Imposibles impensables (5): La pecera universitaria

La primera pecera universitaria se inauguró en 2117 en Bolonia, solo quince años después del cierre de la última universidad activa, la de Hong-Kong. Actualmente existen más de treinta peceras universitarias repartidas por todo el mundo. Su objetivo es mostrar a las generaciones futuras cómo era la vida universitaria durante el siglo XX y la primera mitad del siglo XXI, antes de que las universidades se convirtiesen en Departamentos de Innovción Empresarial. Así, en una pecera empresarial el visitante puede observar cómo era un laboratorio de ciencia básica, una clase presencial, un congreso o una defensa de tesis. La pecera universitaria está separada del mundo por un cristal traslúcido. Se ruega a los visitantes que no intenten comunicarse con la comunidad universitaria, ya que sus componentes no saben que lo que están haciendo es un teatrillo, y se siguen sintiendo útiles, válidos e importantes.

Imposibles impensables (4): Granjas de ordenadores

Hay un motivo particular para que Silicon Valley se haya convertido en la meca de la informática, y que muy poca gente comenta: es que su tierra es muy fértil para el cultivo de ordenadores. Una vez plantados los chips y regados con muy poca agua (porque el agua les sienta a los chips casi tan mal como a los guanardos), se espera a que crezcan las primeras crías de ordenador. Luego se les lleva a una granja-escuela para que se formen, o mejor, se formateen. Mientras son niños, los ordenadores solo son capaces de jugar al tetris y de efectuar operaciones aritméticas sencillas. (Eso es en realidad lo mismo que pueden hacer los ordenadores adultos, solo que estos disimulan poniendo cara seria, hablando de política y viendo vídes porno). Una gran duda entre los cultivadores de ordenadores es en qué momento se debe permitir que se conecten solos a internet. Cuando el ordenador alcanza la edad adulta, se decide su destino: algunos tienen síndrome de Peter Pan y se transforman en consolas; los más serios y aburridos se convierten en cajeros automáticos. La mayoría, la clase media de los ordenadores de granja, terminará siendo usado como ordenador personal por cualquiera de nosotros. Algo que muy poca gente sabe es que cuando tecleamos, les hacemos cosquillas a los ordenadores, pero no pueden reírse porque ya casi ninguno tiene disquetera, que es donde estaba la boca.

Imposibles impensables (3): Los guanardos

Los guanardos son unas criaturas adorables y chillonas de ojos grandes, orejas caídas, patas cortas, vivíparos, de hábitos fundamentalmente nocturnos. Habituados a vivir en ambientes desérticos en las que las precipitaciones son escasas y concentradas, pueden sentir la lluvia varias antes horas de que caiga, y corren a esconderse en sus madrigueras subterráneas. Porque si se mojan, los guanardos se disuelven como si estuvieran hechos de azúcar o de arena. Para compensar esta fragilidad, la evolución los ha dotado de una especie de paraguas natural: una membrana que pueden extender sobre sus cabezas hasta cubrirlos casi completamente. (En los machos esta membrana puede adquirir unas tonalidades coloridas muy vibrantes, para atraer a las hembras y a los fotógrafos). El problema es que esta membrana está hecha del mismo material que el resto del cuerpo del guanardo, así que cuando llueve se disuelve como si estuviera hecha de azúcar o de arena. A veces la evolución tiene estas cosas.

(En algunos lugares poco civilizados de este mundo nuestro, la sopa de guanardo se considera una delicatessen).

