Una inflamación de la imaginación

-El enamoramiento es una inflamación de la imaginación -le dije a Alicia una vez, fingiendo que bromeaba aunque en realidad esperaba impresionarla con mi agudeza.

-Qué pedorro eres a veces -me contestó ella, riéndose de una forma que resultaba insultante pero no humillante.

Pero la verdad es que, antes de que Alicia y yo nos hiciéramos novios, yo ya llevaba tiempo imaginando cómo sería la vida si Alicia y yo nos hiciéramos novios. Lo imaginaba todo: las conversaciones que íbamos a tener, los viajes que íbamos a hacer, los paseos que íbamos a dar. No todo era perfecto: también imaginaba las discusiones, los problemas, los roces propios de todas las parejas; pero siempre eran discusiones, problemas o roces que se resolvían y se disolvían en reconciliaciones emocionadas.

Esta Alicia, la que yo imaginaba, empezaba siendo la Alicia real, hasta donde yo podía conocerla, pero luego se separaba de ella por los caminos más inimaginables, hasta acabar convertida en un ser irreal, a veces sobrehumano y a veces grotesco, y todos esos desarrollos de Alicia al final solo tenían en común con Alicia el nombre. Podía ser dulce como un ángel o cruel como una madrastra de cuento; a veces la imaginaba adorándome, y otras despreciándome como a un poeta del amor cortés; era una ninfómana que me exprimía en la cama o una virgen inocente a la que yo tenía que enseñarle cada paso, cada movimiento, cómo se pone eso ahí, ahí, eso.

Porque, claro, también imaginaba el cuerpo de Alicia, que hasta ese momento solo había visto bajo tres o cuatro capas de ropas invernales: cómo podría ser aquel cuerpo, las curvas que escondería (o no), el tacto de su piel, sus irregularidades y sorpresas; cómo reaccionaría ese cuerpo con el mío, las cosas que haría con él y que él haría conmigo (o mejor dicho, con mi cuerpo). Imaginar estas cosas me daba una fiebre que me hacía temblar las manos.

Casi podría decirse que cuando Alicia y yo empezamos a salir juntos, en mi imaginación Alicia y yo llevábamos ya saliendo juntos unos cuantos meses, aunque fueran meses imaginarios. De hecho, considerando todas las variantes y bifurcaciones que había imaginado para nosotros, Alicia y yo habíamos vivido ya tantas vidas que la vida real casi parecía insuficiente.

A lo mejor por eso, la Alicia imaginaria que yo había construido en mi cabeza se resistió a morir cuando por fin Alicia (la Alicia real) y yo nos enrollamos en aquella fiesta. Testaruda, la Alicia imaginaria se interponía entre nosotros y no me dejaba ver lo que la Alicia real estaba haciendo ni oír lo que estaba diciendo. “Es a mí a quien quieres”, venía a decir esa Alicia etérea e idealizada, mientras la Alicia material y sólida se quedaba dormida en el sofá y empezaba a roncar y a caérsele la baba en el cojín.

Una de las primeras veces que hacíamos el amor, me distraje comparando la forma en la que Alicia hacía cierta cosa, en comparación con cómo la Alicia imaginaria hacía esa misma cosa (o dicho con más propiedad: con cómo había imaginado que Alicia podría hacerla, si algún día llegaba a hacerla). Alicia lo notó, claro, por la concentración con la que miraba a la pared y la poca concentración con la que la miraba a ella.

-¿En qué piensas? -me preguntó, aunque en realidad quería decir: “¿en quién piensas?”

-En nada… -le contesté-. En ti.

Y en realidad no le estaba mintiendo; aunque en realidad sí, sí le estaba mintiendo.

Todo tiempo pesado (II, 10): Miren deja el trabajo

En el capítulo anterior: Santi le manda un mensaje muy desagradable a Miren.

Y por fin Miren dejó su trabajo, o mejor dicho, le hicieron dejar su trabajo, o mejor dicho todavía, Miren hizo que le hicieran dejar su trabajo. Yo no estaba allí, así que no puedo contar de primera mano lo que pasó, pero según Miren fue algo parecido a esto.

