El día que murió Tabucchi

Esta tarde, cuando me he enterado de la muerte de Tabucchi, lo primero que he hecho ha sido llamar a Lukasz para comentarlo con él, porque precisamente hace una semana que estuvimos hablando de Sostiene Pereira, que a los dos nos encanta.

Me ha cogido el móvil, y por su voz he notado que estaba afectadísimo.

“¡Aupa, Lukasz!”, le digo, “¡Pues sí que te has tomado a pecho lo de Tabucchi!” Y él: “¿Tabucchi? ¿Qué pasa con Tabucchi? ¿De qué hablas?”

Y luego me ha contado. Que no era eso: que le habían llamado de Polonia. Que se ha muerto uno de sus mejores amigos de la Facultad, un escritor y crítico joven y prometedor llamado Tomasz Winawer. “Sí, descendiente del ajedrecista”, ha añadido, como si yo tuviera que saber que hubo alguna vez un ajedrecista polaco llamado Winawer.

Esta misma tarde había conseguido hablar con la madre. Ella le había contado los detalles. Parece ser que Tomasz ha salido de su casa con su novia (“está destrozada, la chica, me ha dicho la madre de Tomasz; han tenido que sedarla y todo”). Se han despedido en la esquina porque ella iba a coger el autobús para ir a casa de sus padres, y él se ha preparado para cruzar la calle. Ella se ha girado para hacerle un último gesto cariñoso y entonces ha visto algo que le ha parecido inexplicable: Tomasz esperaba para cruzar la calle, esperaba, esperaba, y no pasaban coches, y Tomasz seguía esperando.

Y luego, precisamente cuando una furgoneta se acercaba a toda velocidad, Tomasz ha dado dos pasos decididos, rápidos, seguros, y se ha puesto en medio. Con toda tranquilidad, como si no pasase nada, como si eso fuera lo más normal del mundo. Como si se hubiera producido un cortocircuito en su cerebro: como si la relación “coches=no pasar; no coches=pasar” se hubiera invertido por algún motivo y él no se hubiera dado cuenta.

La furgoneta se lo ha llevado por delante; su cuerpo ha salido volando como un muñeco y ha ido a dar contra un árbol. Por lo menos la muerte ha debido de ser instantánea. Eso me contaba Lukasz que le había contado la madre de Tomasz que le había contado la novia de Tomasz.

“No ha dejado ninguna nota, no habló con nadie, no puso en orden sus asuntos, no parecía deprimido… Había empezado hacía poco una novela nueva, me había mandado los primeros capítulos y tenía muy buena pinta. Una especie de Manhattan Transfer posmoderno y polaco”.

Luego me ha contado que había estado recordando su última conversación con Tomasz. Hablaron de literatura y de novelas. Habían terminado en el Quijote, que Lukasz, como buen hispanista, y sobre todo si es extranjero, considera como la cumbre de la civilización occidental, pero que a Tomasz, en una lectura marxista bastante trasnochada pero precisamente por eso provocadora, le parecía repugnante, porque proponía la naturalización de la alienación del pueblo por las superestructuras mediante la añagaza de la fusión en un mismo plano de realidad y fantasía.

Lukasz le había recetado una dosis doble de Bakhtin, y se habían despedido entre risas.

“Esto no tiene nada que ver con su muerte, claro, pero ya sabes cómo es: cuando una persona desaparece así de repente, las últimas veces de todo parece que se llenan de significado”.

Le he preguntado si iba a ir a Polonia para el funeral. No, me ha dicho, ya había hablado con la madre, que era la que importaba ahora, y además, le iba a salir una fortuna comprar un vuelo con tan poco tiempo…

Entonces ha habido uno de esos silencios largos en los que queda bien decir algo profundo. Pero a mí lo único que se me ha ocurrido ha sido: “Ya ves tú: y en el mismo día que Tabucchi”. “Pues sí, en el mismo día que Tabucchi”, ha repetido Lukasz, como si efectivamente se tratase de una frase profunda. Y luego, probablemente olvidándose del motivo por el que yo le había llamado originalmente: “Gracias por preocuparte, Santi. Eres un amigo”.

“De nada”, le he dicho, “y si necesitas algo…”

Nos hemos despedido con un abrazo telefónico, y he ido a la estantería a buscar mi ejemplar de Sostiene Pereira. Como homenaje a Tabucchi. Y a Tomasz.

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