El edificio (18)

Los diferentes pisos del edificio se comunican mediante una complicadísima red de ascensores. Algunos estaban ya en el plano original, otros se fueron añadiendo con el tiempo, a veces construidos por los propios habitantes del edificio. La mayor parte de los ascensores son eléctricos, pero también hay algunos más antiguos a vapor, otros de tracción animal y algunos montacargas que se suben y bajan a mano mediante sistemas de poleas. Los sistemas principales (los que sí estaban planeados desde el inicio) combinan ascensores express, que suben los pisos de diez en diez, de veinte en veinte o incluso de cincuenta en cincuenta, con otros ascensores lentos, que paran en todos los pisos. Entre las personas que viven en pisos conectados por ascensores lentos se crea un sentimiento de comunidad, de solidaridad, de identidad. Todos son habitantes del edificio, pero no todos son iguales. Con el tiempo, la gente se convence de que hay diferencias esenciales entre unos y otros: los habitantes de los pisos 120-150 son tacaños, los de los pisos 60-90 son perezosos, los de los pisos 220-240 son atentos, trabajadores, rigurosos… Los edificios conectan el edificio, pero también lo dividen, lo descomponen, lo contaminan.

El huésped (12)

En el trabajo le trataban igual que siempre, así que por momentos se siente igual que siempre: el dolor del abdomen ha pasado gracias a los calmantes, Fluzo ha vuelto a su indiferencia habitual y su madre, que le sigue llamando varias veces por día, no le llama para preguntarle por el dolor del abdomen (del que aparentemente no se acuerda) sino para contarle la última locura de su padre, que ya sabes cómo es, no hay quien le entienda.

La rutina tiene un efecto calmante: sentado en el escritorio de la oficina, releyendo informes de los peritos de la compañía (informes sobre los cuales él tendrá a su vez que hacer un informe) consigue olvidarse del hospital, de las pruebas, de los resultados, de su ovario.

(Ovario. No puede decir la palabra ovario, ni siquiera pensarla, sin dar un respingo. Y sin embargo la palabra ovario le vuelve a la imaginación todo el tiempo, como un picor que cuanto más lo rascas, más pica).

Hay una chica que le gusta en la oficina; no está enamorado de ella, porque estar enamorado de alguien es cosa de adolescentes. Le gusta, esa es la palabra más exacta, le gusta mucho, y querría invitarla a cenar un día o a ir al cine o algo, si no le diera tanto miedo que ella pudiera rechazarlo o, peor, aceptar salir con él para después encontrarlo aburrido, soso, insoportable.

Ahora que sabe que tiene un ovario (¡ovario!) en la parte izquierda de su abdomen, invitarla a cenar o al cine o algo le parece más urgente que nunca, pero también más difícil. Piensa: “Si saliera con ella, si me armase de valor y la invitase a cenar, o a ir al cine, o algo, ¿en qué momento debería decirle que tengo un ovario en el lado izquierdo del adbomen? Si se lo digo muy pronto, puedo asustarla; si se lo digo muy tarde, puede pensar que estoy ocultándole información, y salir huyendo”.

Se dice que no tiene tanta importancia, que no es como una enfermedad venérea. Se dice que es mucho peor, porque una enfermedad venérea es algo común y corriente, y en cambio que un hombre tenga un ovario… Así que no se atreve a invitarla a cenar, ni a ir al cine, ni a nada, y sigue releyendo informes y redactando informes sobre los informes, y sintiéndose un bicho raro en su pequeño cubículo blanco.

El edificio (17)

El edificio no reconocía ninguna autoridad externa y no tenía, por lo menos inicialmente, ninguna autoridad interna. Por supuesto, estaba en un territorio, pertenecía, idealmente, a un país, pero cualquiera podía comprender que el edificio era su propio territorio, su propio país. Su funcionamiento quería ser el de un organismo vivo; el edificio era, en cierto modo, una utopía. Que los pisos más altos, más espaciosos y con mejores vistas, estuvieran ocupados por familias poderosas y adineradas les parecía a muchos tan natural como el viento o la lluvia, como que el sol saliera cada mañana por el mismo sitio. La compleja burocracia que controlaba todos los procesos que componían el edificio hacía su trabajo de hormiga sin cuestionarse nada; nadie sabía quién había organizado esa compleja burocracia, o si se había organizado sola, y a nadie le interesaba demasiado preguntar. Luego pasó lo de los ascensores, y se hizo evidente la necesidad de un poder que controlase, ordenase, castigase. La política había entrado en el edificio.

El edificio (16)

En cuanto el edificio estuvo terminado, sus habitantes empezaron a ocuparlo. Por supuesto, esta frase es falsa: sus habitantes empezaron a ocuparlo mucho antes de que estuviera terminado. Es imposible saber cuánta gente vivía en el edificio; era, con toda seguridad, mucha más gente de la que nunca había vivido en ningún otro edificio hasta entonces, y su población nunca parecía dejar de crecer, aunque el edificio ya no creciera. Los pisos inferiores, e incluso los primeros sótanos, estaban atestados de personas que se ocupaban de la intendencia del edificio: recibir las mercancías, organizarlas, colocarlas en los ascensores correspondientes, recoger los desperdicios, clasificarlos, darles salida, etc. Algunos de ellos iban y venían con los convoys de camiones: su residencia en el edificio era temporal y esporádica; en cambio, quien se instalaba en un piso intermedio o alto, digamos, en cualquier piso superior al 30.º, ya no salía nunca. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Para qué? Y después están los que nacieron en el edificio y nunca pisaron el mundo fuera de él, cuyo número es difícil de conocer. Pero de los edificitarios habrá mucho para decir más adelante.

