Accidente

Todo el mundo se cae del tren. Todo el mundo… No es que se tiren, ni que los tiren. No… Se caen del tren. La cosa solo puede calificarse de desgraciado accidente. Eso dirán mañana los periódicos (si es que mañana todavía hay periódicos, si la gente no está también cayéndose por las ventanas de los edificios, por los puentes, por las tapas de las alcantarillas de las calles de la ciudad).

“Desgraciado accidente: todo el mundo se cae del tren”. Misterio, lo llamarán. Desde dentro no es un misterio, como no son un misterio los sueños. Pasa porque… bueno.

Tampoco es que se dejen caer: no se acercan paso a paso a la ventana, se asoman como dudando, miran atrás, sonríen a sus seres queridos, dejan que la gravedad haga el resto. No hay voluntad, no hay conciencia. Su mirada no dice… No hay despedida de nada ni de nadie en sus ojos. Se caen.

Se caen: hay algo aleatorio pero también inevitable en la forma en que caen. Nadie tropieza por casualidad y… ¿dónde están? Antes estaban en el tren, ahora ya no están. Se han caído… Los que seguimos en el tren nos miramos unos a otros, pero nadie dice nada. Y no hay ninguna señal que indique que el tren vaya a disminuir la marcha ni a parar para averiguar lo que ha pasado o para recoger los…

Tampoco nadie tira del freno de emergencia. Seguimos adelante.

Es el final de la tarde (¿siempre es el final de la tarde?), y el vagón se despuebla poco a poco. Una señora que estaba a mi lado se ha levantado para ir al baño, y ya todos sabíamos, ella también… Nos ha mirado uno a uno, sabiendo, y sabiendo que nosotros sabíamos. Una chica joven se ha quitado los auriculares como si fuera a decir algo, incluso ha abierto la boca pero lo que ha salido de ella ha sido un sollozo agudo, y se ha echado a llorar como una cría de algún animal con mucho pelo.

Así que hemos visto a la señora avanzar, agarrándose a cada banco con sus dedos agarrotados, abrir la puerta corredera del vagón, pasar a la plataforma… empezar a tambalearse… a ladearse… caer hacia un lado (hemos oído el ruido de la puerta, que debía estar mal cerrada, pero qué más da, aunque hubiera estado perfectamente cerrada y sellada la mujer habría caído igual; no importan las leyes físicas ni lógicas: todo el mundo se cae del tren antes o después).

Si yo también tengo que caer, me gustaría que fuera antes que la chica de los auriculares. Es joven… Si alguien tiene que tener esperanzas… No es que sea fea; no es espectacularmente bonita; pero es un símbolo. Los símbolos a veces merecen preservarse más que…

Y yo ya he hecho lo que tenía que tenía que hacer, contando esto.

Cuando sienta que llega mi turno (¿cómo debe ser? A lo mejor un desequilibrio interior inexplicable, o la sensación de que ya te has caído del tren, de que tu cuerpo ya no es tuyo, de que estás ya al otro lado de lo que sea, a lo mejor…) me gustaría pasar al lado de la chica joven y darle la mano.

O acariciarle el pelo, no sé.

Me gustaría llevarme ese contacto en la piel cuando caiga, cuando mi cuerpo golpee las piedras, cuando mi cuerpo golpee los raíles, cuando mi cuerpo golpee la tierra seca y dura y ruede y yo me hunda en el río de la nada y el tren siga avanzando, sin mí, hacia el final de la tarde.

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