El tamaño no importa

Desde muy joven, con solo veinticuatro años, Guillermo Zamora decide dedicar su vida a demostrar que no es una cuestión de encontrar historias sino de saber desarrollarlas, no es una cuestión de imaginación sino de técnica, con un mismo tema puede escribirse un cuento, una ópera, una tragedia, una novela histórica. Puede no parecer una gran verdad a la que dedicar toda una vida, pero a él le parece suficiente, y se dedica a ella con una fidelidad estúpida pero loable.

Así, com veinticinco años escribe un libro de microrrelatos que es un compendio de todos los géneros y en todos los modos imaginables (o de todos los que é consigue imaginar, por lo menos): hay relatos de terror, policiacos, de ciencia ficción, románticos, históricos, costumbristas, realistas, surrealistas, post-realistas, en pasado, en presente, en futuro, en primera, segunda y tercera persona del singular y del plural, con estilos que van desde lo vulgar a lo sublime, pasando por lo anodino.

No es un mal libro de microrrelatos, no es Ana María Shua pero sin duda es mejor que lo que se publica en la mayoría de blogs como este. No consigue publicarlo porque, bueno, quién coño quiere publicar un libro de microrrelatos, pero eso tampoco le importa porque ese no es el objetivo con el que ha escrito el libro. Cuando termina el libro de microrrelatos sabe que ya nunca más en su vida tendrá que inventar una sola historia más desde la nada, y siente un alivio y una gran tristeza.

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Una escena y tres historias

Estoy cenando sushi en uno de mis restaurantes favoritos, concentrado en coger un rollo california de salmón con los palitos. Entonces oigo una voz de hombre que dice: “¿Es este el tipo?”, y una voz de mujer que le contesta: “vámonos, Juan”. A la mujer ni siquiera la veo, está a mis espaldas, junto a la puerta del restaurante; el hombre es un chico alto, de unos treinta y tantos, camisa gris, pantalón vaquero, que se acerca hacia la cocina. “Estabas mirando fijamente a mi novia”, le dice a alguien que no puedo ver. Y luego, en inglés: “You shouldn’t stare at people. That’s not right. Yes, you were staring at her”. La chica vuelve a llamarlo desde la puerta, y él ahora le hace caso y se va, pero en el camino hacia la puerta, se dirige a uno de los camareros y le pregunta, todavía en inglés: “What is wrong with him, does he have a disease? No, seriously, does he have a disease?” Cuando la pareja sale, los camareros comentan lo que ha pasado en una lengua que no comprendo, con los ojos muy abiertos, riéndose mucho.

A partir de esta escena, se pueden escribir por lo menos tres historias.

En la primera historia, el hombre de la cocina, al que no he conseguido ver, es en efecto un pervertido, que se dedica a mirar desde allí a las clientas babeando o, quién sabe, tocándose. Los camareros probablemente lo saben, a lo mejor no es la primera vez que pasa, por eso se ríen. El mirón debe de ser el dueño del restaurante, por eso no tiene miedo de que le despidan, por cerdo; a lo mejor hasta montó o compró el restaurante solo para eso: para poder acosar a las clientas. En este escenario, la pareja está indignada con toda razón; mañana se podrán leer sus comentarios sobre el pervertido del restaurante Miyagi en la página de Tripadvisor.

En la segunda historia, la mujer está inventándose las miradas del tipo de la cocina; igual cree verlas, o igual simplemente quiere montar una escena. El chico, su novio, o marido, o lo que sea, sabe que ella se las está inventando, porque no es la primera vez que lo hace. Le gusta sentirse inventada, deseada; le gusta que su hombre se rompa la cara por ella (y a veces lo hace). Por eso, todo lo que viene a continuación es un teatro que el chico hace en honor a la chica; también la chica está haciendo teatro cuando le pide que lo deje, que se vayan, porque en realidad lo que quiere es que él monte el pollo. A lo mejor cuando se ha puesto a hablar con el camarero, en su camino hacia la puerta, le ha guiñado un ojo, como queriendo decir: “No pasa nada, esto es un paripé”. Eso explicaría por qué se reían los camareros.

