Imposibles impensables (36): La grieta

La grieta que aparece un día en los azulejos del baño porque alguien apretó demasiado una tuerca o un tornillo o a lo mejor simplemente por desgaste de materiales o por movimientos en los cimientos de la casa que repercuten en el edificio todo, la grieta que con el paso de los días se extiende por la pared en dirección al suelo, fina y profunda, casi parece que debería verse la luz al otro lado pero al otro lado no hay luz, la grieta que llega a la bañera, que también atraviesa la bañera pero por algún motivo el agua no se sale, a lo mejor porque sigue siendo una grieta tan fina que no pueden pasar ni el agua ni la luz, pero entonces hay que plantearse de qué tipo de grieta estamos hablando, una grieta que un día penetra en el cuerpo, entra por el pie, ahí se ve subiendo por la pierna, indolora pero evidente, una grieta que atraviesa el cuerpo, que traspasa el cuerpo, la grieta que se hace cada día más profunda y más significativa, pero nadie la ve, nadie parece verla, hasta llegar a atravesar el centro mismo de nuestra identidad como una llega, como un deseo siempre insatisfecho, la grieta que se ha convertido ya en la parte más real de nuestro propio ser y a estas alturas ya es inútil que corramos a poner masilla en los azulejos, en la pared, en la bañera, porque los cimientos siguen moviéndose y el deseo sigue recorriéndonos las entrañas.

Imposibles impensables (35): La mina

La mina más profunda y extensa del mundo era, como todo el mundo sabe, la de Protovsk en Ucrania, hasta que la cerraron en 1995. Tan profunda era la mina y tenía tantas ramificaciones que nadie sabía en realidad dónde terminaba, ni cuántos kilómetros tenía de extensión. A los mineros se les daba una bolsa de cinco kilos, se les empujaba dentro y se les decía: “No salgáis de aquí hasta que la bolsa no esté llena de mineral puro”. Antes de entrar en la mina, los mineros se despedían de sus familias como si no las fueran a ver nunca más, y en la mayoría de los casos así era. (Algunas voces decían que la mina era tan profunda que salía por el otro lado del mundo, y por eso los mineros no volvían, pero Stalin prohibió que se dijera eso en público ni en privado porque en el otro extremo del mundo no había comunismo y la gente podía querer escapar a través de la mina si se enteraba).

En realidad, nadie sabía si en la mina había algún mineral o no; si lo hubo alguna vez, probablemente ya se agotó hacía ya mucho tiempo, porque fueron muchos los mineros que entraron, generación tras generación y cada vez eran menos los que volvían con algo en la bolsa que no fuese tierra o un amasijo de su propia mierda. A estos se les daba otra bolsa y se les volvía a empujar hacia dentro, sin dejarles siquiera que diesen un beso a sus hijos, porque eso supondría un mal precedente y un mal ejemplo. En realidad, a los dueños de la mina no les importaba que las bolsas volvieran vacías o que los mineros no volviesen, porque ellos solo pagaban por el mineral al peso (y porque tenían buenas conexiones políticas). Cerrar la mina ni se les pasaba por la cabeza, porque ¿qué iban a hacer con tantas manos desocupadas si no?

Imposibles Impensables (34): Ni nieve

En la ciudad de Nínive nieva una vez cada doscientos años, pero cuando nieva es como si se estuviera vengando de los ciento noventa y nueve años anteriores. Una capa blanca empieza a cubrirlo todo, los pies de las personas, las puertas de las casas, las ventanas, las chimeneas, todo. Después de tres días de ventisca no se ven ni siquiera los tejados de las casas; la gente se siente protegida por ese manto blanco, como un útero frío, y se echa a dormir para no despertar. Luego la nieve se espesa, se adensa, la alisa el viento y la cubre la arena. Se olvida la memoria de que una vez existió Nínive, hasta que llega un nuevo pueblo y se instala sobre las ruinas, sin saber que se ha instalado sobre ninguna ruina. Y ese nuevo pueblo llama a su ciudad Nínive, sin saber que ya existió otra Nínive antes, y antes de esa otra más, y otra más antes de aquella. Y así van sucediéndose las generaciones y los pueblos, y Nínive sigue reconstruyéndose a sí misma y siendo destruida por la nieve cada doscientos años, sin dejar memoria ni rastro, porque no lo necesita para resucitar.

