De narices

Las narices están tan infravaloradas como sobrevaloradas están las orejas (pero ya volveremos a eso otro día): una buena nariz puede salvar una cara vulgar, una nariz desafortunada hunde la armonía de un rostro por lo demás perfecto.

Cuando era más joven pasé una temporada apasionado por una nariz: la primera vez que la vi, esa nariz pertenecía a la secretaria de una academia de idiomas en la que yo estudiaba inglés (y luego, por seguir viendo esa nariz, también francés, alemán, italiano y chino). Era una mujer de treinta y tal, a lo mejor cuarenta, de ojos tristes, hombros cargados y piel grisácea; ¡pero su nariz, esa nariz! Era recta, estilizada pero carnosa, y al final se abría en forma de flecha como un bulbo cartilaginoso y delicado, casi esponjoso. Daba ganas de morderla, aquella nariz.

Tiempo después volví a ver aquella nariz (no la misma, claro; ni siquiera idéntica: no hay dos narices idénticas) en la cara de una actriz francesa famosísima (Trabajaba en aquella película con ese otro actor francés que luego se fue a Hollywood pero no le fue bien). Me sentí como los fans de un cantante desconocido que de repente alcanza el éxito de masas: yo descubrí esa nariz antes, cuando no era famosa, cuando pertenecía a una secretaria anónima y feúcha; tenía más derecho a esa nariz (si eso significa algo) que todos los hipócritas que la adoraban solo por estar unida a una cara y un cuerpo y una cartera llena de billetes.

Mi primera mujer, en cambio, tenía una nariz ganchuda, casi como el pico de un pájaro escuálido; lo curioso es que esa nariz encajaba bien con el resto de su cara, lo que probablemente no dice nada bueno sobre el resto de su cara. En conjunto, tenía un aspecto aerodinámico. No quiero ser cruel, solo describo. Cuando las cosas terminaron como terminaron, en el reparto de insultos y vajillas, le grité: “¡Tienes una nariz de buitre, so buitre!”. Su nuevo novio, que estaba en la casa ayudándole a organizar sus cosas, me arreó un puñetazo y me rompió, con una absurda justicia poética, la nariz.

Desde entonces no he vuelto a ser el mismo.

Un pensamiento en “De narices

  1. Me has traído a la memoria un libro, ‘El rey de Katoren’, de Jan Terlouw, y la ciudad de Pituita… que en realidad no tiene ningún parecido con lo que tú cuentas de ser el primero que descubre algo que después será importante o famoso, pero da igual, hablan de narices en ese libro. (Por cierto, pese a ser un libro juvenil, ocurre como con ‘La historia interminable’ o ‘El principito’, todos podemos sacarle mucho a cada capítulo).

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s