En la tercera historia, el paranoico es el novio, el típico novio posesivo y celoso que, incluso sin verlo (porque queda detrás de su espalda) se obsesiona con que el cocinero está mirando a su chica; todo el mundo mira a su chica, todo el mundo desea a su chica, y lo que es peor, a la guarra de su chica le gusta que la miren y la deseen. Antes de esa primera frase que yo oigo (“¿Es este el tipo?”) ha debido de haber otras, dichas en un tono más bajo pero con el mismo tema; ella ha debido adivinar que iba a montarle el pollo, y ha decidido salir del restaurante antes de que termine de liarse. Cuando le pide que lo deje, lo que le está pidiendo es que no la avergüence, que no le monte una escena, otra más. En realidad, sabe que van a discutir, sabe que la bronca es inevitable, pero espera que por lo menos no sea pública y humillante. En esta versión, los camareros se ríen de pura sorpresa, de incredulidad, de nervios; pero la cosa no tiene ni puta gracia.

Imposibles impensables (bis): Areeiro

La estación de metro de Areeiro, en Lisboa, fue reformada, pero solo a medias; cuando las obras estaban por la mitad llegó la crisis, se redujo el número de vagones en los trenes, y la reforma se paralizó. Ahora la estación está dividida en dos: una mitad renovada, lujosa, con una claridad brillante que casi deslumbra; la otra, totalmente a oscuras, con mobiliario desvencijado, lleno de polvo y basura y papeles viejos.

En la mitad luminosa de la estación paran los trenes normales, que van a Rossio y a Baixa y a Cais do Sodré, en la mitad oscura para otros trenes que van a otros sitios. En los trenes de la mitad luminosa viajan los lisboetas y los turistas; en los otros trenes viajan otras personas, si es que se pueden llamar personas.

Cada vez que un tren oscuro para en la estación oscura, las luces de la estación luminosa tiemblan un poco y se hace el silencio.

El ayuntamiento de Lisboa se planteó terminar las obras, y así terminar con la estación oscura y los trenes oscuros y los seres oscuros. Pero luego decidió dejarla como estaba, porque así por lo menos los tiene controlados, y en cambio si les cerrase ese camino, nunca se sabe por dónde podrían llegar a salir. Podrían decidir llegar a Rossío, a Baixa y a Cais do Sodré, y mezclarse entre los lisboetas y los turistas. Y eso no será bueno para nadie.

Deudas

Le había visto muchas veces en el barrio, era un gorrilla, o aparcacoches, llámalo como quieras, flaco, bastante mayor, aunque probablemente no tan mayor como aparenta. Con un periódico en la manos, haciendo indicaciones a coches que ni habían pedido ni necesitaban indicaciones.

Lo volví a ver en el supermercado un día, comprando un par de brics de vino. Antes de verlo, lo olí. Llevaba un jersey verde oscuro, por el que subían y bajaban unos bichitos blancos muy pequeños, pero aun así visibles a simple vista. A mi lado, una señora protestaba y se tapaba la nariz. Yo me indigné con al señora, pero aun así, de una forma más sutil y con menos aspavientos, guardaba una distancia con él, para que no se me pegasen los bichos. O el olor.

Luego me lo encontré sentado en la puerta de mi casa, pasando el rato. Me lo volví a encontrar varias veces más en el mismo sitio: le había gustado mi puerta, ahí podía sentarse en el bordillo y calentarse al sol. Un tarde, cuando volvía a casa del trabajo, me pidió dinero, algo para comer, un cigarrillo, no sé, la verdad es que no le entendí. Como no le entendía, y como tenía prisa por alejarme de él (¡los bichitos blancos de su jersey!) le di cinco euros y corrí a abrir la puerta, solo que la puerta, como en las películas de terror, tardó en abrirse: la llave no terminaba de girar en la cerradura.

Tres días después de eso, tocaron al timbre. Como el telefonillo está estropeado y no podemos oír quién llama, abrí y salí al descansillo a mirar. Era él. Decía algo, tampoco esta vez lo entendía. Dio un paso y entró en el portal. Le grité: ¡no subas! No quería gritar, la verdad es que no quería gritar, pero me salió la voz más alta y más asustada de lo que esperaba.

