Imposibles impensables (71): La casa de los abuelos

La casa de los abuelos era oscura. Las persianas estaban siempre bajadas, las lámparas tenían la mitad de las bombillas, los cuartos estaban llenos de muebles de madera oscura cubiertos de polvo. Mis padres, siempre corriendo para no llegar tarde a algún sitio, me dejaban en el portal con un cachete en el culo: “Venga, sube con los abuelos”. Yo subía por las escaleras, en las que tampoco solía funcionar la luz, como si me hundiera en el abismo, solo que hacia arriba. Cuando llegaba al cuarto piso en que vivían mis abuelos, la puerta estaba ya entreabierta; solo tenía que empujarla un poco y entrar. La casa de los abuelos olía a humedad y a café. Al fondo del pasillo se oía la televisión del salón, pero yo nunca solía llegar tan lejos: me quedaba en la cocina, donde siempre me esperaba un bocadillito de mortadela o chorizo, queso, membrillo, pan, chocolate. (Una vez curioseé la nevera para ver qué comían mis abuelos). Luego sacaba los libros de la mochila, leía un rato, hacía los deberes o me entretenía pintando monigotes horribles. A veces notaba una caricia en la cabeza: era el viento que se colaba por la ventana entreabierta.Cuando ya se acercaba la hora de cenar, y fuera estaba tan oscuro como dentro, mis padres llamaban al telefonillo. Oía entonces la voz de mi abuelo, o de mi abuela (nunca conseguí distinguirlos), que contestaba en el hall aunque yo no había visto a nadie pasar por delante de la puerta de la cocina, y para llegar al hall desde el salón había que pasar por delante de la puerta de la cocina. Yo no esperaba a que me dijeran nada: guardaba las cosas en la mochila, apagaba la luz y me iba sin despedirme. Abajo me esperaban mis padres con el motor del coche en marcha. “¿Qué tal con los abuelos?”, me preguntaban, y yo: “Bien. He merendado un bocadillo de mortadela, queso, membrillo, pan, chocolate”. Alguna vez me pareció que mis padres intercambiaban una mirada extraña, pero yo hacía como si no me enterase. No quería que dejasen de llevarme a la casa de mis abuelos, donde me sentía querido, arropado, deseado, feliz.

Imposibles impensables (70): Pueblos hermanos

La relación entre Lomera de Arriba y Lomera de Abajo es mucho mejor de lo que suele ser la relación entre dos pueblos tan cercanos y tan parecidos en tamaño y carácter. De hecho, hay entre ellos una relación de complementariedad casi perfecta: los de Arriba son más pastores que agricultores; los de abajo, más agricultores que pastores. Los de Arriba son más creativos y los de Abajo más eficientes y trabajadores. Los de Arriba ven mejor de lejos, y los de Abajo de cerca.

Las fiestas de los pueblos eran el mismo día, San Juan, y las organizaban conjuntamente, con una romería que iba de Abajo a Arriba o de Arriba a Abajo, en años alternos.

No siempre había sido así: en realidad, Lomera de Arriba fue fundada por habitantes expulsados de Lomera de Abajo por motivos que se pierden en la niebla del tiempo, aunque un examen de las lápidas más antiguas conservadas en el cementerio local hace pensar en un enfrentamiento sangriento y masivo. Los actuales habitantes de Lomera de Arriba y Lomera de Abajo no desconocen esta historia, pero evitan activamente hablar de ella.

En 1995, llegó al pueblo (a los pueblos) un chico joven, todavía con granos en la cara, que quería hacer una tesis sobre interrelaciones socioeconómicas en un hábitat rural tradicional, con una perspectiva histórica comparada. Los lomerenses lo mataron de un estacazo y lo enterraron en la era, para que lo pisasen los bueyes. Desde entonces viven esperando que Madrid les mande otro doctorando para el sacrificio: la paz también exige sus víctimas.

Imposibles impensables (69): El árbol pequeño

El árbol es pequeño pero tiene raíces profundas: unas raíces que se adentran en la tierra, se bifurca y se multiplican en todas las direcciones; se enredan con las raíces de otros árboles, les chupan el jugo, los resecan; atraviesan las aceras, rompen las baldosas, desencajan los bancos en los que se van a sentar los jubilados los domingos; unas raíces que rasgan los cimientos de las casas, atascan las cañerías y los desagües; que penetran en todas las casas, por las chimeneas, por las rendijas de las ventanas, por los falsos techos de los pisos; raíces que se infiltran en todas las familias, en todos los hogares, como filamentos oscuros, retorciéndose; unas raíces que se extienden por toda la ciudad, que son la raíz de la ciudad misma, la corrompen desde abajo y desde dentro, amenazan con derribarla el día que la ciudad deje de serles útil. El árbol es pequeño, pero tiene una savia negra y espesa.