Imposibles impensales (2): La ciudad plegable

Hay una ciudad que siempre viene a caer en el pliegue de todos los mapas, allí donde se dobla la página y el papel acaba rajándose y partiéndose con el uso. Es, en sí misma, una ciudad plegable. En ella las esquinas no se doblan, se desdoblan. Vista de lejos no parece gran cosa: cuatro casas, una iglesia, un bar, un estadio de fútbol. Pero si el viajero entra en ella confiado, gira una esquina, y aparece una alameda; vuelve a girar, y aparece un conjunto arquitectónico medieval deslumbrante; intenta volver sobre sus pasos, y se encuentra con barrios residenciales que antes no estaban ahí. A cada paso la ciudad se despliega y se multiplica, como esos libros que al abrirlos contienen una granja, un mercado, una escuela, un taller metalúrgico. La única forma de moverse correctamente por esta ciudad es no moverse: si el viajero se queda quieto, y sobre todo si se sienta en la acera a llorar desesperado, la ciudad se pliega a sus deseos. Pero para eso hay que tener muy claro a dónde se quiere ir, porque si no se puede terminar en cualquier otra parte, o incluso caerse por la raja del pliegue del mapa y acabar en el otro lado de la cosa.

Imposibles impensables (1): La casa de la araña

En la casa de la araña hay techos pero no hay suelos. Los muebles cuelgan hacia abajo desde las paredes, y las lámparas, que no son de araña, se balancean de un lado a otro movidas por un viento que nadie más nota. Las personas no son bienvenidas en la casa de la araña. Si intentan entrar y pisan el techo (que confunden con un suelo, aunque no lo es) se hunde bajo su peso como si fuera una cama elástica. En el peor de los casos, meten los pies en medio de la tela, la rasgan, la rompen, todo se cae al suelo, pero como no hay suelo todo sigue cayendo hasta el techo siguiente, también lo atraviesa, es un despedazarse de cosas que ha llevado mucho tiempo construir. En esos casos la araña, que es más pacífica de lo que su fama dice, lo mira todo con su ojo de muchos ojos, desaprobando al invasor. (Dicen que la culpa provocada por los mil ojos de una araña enfadada puede provocar la muerte de un hombre adulto, pero probablemente no es verdad).

Anagnórisis

…Y entonces me tocó como solo una vez antes en la vida me habían tocado. Era un toque inconfundible que, a través del tiempo y el espacio venía a abrir las puertas de la memoria. Le miré. No podía ser; y sin embargo… Le miré más atentamente, pero no conseguía verle. Solo cuando cerré los ojos fue como si su barba se deshiciera, sus arrugas se alisasen, las canas recuperasen el color original y su cuerpo el vigor de los veinte años, cuando por primera vez sentí aquel toque.

-¿Eres…?

-Sí.

-¡No!

-Sí.

Era.

El hombre menguante que oye, increíble no diré que sea pero curioso sí que es, ¿no?, que un hombre mengüe, digo

Un buen día un hombre que no se llamaba Gregorio empezó a hacerse más pequeno (no se sabe la causa, pero la culpa probablemente sea de los videojuegos violentos o de Marilyn Manson). Lo notó por pequeñas cosas, no pun intended, como que no llegaba a alcanzar la última balda del armario en la que guardaba las revistas porno, o que en la mesa el plato le quedaba demasiado alto y se golpeaba con la cuchara en la nariz al intentar comer. Además de menguante era un poco torpe, y de eso no tienen la culpa ni los videojuegos violentos ni Marilyn Manson.

El hombre menguante, antes de empezar a menguar, era lo que se suele llamar un buen mozo, de espaldas anchas, columna recta y culo duro. Cuando empezó a menguar estaba en la cumbre de toda su buena fortuna; era un hombre blanco occidental de clase media, salario fijo con bonificaciones y proyecto de formar una familia de bien, liberal en lo económico, conservador en lo moral, un buen hombre en definitiva.

Menguar tenía su gracia al principio, porque le daba tema de conversación en casi cualquier circunstancias, pero también tiene inconvenientes: la ropa se le quedaba grande todo el rato, los muebles y todos sus utensilios se le hacían inútiles como las de un gigante y nadie le concedía una hipoteca, porque qué clase de responsabilidad puede tener alguien que no puede conservar ni su propio tamaño.

De hecho este hombre menguante, que oye, increíble no diré que sea pero curioso sí que es, ¿no?, que un hombre mengüe, digo, este hombre se quedó sin trabajo, no solo porque sus manos fuera al cabo de un tiempo demasiado pequeñas para teclear en el ordenador o coger un bolígrafo, sino porque una vez reducido a un tamaño de un metro y diez centímetros los clientes empezaron a tratarlo como a un niño, y con un niño no se firman contratos de varios millones de euros.