Levantó la mano para enseñarme un papel, podía ser un billete de cinco euros pero no conseguía verlo desde aquí. ¡En el buzón!, le grité, ¡mételo en el buzón! ¡Tercer piso! Parecía que no me entendía, seguía allí con la mano levantada, diciendo algo en un tono demasiado bajo como para que yo le oyese. Le repetí: ¡En el buzón, tercer piso! Ahora sí me entendió: se acercó a los buzones, los palpó como si estuviera leyendo en braille, y metió el papel en mi buzón.

Le di las gracias y cerré la puerta sin esperar a ver si se iba o no. Me lo imaginaba subiendo por las escaleras y me entraban temblores, y me entraba una vergüenza terrible porque me entraran temblores, pero el miedo era más grande que la vergüenza.

Unos minutos más tarde volví a salir al descansillo, la puerta del portal estaba cerrada, bajé las escaleras y abrí el buzón para ver qué es lo que me había dejado allí, si eran los cinco euros. No eran: era uno de esos papeles de publicidad que reparten a la entrada del metro. ADIVINADOR MÍSTICO MALAKO Y CURANDERO. Soluciona todos tus problemas de trabajo salud familia mal de ojo deudas.

Agua embotellada

En el restaurante donde trabajo servimos agua del grifo como si fuera agua mineral; en realidad no engañamos a nadie, porque en el menú dice “agua embotellada”, y no “agua mineral”, así que lo que servimos es exactamente lo que decimos: agua en una botella, agua que ha sido metida en una botella, agua embotellada. Claro, los clientes imaginan que cuando piden una botella de agua no es agua del grifo, sino agua mineral, pero al final, ¿qué diferencia hay? Agua es agua, ¿no? Y si de hecho no consiguen distinguir que lo que les estamos sirviendo es agua del grifo, es porque tanto da una cosa como otra. De hecho hasta se podría decir que somos ecológicos, porque reciclamos las botellas, aunque no en el sentido en el que se suele usar la palabra “reciclar”; sería más exacto decir que las reutilizamos. Cuando se vacía una mesa y los clientes se van cogemos las botellas de plástico, vemos si tienen la etiqueta intacta, o por lo menos pasable, y las ponemos en una balda alta en el almacén; luego por la noche a uno de nosotros le toca llenarlas todas y ponerlas en otra balda diferente en el almacén, preparadas para ser servidas como “agua embotellada”. Así que, en realidad, casi hacemos un servicio público, ¿no? Aunque algo de sentimiento de culpa sí debe de tener el dueño, porque lo primero que te explican nada más llegar es que las botellas de agua hay que abrirlas antes de llegar a la mesa, y a ser posible apretando el tapón hacia abajo para que el plástico se roce y haga un ¡crac! parecido al que haría si realmente estuviéramos abriendo la botella, y luego hay que llenar la copa del cliente como si le estuviéramos haciendo un favor, para que así no se pregunte por qué leches el camarero o la camarera tiene que abrirle la botella de agua cuando él es perfectamente capaz de abrirse una botella de agua, ¿no será que está ocultando algo? Y de hecho los clientes casi nunca notan nada, de hecho para la mayoría los camareros somos invisibles así que podríamos sacarnos la chorra y mear dentro de la botella de agua y no notarían nada, pero aun así, qué quieres, a mí cuando me toca servirle a alguien una botella de agua embotellada a alguien, y eso pasa todas las noches un montón de veces, me tiemblan las manos, pienso que me van a descubrir, que van a decir, oye, ¿por qué has abierto esa botella? ¿Quién te ha mandado abrir esa botella? ¡Tráeme otra! O que un superexperto en aguas minerales va a venir al restaurante, va a catar el agua embotellada y va a decir: ¡esto es agua del grifo! Y se nos va a caer el pelo, y a mí la cara de vergüenza por estar dando gato por liebre a los clientes. Claro, también tenemos unas cuantas botellas de agua mineral, porque las botellas de plástico se estropean, o porque un cliente nervioso en su primera cita les arranca la etiqueta y entonces ya no podemos servirlas, y hay que reponerlas, y también porque dicen que el plástico de las botellas se va desgastando poco a poco y el agua se va volviendo tóxica, así que es posible que estemos envenenando a los clientes para ahorrar unos céntimos. Yo no sé si es verdad, la gente se cree cualquier cosa, hay mucha tontería y mucha paranoia, pero no sé, a veces me lo pregunto, ¿y si estamos matando a los clientes con nuestras botellas de plástico reutilizadas? Ya sé, ya sé, todo el mundo lo hace, y yo soy un mandado, pero ¿y si sí, y si sí les estamos matando con nuestra agua embotellada, solo para que el dueño gane unos céntimos más con cada botella de agua embotellada que servimos? ¿Y si sí?