Imposibles impensables (68): Goteras

Llevaba tres meses sin llover, pero había goteras en mi casa: en el salón, en el cuarto de baño, en la cocina, en el pasillo todo de punta a punta. Goteras goteando día y noche, como un grifo mal cerrado. Hacía seis meses que no llovía, pero había goteras por todas partes: en las tiendas, en los autobuses, en los semáforos, debajo de los árboles. Goteras que caían encima de la cabeza, como una tortura medieval. Tres años llevaba sin llover, pero había goteras: abría un paraguas, y debajo del paraguas había goteras; me ponía un sombrero, y dentro del sombrero había goteras; me metía debajo del agua, y debajo del agua había goteras. Nunca ha llovido, nunca, pero las goteras siempre han estado ahí, desde que yo tengo memoria.

Imposibles impensables (67): La estrella azul

Tres semanas viajamos en dirección nor-noreste con la estrella azul como guía, porque esa era según nos dijera el sabio la forma de llegar a la ciudad prohibida y recoger sus tesoros. Navegábamos a buen ritmo, manteniendo el rumbo durante el día, corrigiéndolo por la noche en cuanto la estrella azul aparecía en el firmamento. Avanzábamos con buen viento y, si los cálculos del sabio eran correctos, debíamos estar ya más allá de la mitad de nuestro viaje.

Pero, alas, al anochecer del vigésimo cuarto día, la estrella azul no apareció, a pesar de que el cielo estaba claro y sin una nube. Arriamos velas y esperamos. Todos los ojos puestos en el firmamento; la nave parada en medio del mar. El contramaestre propuso que continuásemos en el mismo rumbo también durante la noche: ya corregiríamos más adelante. El capitán se negó: no era eso lo que el sabio nos había ordenado.

(El sabio que, por cierto, se negó a embarcarse con nosotros por mucho que se lo pidiera el capitán: era demasiado viejo, dijo, solo nos incomodaría).

Tres días y tres noches más flotamos a la deriva, esperando la señal de la estrella azul; pero la estrella azul no apareció. Y al comienzo de la cuarta semana desaparecieron también las demás estrellas, y la luna ya no salió al anochecer del trigésimo día. Hubo un motín: se quiso obligar al capitán a regresar al último puerto conocido; el capitán se negó, murieron cinco marinos, otros siete fueron ahorcados del palo mayor. Se nos estaba agotando el agua.

El último sol que vimos fue el del cuadragésimo día, en que según nuestros mejores cálculos deberíamos estar atracando en la ciudad prohibida. Luego nos fuimos a dormir y ya no nos despertamos.

Imposibles impensables (66): La alarma

La alarma empezó a sonar un martes, veintisiete de marzo de 2009. Era una alarma como un timbre de bicicleta, pero continuo; como el repiqueteo de una campanilla, pero continuo; como el cascabel de un gato que corre por el pasillo, pero continuo. Se oía por todas partes por igual, como si la alarma saliera del interior de cada una de las casas, e incluso en aquellas calles en que no había casas, se oía. Se investigó su origen; no se encontró. Se intentó adivinar el peligro que podía estar indicando aquella alarma: ¿un incendio, un terremoto, una inundación? Pasaban los días, primero; luego las semanas; después los meses; la alarma seguía sonando y no pasaba nada. ¿Era el fin del mundo lo que anunciaba esa alarma que en mayo de 2012 seguía repicando sin parar por toda la ciudad? La ciudad se despoblaba, pero se diría que los que huían de ella llevaban consigo la alarma, como profetas: en ningún lugar querían recibirlos; después de un tiempo de éxodo terminaban por volver, y los recibía la alarma con un sonido especialmente chillón, como si estuviera alegre de verlos volver derrotados, o eso les parecía a ellos. En diciembre de 2014, pero no en día especialmente señalado, la alarma dejó de sonar. Los habitantes de la ciudad tardaron un tiempo en darse cuenta de por qué sentían como si el aire se hubiera limpiado deimpurezas de repente: estaban ya tan habituados a la alarma que no la oían, ni dejaban de oírla. Cuando recordaron que aquello era el silencio, miraron hacia el suelo, hacia el cielo, hacia las personas que tenían a su lado. Nada tenía sentido. Nada, nunca, tenía sentido.

Imposibles impensables (65): Los ojos de la medusa

Un nuevo tipo de medusa ha aparecido en las costas cantábricas: redondas, amarillentas, de piel rugosa como la de una coliflor, su característica más distintiva es que en la parte superior de la cabeza (por decirlo así) tienen un ojo grande, de apariencia casi humana. Cuando un bañista se topa con una de estas medusas, estas usan sus tentáculos para agarrarse desesperadamente a su muñeca como si fueran un reloj y lo miran con su único ojo muy abierto, como si intentasen hipnotizarlo o darle pena. Afortunadamente los tentáculos de esta especie no son venenosos y, a pesar de lo que dice la mitología, la mirad de estas medusas no tienen ningún efecto en su destinatario (más allá de dar bastante asquito). Una vez que el bañista consite librarse de la medusa -frecuentemente, golpeando su cabeza de coliflor contra una roca-, esta vuelve al mar lentamente, arrastrándose por la arena y dejando a su paso un rastro de humedad que algunos han querido confundir con lágrimas.