Era un lunes, lo que ya en sí es un mal principio. Miren y yo acabábamos de pasar el fin de semana juntos y habíamos hablado mucho sobre el futuro, la vida, el arte y su significado, así que Miren estaba en un estado de ánimo algo soñador y lo único que le apetecía era que le dejaran en paz un rato para pensar, para estar consigo misma y meditar sobre todas esas cosas. Cualquier trabajo mecánico, como hacer inventario o reetiquetar todos los productos de la tienda le habría servido; cualquier cosa antes que tener que atender al público.

Naturalmente, le pusieron a atender al público. Y a media tarde, cuando Miren ya estaba contando los minutos para irse a casa y olvidarse del Guggenheim y de todo lo que representaba, en el mundo del arte en general y en su vida en particular, entró una señora. Miren la describió como una puta gorda burguesa con cara de llevar veinte años sin follar, pero ya digo que yo no estaba allí así que no puedo decir si la señora llevaba veinte o quince años sin follar.

Y lo peor no es que la señora fuera gorda o burguesa (siempre, según Miren), sino que además era pesada, engreída e ignorante. Iba manoseándolo todo con la nariz muy estirada, como si oliera mal, dejando manchas de sudor en las postales, arrugando las esquinas de los pósters, desdoblando las camisetas de cualquier tamaño y diseño sin hacer el mínimo esfuerzo por volver a dejarlas dobladas.

Y entonces se acercó a Miren, y le dijo algo en una lengua extranjera que Miren supone del norte de Europa (lo que quiere decir, de Alemania para arriba). Cuando vio que Miren no le entendía, otra vez con la nariz empinada y cara de superioridad se pasó al español, un español muy correcto pero muy poco natural.

-Le pido disculpas por mi incómoda interrupción, estoy buscando regalos bonitos para llevar a la familia -dijo, o algo así.

Una cosa que Miren y yo compartimos son los problemas de acidez estomacal, y aquella mujer estimulaba la bilis más que un bocadillo de bacon con queso y pimientos picantes. A pesar de todo, Miren consiguió comportarse con profesionalidad y dedicó la siguiente media hora (“de reloj”, dice ella, “¡media hora de reloj!”) a enseñarle lápices, gomas, ceniceros y llaveros, sin que se decidiera a comprar ninguno: todo le parecía caro, feo o malo.

Por fin, pareció volver a su idea original y escogió cuatro o cinco reproducciones de tamaño medio y las puso encima del mostrador. Pero todavía no parecía decidida. Cogió una de ellas, que reproducía la famosa vaca amarilla de Franz Marc, y le preguntó a Miren:

-Perdona, joven, pero ¿no se puede conseguir este cuadro en azul?

Y ahí a Miren se le saltó la tapa; no sé cuál exactamente, pero alguna tapa.

-¿En azul? -le dijo, o dice que le dijo-. ¿Lo quieres en azul? ¿Y por qué no le pides a tu puta madre que lo pinte de azul con el coño?

Es probable que la historia esté un poco exagerada: a Miren, a pesar de su aburguesamiento paulatino, le seguía gustando dárselas de revolucionaria inflexible ante la pedantería o el clasismo. En todo caso, algo grave debió ser, porque la señora puso una reclamación (a la que lamentablemente no he tenido acceso), y Miren tuvo una discusión con su supervisor después de la cual le notificaron, de forma amable pero inflexible, que estaba despedida. (Si el despido fue consecuencia de la reclamación de la señora, o de las cosas que Miren debió decirle a su supervisor, eso ya no lo sé y probablemente nunca lo sabré).

Esa noche Miren me llamó en algo que podría calificarse como estado de shock. Se le había pasado el cabreo, por lo menos en su parte emocional (que no en la intelectual), y contaba lo que había pasado como si le hubiera pasado a otra persona, o como si no fuera a tener consecuencias y al día siguiente pudiera volver al Guggenheim como si no hubiera pasado nada.

-Así que me han despedido -decía, con un tono que parecía más bien corresponderse a una conversación de ascensor sobre el tiempo.

