El edificio (40)

En el edificio hay una única biblioteca, que ocupa verticalmente los dos anillos más interiores de los pisos 157 a 193. Los diferentes pisos de la biblioteca están conectados por dos ascensores exclusivos, uno para personas y otro para libros. Cuando se construyó y se inauguró el edificio, la biblioteca contenía o pretendía contener todo el saber del mundo, como la Biblioteca de Alejandría o la de Babel. Con el tiempo el edificio comenzó a producir sus propios libros, y muchos de los más antiguos tuvieron que ser descartados (por el primitivo método de tirarlos por el hueco del atrio del edificio) o archivados en cajas que después se comieron unos animales parecidos a las polillas pero más viscosos. En la actualidad, la biblioteca del edificio se divide en dos grandes secciones: edificiología y ficción.

El huésped (23)

En qué momento empezó a tener esa sensación de irrealidad:

-El día que le dijeron que tenía un ovario

-El día que empezó a dolerle el costado izquierdo del abdomen

-El día que conoció a la chica que le gusta en la oficina

-El día que comprendió que Fluzo no era un gato normal

-El día que su madre le dijo por primera vez que su padre quería cambiar de coche (como si el coche de siempre, la realidad de siempre, ya no sirviera)

-El día que adoptó a Fluzo, pensando que era un gato normal

-El día que empezó a trabajar en la oficina, aunque todavía no se hubiese fijado en la chica que luego vendría a gustarle

-El día que nació Fluzo, aunque entonces no se llamase Fluzo ni fuese su gato

-El día que su comprendió que su madre no era una madre normal (era domingo, estaban comiendo los tres juntos sus padres y él, cuando terminaron de comer su madre trajo el postre, había hecho galletas, galletas, galletas, ocho bandejas de galletas, todas quemadas como carbones, su madre se echó a llorar)

-El día que comprendió que su padre no era un padre normal (no se acuerda qué día de la semana era, pero sí que era por la tarde, su padre estaba conduciendo, pasaron enfrente de su escuela, su padre paró el coche, le dijo, aquí te quedas, hoy duermes en la escuela, él le miró y se rió, pensando que estaba bromeando, pero su padre no bromeaba, vamos, sal del coche, él ya no se reía pero sonreía, pensando no me vas a pillar, es una broma, su padre seguía serio, serio, luego cogió el volante, arrancó el coche, volvieron a casa)

-El día que él nació, con el germen del ovario en el costado izquierdo del abdomen (o con el ovario mismo, es difícil saberlo)

-El día que sus padres se conocieron, y se reconocieron.

Conclusión: siempre se puede ir más atrás; por mucho que intentemos perseguir a la realidad, acorralarla, fijarla, la realidad siempre es más rápida y se escapa.

El edificio (39)

En las escuelas del edificio, en particular en sus pisos más altos, los profesores se enfrentan con un dilema: ¿deben hablar a sus alumnos de la vida fuera del edificio? ¿Deben hablarles del Polo Sur y de la Revolución Francesa y del hipopótamo? Si lo hacen, corren el riesgo de que los alumnos piensen que la jirafa es un animal tan ficticio como el unicornio, o tan antiguo como el diplodocus, y eso sería confundirlos; si no lo hacen, corren el riesgo de que los alumnos piensen que fuera del edificio no hay nada; que el edificio es el universo, que solo el edificio es real, y eso sería confundirlos. Entre las dos confusiones, los maestros escogen la menor, pero con el tiempo ellos mismos van dejando de saber cuál de las dos confusiones es más grande, y cuál es menos confusa que la otra.