La puerta desde arriba

Te encuentras, no puedes decir que te despiertas, en lo alto de la alta puerta de piedra, ya has escrito antes sobre ella, encima de una de las jambas, ¿puede llamarse jamba si es una columna de piedra labrada?, en lo alto de la columna, como un gato que se ha subido a un armario y no se atreve a bajar, piensas, si salto por este lado me mato, si salto por este otro me mato pero menos, las personas entran y salen por la puerta, aunque no sepas desde dónde entran ni a qué, es extraño que consiguas ver a ambos lados de la puerta, como si estuvieras dentro y fuera al mismo tiempo, en la parte de dentro hay unos escalones que hacen que la caída sea algo menor, pero ¿qué son dos metros en una caída de varios kilómetros?, aun así te asomas por la parte de dentro, parece que vas a dar el paso, no lo das, te asustas en el último momento, el vértigo te sube por los nervios hasta los ojos y tira de ti hacia atrás, te pegas a la pared (si hay una pared, ¿cómo es que consigues ver por los dos lados?), respiras y vuelves a asomarte, piensas, por el lado de dentro igual no me pasa nada, haces otro esfuerzo por saltar, tampoco ahora lo consigues, como un gato que se ha subido a un árbol y tienen que venir los bomberos, ¿cuánto tiempo pasas subido en la jamba de la puerta?, ¿cuánto tiempo real, cuanto tiempo dentro de tu cabeza?, por fin llega un momento en el que ya no te queda más remedio que dar el salto, tienes que bajar como sea, solo que cuando finalmente das el salto ya no es un salto sino un paso, la altura se ha reducido en un cerrar de ojos, tu pie se posa en el suelo, pisas con fuerza para comprobar que no se hunde, como un gato con las patas acolchadas cayendo siempre de pie, das un paso, luego otro, ahora ya puedes seguir soñando a nivel del suelo.

Gas

El gas se nos solía acabar alrededor del día 20 de cada mes, algo antes en invierno, algo más tarde en verano, y como no teníamos dinero para comprar otra bombona, durante el resto del mes nos tocaba ducharnos con agua fría, comer comida fría, pasar frío por las noches. Estábamos tan acostumbrados al frío que lo veíamos como algo normal; nos apretábamos los unos contra los otros y pensábamos que todas las familias debían pasar por lo mismo: dios, en su inmensa sabiduría, había hecho el mundo para ser cálido y acogedor la mitad del tiempo, y una puta mierda la otra mitad. Incluso sin gas, mi madre seguía el ritual purificador de poner la comida en el fogón, como si fuese el gesto y no el fuego lo que calentase la comida; aunque no hubiera ninguna diferencia, ¡ay de nosotros si comíamos los garbanzos o las alubias directamente del bote, sin pasarlos por el cazo! Era el pecado máximo, peor que comer del suelo o rebuscar en la basura (que también eran cosas que hacíamos a final de mes). Luego venía el día uno del mes siguiente (o el dos, o el tres), y a mis padres les pagaban el sueldo, y podíamos comprar gas; y esa primera ducha caliente, ese primer plato caliente de comida en la mesa, compensaba por todo. Papá se daba entonces unas duchas larguísimas que dejaban el baño lleno de vapor y los cristales y las ventanas empañados. Todos pensábamos que esas duchas nos estaban costando dos o tres comidas frías al final del mes, pero nadie decía nada, porque papá era papá, y todos le queríamos mucho.