Dos recuerdos playeros

No me gusta la playa: no me gusta la sensación de pérdida de tiempo, la incomodidad de la arena que se mete por todas partes y se pega y araña; la aglomeración de gente que te invade el espacio; el sol demasiado caliente y el agua demasiado fría. Y sin embargo hay por lo menos dos recuerdos a los que tengo especial cariño, y que ocurrieron en la playa, o cerca de la playa.

 

Recuerdo 1

El verano después de terminar primero o segundo de carrera, no recuerdo bien, cinco amigos de clase (Txiki entre ellos) nos fuimos una semana de vacaciones a Sant Antoni de Calonge, en Girona, a una casa de la familia de Jordi que estaba aproximadamente a medio minuto de la playa. Casi nos entraba el mar por la ventana. Fueron días de compañerismo y buen rollo. Escuchábamos a Police, los Rolling Stones y Tequila a tiempo completo. Cocinábamos pasta, arroz, ensalada, sandwiches, comida de estudiantes perezosos. Hablábamos de todo, mucho: arreglábamos el mundo, como se suele decir. Hacíamos confidencias y confesiones que entonces parecían fundamentales. De vez en cuando, cómo no, íbamos a la playa, tomábamos el sol, nos bañábamos en el mar (a veces, con ropa).

Aquellos días nos unieron mucho, a todos nosotros, pero especialmente (así lo veo yo, por lo menos) a Txiki y a mí. No sé decir si nuestra amistad se fraguó entonces o ya venía de antes, pero sí que cuando volvimos a Bilbao, ya era irreversible y vitalicia.

Un día cogimos una barca (no recuerdo si la alquilamos, si era de Jordi o si la tomamos prestada) y nos fuimos a una cala cercana y escondida para pasar el día con unos bocadillos y unas cervezas. Pero salvo Jordi, ninguno teníamos mucha experiencia remando, así que no avanzábamos, o avanzábamos a trompicones, o dábamos vueltas sobre nosotros mismos. Entonces Txiki, que no sabía nadar, se puso de pie encima de la barca, y gritó en un catalán deliberadamente macarrónico: “En circunferenci no, ¿eh? ¡Que si no, no avanzat! ¡Que no avanzat!” Y se reía tan fuerte que parecía que la barca iba a volcar, se reía con la boca abierta y su risa resonaba y todos nos reíamos con él.

Muchos años más tarde nos solíamos acordar de esta historia. “No avanzat, ¿eh? ¡Que no avanzat!”,  decíamos aunque no viniera a cuento, y nos echábamos a reír, como tontos. Aunque también con un punto melancólico.

 

Recuerdo 2:

Era una de las últimas noches que yo iba a estar en St. Andrews. Sería junio seguramente. Casi todo el mundo de nuestro grupo de amigos se había vuelto ya a España, prácticamente solo quedábamos Olga y yo. Olga se había mudado “ilegalmente” a la habitación de Olivier (que también se había vuelto a Francia), para pasar unos pocos días, hasta la fecha en la que también ella se volviera a casa.

Esa noche, como despedida del año, Olga y yo compramos una botella de vino, seguramente chileno o australiano o sudafricano o algo así, y nos fuimos a East Sands a ver amanecer. Pasamos la noche bebiéndonos tranquilamente el vino y hablando del año que se terminaba y de lo que se nos venía encima a partir de entonces. Cuando empezó a amanecer, saqué la cámara e hice varias fotos; por pura casualidad, por un error mío, el carrete que había en la cámara era mejor de lo normal; será por eso o por el propio paisaje, pero las fotos quedaron preciosas, de las mejores que he hecho en mi vida, con toda la gama de tonos naranjas, rojizos, rosas y violetas que uno podría esperar de un amanecer en una playa escocesa en verano. Una de esas fotos se la envié a Nerea con algún mensaje romanticón escrito por detrás (ahora me avergonzaría releerla, seguro).

Luego nos fuimos a casa. Esa mañana, temprano, venía alguien de Accomodation Services a revisar el inventario de la casa, para comprobar que no me había llevado el frigorífico o la cama. Olga, para fingir que no estaba de okupa en casa, se echó a dormir en el sofá. Yo me esforcé por mantenerme despierto, viendo un partido de fútbol del Mundial de Corea y Japón (creo que jugaba Camerún). Cuando llegó el encargado de revisar la casa, casi todo lo que podía salir mal, salió mal: descubrió la quemadura que había en una de las butacas y los trozos de papel arrancados de la pared por pegar globos durante una fiesta; Nube (la gata a la que había medio-adoptado) entró corriendo en casa como una histérica y se escondió en el hueco del contador de la luz, y encima nos pasamos diez minutos buscando el sacacorchos, hasta que nos acordamos de que claro, estaba en la mochila de Olga. Todo muy ridículo. El señor nos miraba con gesto de desaprobación. Se quedaron con todo el dinero del depósito.

Olga se fue ese mismo día a España. Nos despedimos con un abrazo en la estación de autobuses.

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2 pensamientos en “Dos recuerdos playeros

  1. Totalmente de acuerdo, una vez más, con el rollo que es ir a la playa (¿pero cómo la gente no nota lo incómodo que es allí todo? ¡Con lo bien que se está en el campo!).
    Todavía me estoy riendo con vuestro regreso en barca… jajaja… lo contagias, Santi, y ya me aprendo el “que si no, no avanzat” en catalán macarrónico… jajajaja. Y despiertas en mí la nostalgia de recordar dónde se cuajan esas amistades verdaderas de los tiempos de universidad… Ya, me quedaré pensando en aquellos tiempos el resto de la tarde… Gracias.

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