Imposibles impensables (33): Regalos

A él le gustaba hacerle regalos, y a ella le gustaba recibirlos (¿y a quién no?). Eran regalos pequeños al principio: una flor, un cuaderno, una piruleta, un libro. Se casaron y los regalos siguieron lloviendo. “Son todos para ti”, dijo él, “porque tú eres el motivo de mi etc., etc.”. A él le fue bien en la vida; ella se alegró; los regalos se hicieron más grandes: una televisión, una silla, una máquina para hacer zumo. Ella decidió, a sugerencia de él, dejar el trabajo, porque así podría disfrutar mejor de los regalos y total, no necesitaban el dinero. Un oso de peluche de tamaño natural la observaba desde un sofá del salón. Un regalo que a ella le hizo especial ilusión fue un piano Steinway; lo pusieron en el dormitorio para que ella pudiera ejercitarse desde la cama, aunque con ello bloqueasen la puerta. A partir de entonces ella no salía del cuarto: los regalos seguían llegando, se agolpaban en el dormitorio. (El hecho de que él pudiera entrar para dejarlos quiere decir que la imposibilidad de salir no era física sino de otro tipo). Ya no tenía en el suelo sitio donde posar los pies sin pisar un collar de diamantes, un gatito persa, las llaves de un coche que nunca iba a conducir. “¿Y si nos mudásemos a un sitio más grande?”, le sugirió ella mientras él le acariciaba distraído los pezones. Cuando ella se despertaba, él ya se había ido y en su lugar había más y más regalos encima de la cama que dificultaban sus movimientos. Si él la encontraba llorando, se enfadaba con ella; si la encontraba despierta, follaban hasta quedarse dormidos; si la encontraba dormida, la despertaba con un cachete suave en la cara o el culo. “Tengo algo para ti”, le decía, y ella se echaba a temblar, de anticipación o miedo. El peso de los regalos la agobiaba: ya no podía mover los brazos ni las piernas. Él parecía distraído, a lo mejor las cosas ya no le iban tan bien en el trabajo. “Cariño”, dijo ella un día, “ya sabes que yo, si me necesitas, etc., etc.” El último regalo él se lo metió directamente en la boca, para no tener que oír más su voz.

Imposibles impensables (32): Por las cañerías suben

Ya van subiendo.
Por la cañerías van subiendo.
Ya suben
con sus patas que no son patas
con sus ojos que no son ojos
con sus dientes que esos sí son dientes
blancos afilados puntiagudos.
Sus dientes es lo único que se les ve
mientras suben por la cañería.
Lo que sube por la cañería es un amasijo de dientes.
Ya suben.
Ya van subiendo por todas las cañerías.
Por todas las cañerías de todas las casas van subiendo
haciendo ruidos que no sabes lo que son
pero que te producen escalofríos
porque en realidad sí sabes lo que son.
Van subiendo.
Por las cañerías van subiendo.
Desde dónde vienen no importa:
desde el otro lado.
Lo que importa es que suben.
Van subiendo.
Cualquier día sacarán sus patas que no son patas
por el lavabo
por la fregadera
por el bidet
por el váter
y sus dientes que sí son dientes
es mejor que no encuentre nada que morder cuando eso pase.
Ya van subiendo.
Ya casi están aquí.
Ya suben.
Ya han subido.

Imposibles Impensables (31): Una tira cómica…

…que se pubicó en un periódico de Madrid con consecuencias desastrosas.

En el primer cuadrito se ve a un personaje flaco, alto, con perilla de chivo, vestido con ropones de mago o hechicero o hipnotizador, con las manos levantadas en el aire como si fueran garras.

En el segundo cuadrito se ven solo los ojos de este personaje, profundos, misteriosos, moteados de pintitas de colores, resaltados con línea de ojos negra (y si no fuera imposible porque es una tira cómica publicada en un periódico parecería que esos ojos se amplían, se amplían, se amplían hasta salirse de la página).

En el tercer cuadrito estamos nosotros, atrapados dentro de la viñeta, golpeando con los puños los límites del cuadrito y gritando con las bocas abiertas sin palabras, porque esta es una tira muda, atrapados como el personaje de “El axolotl” de Cortázar, pero coño, nosotros no somos Cortázar.

Imposibles impensables (30): El tren inmóvil

En la región de Lugasco, en Argentina, estaban quejosos contra la capital: no querían construirles un tren que conectase las dos principales ciudades de su región, separadas por veintisiete kilómetros de distancia. Hartos de que el gobierno les ignorase, los lugasqueños empezaron a construir su propio tren; pero como no tenían dinero para comprar raíles ni combustible, lo que hicieron fue construir un puente o túnel de madera de veintisiete kilómetros de largo, que por dentro decoraron como si fuese un tren. La gente se metía en el tren inmóvil en una punta, caminaba hacia la parte delantera del tren (veintisiete kilómetros) y salía en la ciudad de destino. En el interior del tren inmóvil se creó toda una economía local a pequeña escala: había cafeterías donde los viajeros podían comer o beber, coches cama donde podían pasar la noche, una enfermería en el kilómetro diez, una biblioteca en el dieciocho… Cuando el Ministerio se enteró puso el grito en el cielo. Qué clase de ridiculez era esta, qué bárbaros eran todos los que no eran de Buenos Aires. Pero los vecinos de Lugasco se defendían: “si uno se monta en el tren inmóvil en la ciudad A, y sale del tren en la ciudad B, entonces el tren ha cumplido su objetivo aunque no se haya movido del sitio”. Cuando un incendio destruyó buena parte del tren inmóvil siete años después de su inauguración, el gobierno aprovechó para aprobar con urgencia la construcción de un tren normal, con raíles, ruedas y chimeneas. Pero las obras sufrieron interminables retrasos, por culpa de la imprevisión, del rechazo de los vecinos y de la cada vez más evidente crisis de los ferrocarriles argentinos. Nunca terminó de contruirse, así que ahora, en bastantes tramos del recorrido, pueden verse los restos del tren de metal al lado de los restos del tren de madera. Los habitantes de Lugasco, por su parte, se han mudado mayoritariamente a Buenos Aires, y ahora putean contra los bárbaros de provincias como si ellos nunca lo hubieran sido.