido durante su mandato empezaba a desmoronarse. A varios de sus colaboradores más próximos los cogieron metidos en casos feos de corrupción. (A él nunca le encontraron nada sucio, quizás porque nadie se atrevió a mirar lo bastante de cerca). Las instituciones que había creado con tanto empeño personal, daban muestras de agotamiento, insuficiencia o inutilidad. “Las cosas podían haberse hecho de otra forma”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. (Entonces todavía no nos atrevíamos a pensar que las cosas podían haberse hecho mejor).

“¿Por qué no le hacemos un homenaje en vida y acabamos con esto?”, debieron de pensar en algún momento sus sucesores. “No podemos”, debieron contestarse a sí mismos, “imagínate que sale luego con uno de sus discursos esquizofrénicos y nos hunde. No, tenemos que esperar a que se muera para que sea inofensivo”.

Pero no se moría, y su figura y su memoria empezaban a achicarse con el tiempo. Los periódicos recortaban páginas a sus números especiales, los políticos reescribían sus discursos o los tiraban arrugados a la papelera, al ejército se le murió la cabra y le hicieron a ella el desfile que habían preparado para el Presidente. Las calles, avenidas, estadios, aeropuertos tuvieron otros nombres: las placas y letras se reutilizaron. Los partidos herederos de las ideas y las obras del Presidente se dividieron y se enfrentaron en luchas internas: “Nosotros somos los auténticos continuadores de su legado”, decían unos; “No, somos nosotros”, decían desde el otro lado. Cada vez que el presidente intentaba terciar en estas disputas lo estropeaba todavía más.

“No ha sabido morirse a tiempo”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. “Pudo tener estatuas, cuadros, poemas épicos dedicados a su nombre; su imagen pudo coronar nuestra capital como las de Evita, el Ché, Mao o Kim Jong-il. En vez de eso se ha convertido en un ser borroso y vergonzante que solo queremos que desaparezca para seguir con nuestras cosas”.

El día que por fin murió el Presidente había un partido de fútbol importante y las televisiones decidieron no interrumpir sus emisones. Al día siguiente empezó la titánica labor de reescribir todos los libros de historia nacional.

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