-¿Y tienes derecho a una compensación? ¿Al paro?

-No lo sé, no lo he preguntado. Supongo que sí, no sé, con la mierda de contrato que tenía… Casi prefiero que no me den nada, que se jodan -decía, como si no fuera ella la que estaba jodida.

-¿Y ahora qué vas a hacer? -le pregunté, por fin..

-No lo sé -me contestó-. No lo sé… -Y después de una pausa para pensarlo:- Vivir.

Sueño recurrente

voy por una calle ancha una avenida a lo mejor una de las Avenidas Novas de Lisboa al fondo veo un edificio alto no propiamente un rascacielos sino solo un edificio alto con unas letras grandes de neón rojas que no consigo leer pero tampoco importa y sé que tengo que llegar allí no exactamente al edificio algo con las letras de neón sino a algo que está cerca del edificio da igual qué realmente la mayoría de las veces no sé qué es lo que me espera al final de la avenida solo sé que tengo que seguir andando

y ando ando ando por la avenida dejando de lado tiendas y cafés y paradas de autobús y sé que estoy andando y avanzando por una ciudad que a veces es Lisboa y a veces Bilbao y a veces Limerick o una mezcla de las tres o de varias otras o una ciudad indeterminada y sin nombre pero conocida para mí y sigo andando no hay nadie por la calle a mi alrededor es de noche y la avenida está vacía de coches y de personas y yo ando ando ando por la avenida pero cuando levanto la vista el edificio alto con los letreros rojos está tan lejos como al principio o más cómo es posible

acelero el paso porque sé que tengo que llegar al edificio o mejor dicho a algo que está cerca del edificio y aunque no sé para qué tengo que llegar sí sé que voy tarde y que es muy importante que llegue a tiempo por algún motivo pero ya empiezo a sospechar que es imposible y el sueño recurrente del edificio empieza a mezclarse con el sueño recurrente del aeropuerto en el que pierdo el avión o las maletas o las dos cosas

vuelvo a levantar la vista y el edificio sigue estando igual de lejos que al principio a pesar de que llevo no sé cuánto tiempo andando andando andando por la avenida y entonces empiezo a notar una tristeza que no se parece al estrés de llegar tarde sino más bien a la sensación de haber desaprovechado la vida y sé que esta es la verdadera esencia del sueño y la avenida y el edificio y todo lo demás son accesorios que intentan hacerme más comprensible este verdadero mensaje del sueño

y hago un último intento de llegar al edificio que sigue estando allí a lo lejos con sus letras rojas que no consigo leer pero es inútil y sé que es inútil porque aunque llegase al edificio nunca conseguiría llegar al otro sitio cerca del edificio al que realmente quiero ir y aunque llegase ya sería tarde de todas formas porque esa es la verdadera esencial del sueño y en ese punto aproximadamente es cuando suelo despertarme

No me despierto llorando ni gritando ni nada tan dramático, pero sí con una sensación de fracaso o catástrofe que tarda un rato en pasarse, el tiempo necesario para levantarme, ir al baño, a la cocina, beber un vaso de agua y volver a la cama intentando no pensar demasiado, y sobre todo intentando no volver a tener el mismo sueño, ni una continuación del sueño, ni una variación del sueño.

Gloria autocorrector, oh sana hale grulla

Lucas Jorgensson había tenido, como todos, mis experiencias extrañas con el autocorrector: “playas” que se transformaban en “poleas”, “calles” en “cascarles”, “amigos” en “salidos”… Al principio su reacción era la de todos: enfadarse, borrar la palabra corregida y volver a escribir la correcta, confiando en que el autocorrector no insistiese en sustituirla. Pero al cabo de un tiempo una idea empezó a abrirse paso en su mente: aquellas correcciones, que a veces eran ridículas, otras absurdas y otras increíblemente imaginativas, no podían deberse al azar. Dios no juega a los dados con nuestros teléfonos móviles.

