Imposibles impensables redux (8): Walodja, capital de Walodja

Al Presidente Walod de Walodja no le gusta que le llamen dictador, sátrapa o megalómano: él es solo una persona humilde y sencilla como cualquier otra, que un día decidió que quería que su efigie fuera representada en el plano de la ciudad, como otros la estampan en las monedas. ¿Quién no ha querido alguna vez que su cara sea visible desde el espacio? Para llevar a cabo sus deseos hubo que podar la ciudad, destruir barrios que le exageraban la papada o le abultaban la frente, crear grandes avenidas para representar el cuelo y plazas gigantescas para los ojos. Al norte de la ciudad se construyeron fábricas que con su humo creaban el cabello grisáceo del dictador, o sea, del magnánimo gobernante, y todo el mundo sabe que los magnánimos gobernantes son eternos. Para la boca se usaron los canales de la ciudad, que además, gracias a modernos sistemas de esclusas podían modificarse de acuerdo con el humor de cada día. Cuando llovía y los canales se desbordaban, la boca parecía abrirse en un grito terrible, o como si quisiera tragarse a los walodjanos como un Gargantúa. Menos mal que los walodjanos no podían ver nada de esto desde el cielo, porque si no habría tenido que preguntarse, si Walodja es la boca por la que se entra, cómo será el culo por el que se sale.

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