El huésped (11)

En la cama con Judith Butler:

If it is possible to speak of a “man” with a masculine attribute and to understand that attribute as a happy but accidental feature of that man, then it is also possible to speak of a “man” with a feminine attribute, whatever that is, but still to maintain the integrity of the gender. But once we dispense with the priority of “man” and “woman” as abiding substances, then it is no longer possible to subordinate dissonant gendered features as so many secondary and accidental characteristics of a gender ontology that is fundamentally intact. If the notion of an abiding substance is a fictive construction produced through the compulsory ordering of attributes into coherent gender sequences, then it seems that gender as substance, the viability of man and woman as nouns, is called into question by the dissonant play of attributes that fail to conform to sequential or causal models of intelligibility.

(Mientras tanto, en la televisión James Bond interpretado por Pierce Brosnan besa a una mujer a la que las tetas no le caben en la camiseta; casi se podría decir que las tetas no le caben en el cuerpo).

Gender can denote a unity of experience, of sex, gender, and desire, only when sex can be understood in some sense to necessitate gender—where gender is a psychic and/or cultural designation of the self—and desire—where desire is heterosexual and therefore differentiates itself through an oppositional relation to that other gender it desires. The internal coherence or unity of either gender, man or woman, thereby requires both a stable and oppositional heterosexuality. That institutional heterosexuality both requires and produces the univocity of each of the gendered terms that constitute the limit of gendered possibilities within an oppositional, binary gender system. This conception of gender presupposes not only a causal relation among sex, gender, and desire, but suggests as well that desire reflects or expresses gender and that gender reflects or expresses desire.

Se cansa de leer poco después, cierra el libro y abre el ordenador. Entra en una página de porno gratuito y busca porno con mujeres asiáticas, mujeres con caras infantiles y tetas pequeñas (a lo mejor para compensar las tetas enormes de la mujer a la que besaba James Bond). Se hace una paja, no porque realmente tenga ganas, sino porque cree que así se sentirá mejor. Solo al final se da cuenta de que Fluzo está en el cuarto, mirándole con una expresión difícil de interpretar, y entonces tiene que levantarse e ir al baño a limpiarse.

El edificio (15)

(A pesar de todo, parece ser que sí hubo un tiempo en que el edificio todavía no existía. Algunos creen que eran tiempos más felices, porque no existía la ansiedad de estar fuera del edificio, porque todo el mundo estaba fuera del edificio, porque el edificio no existía; para otros eran tiempos trágicos, porque no existía la posibilidad de estar dentro del edificio, porque todo el mundo estaba fuera del edificio, porque el edificio no existía. Felices o trágicos, toda la memoria de esos tiempos se ha ido borrando a medida que el edificio ha ido extendiendo su sombra en todas las direcciones del tiempo y el espacio, y ahora el edificio está ya en Gilgamesh y en la Biblia y en el Popol Vuh y en todos los libros que se han escrito, y en los que no se han escrito todavía ni se escribirán para siempre, incluso cuando el edificio, y su sombra, y la tierra en la que nació, hayan desaparecido en la nada, y así sea).

El huésped (10)

Es lamentable que tenga que ir a todas partes en autobús; los hombres de verdad tienen coche, nunca se separan de él, van en coche a todas partes, incluso al supermercado, lo limpian durante los fines de semana, los lavan, les dan cera, les aspiran los asientos, les vacían los ceniceros.

(Él se imagina que es Fluzo el que le dice todas estas cosas, con una voz profunda y condescendiente, aunque en realidad Fluzo lo único que hace es mirarle con ojos de gato).

Es lamentable que todavía no tenga una casa propia; en otros tiempos, cuando todavía había hombres de verdad, todo el mundo tenía una casa propia, y otra en la costa, o en la montaña, para las vacaciones; ahora ni coche, ni casa, ni nada.

(Qué tiempo tan absurdo hace, piensa: ahora llueve, ahora hace sol, ahora vuelve a llover, así no hay quien se aclare).

Es lamentable que tenga que cocinarse su propia cena, los hombres nunca han sabido cocinar, ni hacer la compra, ni lavar la ropa, ni planchar, ni lavar los platos, ni siquiera poner los platos a remojo nada más terminar de comer para que esa masa de tomate y queso no se quede pegada; eso a un hombre de verdad se la suda.

(En el trabajo: ¿qué va a decir en el trabajo? ¿Qué le van a decir en el trabajo? ¿Va a decirlo en el trabajo?)

Es lamentable que tenga un gato, los hombres de verdad no tienen gatos; los gatos son para viejecitas viudas que no tienen otra cosa que hacer que tejer y ver la televisión. Es lamentable que tenga un ovario en el lado izquierdo del abdomen, los ovarios… En fin. Los hombres de verdad no tienen ovarios.

Ergo…