Porque esa era la única conclusión posible: es Dios quien está detrás del autocorrector. Cuanto más lo pensaba, más convencido estaba Lucas Jorgensson de que había un plan que explicaba la sustitución de “polla” por “pulgar”, “follar” por “Finlandia” o “coño” por “calambre”. El autocorrector era la herramienta de Dios para crear un mundo más puro, más luminoso y también, sí, más misterioso y profundo.

Lucas renunció entonces a su cátedra de Filosofía del Lenguaje en la Universidad de Stuttgart, y comenzó una intensa labor de exégeta de la sagrada voluntad del autocorrector. Pasaba el día enviando mensajes de Whatsapp y anotando las palabras sustituidas. Cuando llenaba una página entera con ellas, comenzaba la fase hermenéutica de su labor: intentaba encontrar relaciones, jerarquías, significado, sentido. Frases cada vez más complejas iban formándose antes sus ojos: los nuevos Mandamientos de la era tecnológica.

Difundió sus primeras conclusiones a través de internet, con la convicción y la tenacidad de los conversos; y su mensaje encontró oídos, porque cualquier mensaje encuentra oídos cuando se grita lo bastante fuerte y se tiene el suficiente dinero. El primer círculo de la Sagrada Palabra del Autocorrector se formó en Stuttgart; el segundo en Oslo; el tercero en Pisa. Las conclusiones que iban publicando separadamente no eran siempre coincidentes, pero Lucas Jorgensson era un profeta benévolo: sabía que la Verdad viene a nosotros de muchas formas y el doble tick del Whatsapp es solo una de ellas.

Cuando se fundó el círculo de exégetas de Los Ángeles y Tom Hanks se unió a él, llos medios de comunicación empezaron a prestar atención a la secta de Jorgensson (aunque ellos se llamaban a sí mismos “siesta”, porque esa era la palabra que el autocorrector había elegido para ellos). Ese fue, en cierto sentido, principio del fin, por dos motivos: primero, porque los círculos de hermeneutas proliferaron hasta el absurdo, convirtiendo lo que al principio había sido una seria labor filosófico-teológica en algo parecido a un sudoku; y en segundo lugar, porque la fama llamó a los imitadores.

En poco tiempo las cosas se pusieron bastante feas. En Las Vegas (dónde si no) se fundó un grupo que afirmaba lo contrario que Jorgensson: no era Dios que hablaba a través del autocorrector, sino el diablo. Su líder, una especie de mezcla de Charles Manson y Steve Jobs, promovía la destrucción de teléfonos móviles, ordenadores y cualquier otra tecnología que incluyese correctores automáticos, y también promovió una agresiva campaña de acoso a los seguidores de Jorgensson, a los que consideraba (lógicamente) como cómplices del demonio. Cuando uno de ellos fue asesinado violentamente en Melbourne, golpeado hasta la muerte con un teclado de ordenador, Jorgensson declaró que se retiraba del mundo, que su visión había sido el resultado del exceso de trabajo asociada a su cátedra y que nunca, nunca, nunca volvería a enviar un mensaje de texto por muchos años de vida que le quedaran.

Los demás círculos languidecieron sin el liderazgo de su fundador; otros se convirtieron en iglesias más o menos autónomas con cierta implantación en países como España, Brasil o Thailandia. Mayor fuerza ganaron los satanizadores del autocorrector: uno de sus máximos representantes llegó a Primer Ministro en Hungría, y prohibió inmediatamente el uso de cualquier tecnología movíl o inmóvil, bajo pena de prisión.

La entrevista – Cuarta variante

(Las tres primeras variantes de la entrevista, aquí, aquí y aquí)

Fue pura casualidad que la entrevista que me concedió a mí fuera la última que Guillermo Zamora concedió en su vida: yo me despedí de él a las siete, cuando ya empezaba a anochecer, y poco antes de las diez saltaba muy correctamente desde la ventana del quinto piso en que vivía, abriéndose el cráneo como un melón contra el suelo. Un hombre que pasaba por allí en ese momento paseando a su perro declaró a los periódicos que fue un salto limpio, casi elegante, como si se estuviera zambullendo en una piscina en vez de en la noche eterna.