“Si hubiera tenido siempre este tamaño -se decía el hombre menguante- la gente ya me conocería así y me respetarían. Pero este menguar constantemente, que de una semana para otra he perdido cinco centímetros, los desconcierta, les hace sentir incómodos, no me reconocen y no saben si yo, con metro cinco, soy el mismo que yo, con metro sesenta y cinco. Yo mismo ya no sé si soy yo, ni si tengo el tamaño que tengo, la edad que tengo, si mi vida es mía”.

Su novia tampoco lo llevaba muy bien: hasta que el hombre no bajó del metro de altura le prometió cariño y apoyo eternos; cuando llegó a los ochenta y cinco centímetros le dijo “hasta aquí hemos llegado”, cogió sus cosas y se fue con sus padres, a los que el hombre menguante no les gustaba ni en su tamaño natural. (Hay que tener en cuenta que a un hombre menguante le mengua todo, y quiero decir todo, todo).

El hombre menguante fue Trending Topic un día de mayo en que no había mucho más en la tele. Luego la gente le olvidó porque internet tiene poca memoria.

Era una soledad tremenda la del hombre menguante, rodeado de muebles gigantescos como un hobbit de Peter Jackson y dedicado a pasar el tiempo mirándose a sí mismo en el espejo pensando cuándo sería demasiado pequeño para llegar a verse en el espejo. Sus amigos querían ayudarle pero tampoco conseguían tomárselo demasiado en serio, porque un hombre adulto de medio metro vestido con ropas de niño parece ser más propio de un cuadro de Velázquez de una tragedia griega.

Los médicos a los que acudía estaban desconcertados, no tanto por la mengua en sí (que había admitido como algo inevitable y no se cuestionaban demasiado) sino por el hecho de que el hombre menguante siguiera vivo, con pulmones cada vez más pequeños, un corazón cada vez más pequeño, venas y huesos cada vez más finos y un cerebro que era ya del tamaño del de un castor pero seguía permitiéndole hablar, razonar y saludar a los vecinos en la escalera.

Con no demasiado tacto, uno de sus médicos le pidió permiso para diseccionarlo una vez que se muriera, si es que cuando se muriera todavía quedaba suficiente materia como para diseccionarla. Eso obligaba a una cierta urgencia en la llegada de la muerte, y en los ojos del doctor había el brillo de quien creía haber encontrado su camino a la fama y el prestigio profesionales. Por si acaso, el hombre menguante cambió a otro médico diferente.

Pero el hombre no se moría y seguía haciéndose cada vez más pequeño. A estas alturas dormía en una cama de juguete hecha para muñecas, y se vestía con la ropa de Ken Malibú, lo que hacía que su figura fuera más grotesca porque en su ciudad no había playa.

Y seguía haciéndose cada vez más pequeño: como un gato, como un ratón, como un mosquito, como un virus. Cuando se hizo del tamaño de un átomo por primera vez se preguntó cómo era posible todo aquello, qué había hecho para merecerlo, si es que las cosas en esta vida se merecen, o si esto de menguar era el destino que les esperaba a partir de ahora a todos los seres humanos de cualquier condición y origen.

Y siguió haciéndose aún más pequeño y se vio rodeado de una sopa de vacío en la que ni el tiempo parecía existir, y ya no conseguía ver sus propias manos aunque sí sentía que seguían siendo demasiado grandes para sus brazos, “manos de pianista” le decía su madre de niño.

De pronto vio cómo se le acercaba un hombrecillo que a él le pareció diminuto (aunque solo debía ser ligeramente más pequeño que él, o sea, del tamaño de un quark no demasiado panzudo). Le pareció que ya había visto esa cara antes aunque no sabía dónde. “Estábamos esperándote”, le dijo el hombrecito con una voz chillona pero no del todo antipática, “¿por qué has tardado tanto?”