El edificio (38)

El edificio se me aparece en sueños. Pero es un edificio diferente: está en Bilbao, está en las afueras de Bilbao, desde él se ve Bilbao entero, a pesar de que el edificio también forma parte de Bilbao. Yo me alojo en un cuarto de un hotel que está en uno de los pisos más altos; en el hotel hay habitaciones para dos y tres personas. Yo comparto habitación con un hombre de negocios. Por la mañana, bajamos en los ascensores del edificio, nos tomamos un pincho de tortilla en una cafetería del hall del edificio y luego cogemos el tren que para en la estación de trenes del edificio. Por un momento, el hombre de negocios y yo nos cogemos de la mano, pero luego nos damos cuenta de lo que estamos haciendo y nos separamos, entre risas. Cada uno se va por su lado. Cuando me monto en el tren, el sueño termina: fuera del edificio no hay nada, como en el edificio. Sé que este edificio con el que sueño no es el edificio; solo el edificio es el edificio de verdad.

El huésped (22)

Con la regularidad del reloj.
Con la regularidad del metrónomo.
Con la regularidad del calendario le vuelve el dolor en el abdomen.
Una vez cada treinta días aproximadamente.
Una vez cada treinta días, durante tres o cuatro días.
No necesita pensar mucho para saber lo que es.
No necesita buscarle explicaciones extraordinarias.
No necesita ir al médico.
Sabe lo que es.
Sabe cómo se llama.
No quiere decir cómo se llama.
Le duele cada mes, cada mes le duele.
Le duele el abdomen, pero no sangra.
Le duele el abdomen pero no hay sangre por ningún lado.
No sabe si eso es bueno o malo.
No hay sangre porque no tiene útero.
Tiene un ovario, pero no tiene útero.
No sabe si eso es bueno o malo.
Cada vez admira más a su madre.
Y a la chica que le gusta del trabajo que no se acuerda cómo se llama.
Cada vez las admira más.
Sobre todo, durante esos tres o cuatro días por mes.

El edificio (37)

Por los huecos de los ascensores del edificio suben y bajan los monos. Para ellos no hay barreras, no hay divisiones en el edificio: el edificio entero es su territorio. Allí donde un albino de los círculos intermedios se detiene, porque hay demasiada luz, un mono corre feliz, porque hay luz; allá donde un hombre de los pisos superiores se detiene, porque el olor a cuero y a sudor y a cable quemado se le hace insoportable, los monos llegan sin problema, porque se reconocen en ese olor a cuero, a sudor y a cable quemado. Algunos mueren atropellados por los ascensores, pero siempre hay otros monos para sustituirlos, y a veces los monos son tantos que detienen los ascensores con sus patas. Fallo técnico, dicen, vienen los encargados con sus herramientas y con unas cosas que si no supiéramos mejor pensaríamos que son escopetas. En realidad, los monos son quienes mejor se adaptan al edificio; casi se podría decir que el edificio ha sido construido a la medida de los monos; los seres humanos, entonces, solo serían un parásito indeseable.

El edificio (36)

En un piso no de los más altos (pero tampoco de los más bajos) del edificio nace un niño; los padres lo acunan, lo abrazan, están felices, es un niño rosado, peludito, llora abriendo mucho la boca. Llegan unos hombres bien vestidos; les dicen: este es el edificitario un millón, o diez millones, o cien mil millones (no importa el número que digan, es mentira, o mejor dicho, es tan mentira como verdad: es incierto). Los padres de la criatura sonríen, les hacen fotos, les preguntan, ¿ya han pensado en un nombre? Samuel, se llamará Samuel. Los hombres se ríen. ¡No se llamará Samuel, qué tontería! Se hacen fotos todos juntos, les regalan ropitas y zapatitos y un carro demasiado grande para los pasillos del edificio. Confetti. A última hora de la noche, cuando las luces de los grandes atrios ya se han apagado, los hombres de traje se despiden y desaparecen en los ascensores, que van hacia arriba, siempre hacia arriba. Entonces los padres de Samuel se dan cuenta de que ya no tienen a Samuel (que efectivamente nunca sabrá que se llama Samuel, así que no se llama Samuel). Nunca vuelven a verlo, pero la madre pronto volverá a quedarse embarazada y esta vez el edificio no manda ningún emisario.