El caso es que mi entrevista, de repente, se había convertido en un documento esencial: en el testamento vital de uno de los más importantes poetas españoles del siglo XX, así que en vez de publicarse en un suplemento cultural varias semanas más tarde, como estaba previsto, el periódico la colocó en un lugar destacado en su edición diaria. Pocas horas más tarde, se había vuelto viral en las redes sociales (todo lo viral, claro está, que puede volverse algo que tiene que ver con la poesía) y los críticos y biógrafos de Guillermo Zamora la analizaban en busca de claves secretas que permitieran explicar su muerte.

Daba igual que la entrevista fuese casi idéntica a las doscientas entrevistas anteriores que había concedido el poeta: si decía “temo que algún día me quede sin ideas”, se veía un indicio del agotamiento de su inspiración, aunque llevase diciendo lo mismo veinte años; más adelante decía que vivir era luchar contra la muerte deseando perder, había quien veía ahí prácticamente una nota de suicidio, aunque en realidad Zamora estuviese citando un verso de uno de sus primeros libros; incluso mis acotaciones, como que el escritor fumaba como un carretero, servían para concluir que había abdicado definitivamente de la vida, y daba igual que llevase desde los quince años fumando más de un paquete diario.

Indirectamente, aquella entrevista me convirtió en una celebrity cultural: mis amigos del mundillo, tan morbosos como los que no son del mundillo, me pedían que les describiese con todo detalle la hora y media que pasé con Guillermo Zamora. Al principio yo era prudente y discreto, y me limitaba a repetir lo que ya estaba escrito en la entrevista; pero luego me pudo la vanidad, y empecé a “recordar” detalles nuevos, o a dar significados nuevos a los detalles que realmente recordaba: que si tenía la mirada perdida y borrosa, que si acariciaba sus propios libros con una especie de nostalgia futura, ¿y era una lágrima eso que me parecía ver en el rabillo de su ojo cuando hablaba de la muerte?

Así que yo tuve parte de culpa, es verdad, al permitir e incluso alentar la mística de aquella última entrevista; lo que no podía prever es que se llegase a afirmar, como se afirmó, que Guillermo Zamora me había anunciado su próximo suicidio, de manera explícita y casi literal, y que yo no había hecho nada para impedirlo para ser, precisamente, la última persona en verlo con vida y en hablar con él. No sé quién fue la primera persona que insinuó eso, solo sé que cuando unas semanas más tarde acudí a la presentación de un libro de Teresa Lombardo, nadie aceptó hablar conmigo y terminaron poco menos que echándome de allí como a un apestado.

Y fue así como terminó mi carrera de crítico literario: en vista de que no había escritor que quisiera concederme una entrevista, el periódico decidió prescindir de mis servicios, y nadie más quiso contratarme. Tampoco me importó: aquel asunto me había dejado bastante mal cuerpo, y en realidad a lo que yo aspiraba era a que algún día me entrevistasen a mí, y no al revés. En cualquier caso, no me agradó demasiado enterarme hace unos días de que en el mundillo todavía se me conoce como “el asesino de Guillermo Zamora”. O igual sí me agradó, no lo sé.

Crash

En los meses de verano, cuando no conseguía que mis padres me llevasen a la playa me pasaba el día en bragas y sujetador delante de la ventana, tomando el sol. Nuestra casa era una de esas que daban casi directamente encima de la autopista; de hecho, enfrente de mi ventana había un “punto negro” en el que eran comunes los accidentes por exceso de velocidad. Cada vez que había uno de esos accidentes yo imaginaba que había sido culpa mía y de mi exhibicionismo, aunque en el fondo supiera que los conductores, a esas velocidades, no podían llegar a ver nada. Por la noche me masturbaba con la idea de que mi cuerpo semidesnudo hubiera sido la última imagen que habían visto esas personas antes de convertirse en un amasijo de hierros y tripas; era un orgasmo largo y oscuro que parecía salirme de las entrañas. Después me dormía arullada por el ruido del tráfico en la autopista. Y al día siguiente volvía a ponerme en bragas y sujetador delante de la ventana, tomando el sol y tentando al destino de los otros.

Todo tiempo pesado (II, 9): Quitter

En el capítulo anterior: Miren y Santi se dan un descanso en París.

“Siempre lo dejas todo a la mitad”, le dice a Miren en uno de los emails más duros e injustos que he escrito nunca, escrito en un arranque de rabia nada más llegar a Lisboa. “Dejaste la carrera, dejaste la pintura, dejaste a tu familia y luego dejaste de dejar a tu familia, me dejaste a mí y ahora dejas el Guggenheim. Nunca te comprometes con nada, piensas que todo tiene que ser divertido y ligero, y a veces hay que agarrarse los machos y tirar para adelante, y tragar mierda y hacer cosas que no nos gustan. Tú te emocionas con algo y la emoción te dura seis meses y luego pasas a otra cosa y dejas a la gente tirada si hace falta. Y empiezas otra cosa y parece que ya no te acuerdas de la cosa anterior. Ya solo espero el día que me digas que me dejas a mí, y que tienes a otro en la recámara, y luego le dejarás a él y así hasta el infinito y más allá. Yo quiero seguir contigo, Miren, pero ya empiezo a ver que soy otro proyecto que vas a dejar a medias. Otra vez.” Era un email largo, incoherente y confuso; no parecía mío.

El email era duro e injusto no tanto porque no dijera cosas que eran verdad, sino por el momento y la forma de decirlo. Ya en mi primera relación con Miren había notado esa costumbre suya de emocionarse con la novedad exageradamente, como si cada idea que se le ocurriera fuera una genialidad y cada historia en la que se embarcase supusiera un antes y un después en la historia del arte y de la humanidad. Y esto, en aspectos que iban desde lo mínimo hasta lo trascendental: cursos de idiomas abandonados después después de tres sesiones, cambios de asignatura a mitad del semestre, planes de viajes que había que cambiar a última hora porque lo que de verdad había que conocer ya no era Granada sino Sevilla, y luego ya no era Sevilla sino Córdoba…

Era también injusto por personalizar en mí (de una forma bastante egocéntrica, por cierto), cuando la verdad es que en nuestra segunda relación nuestra Miren estaba mostrando una constancia y un empeño que no tenían nada que ver con la de nuestro primer intento, que fue -ya lo he explicado otras veces- mucho más explosivo y menos pacífico. Y porque responsabilizar a Miren en exclusiva por el éxito o fracaso de nuestra relación era, bueno, una actitud bastante infantil. Y porque ¿qué clase de novio era yo, si cuando más vulnerable y más decaída estaba mi pareja, en lugar de apoyarla hacía leña del árbol caído, o a punto de caer?

Sabía todas estas cosas en el momento de escribir el mensaje, y aun así le di a “enviar” nada más terminarlo. Si hubiera esperado un rato más, probablemente lo habría borrado, como he hecho tantas veces con mensajes semejantes, y el mensaje se me habría quedado quemándome por dentro como una rabia secreta que de alguna otra forma habría terminado por estallar.

Así que mandé el mensaje y me fui a dormir todo lo que Miren y yo no habíamos dormido en París. Cuando desperté tenía dos emails cortísimos de Miren. “¿Crees que no lo sé?”, decía el primero, y el segundo: “No quiero dejarte. No quiero que me dejes”. No era el tipo de mensaje que esperaba recibir como respuesta al mío; me sentí inmediatamente como un gusano, como el gusano que vive de lo que el resto de gusanos no quieren.

Llamé a Miren y le pedí perdón de todas las formas que se me ocurrieron, y Miren también me pidió perdón a mí, aunque yo no tenía del todo claro por qué. Lloré, lloró, lloramos. Nos prometimos amor eterno, o por lo menos amor hasta un plazo de tiempo razonable. Luego me fui a la página de la TAP y me compré un billete a Bilbao para el siguiente fin de semana. El resto del día nos lo pasamos enviándonos mensajes inusualmente cariñosos. (Todavía los guardo).

Creo que nunca he visto más claro el sentido de la palabra “catarsis” que aquel día.