Imposibles impensables (99): Paisaje

Hijo, todo esto antes eran mares, mares enormes, todo agua, mares llenos de serpientes marinas, animales ancestrales y horrendos, criaturas que ahora solo vemos en las pesadillas, mira hasta el horizonte, mira hasta donde ya no puedes ver, todo eso eran mares, mares rojos por causa de la sangre, mares brillantes al sol como la pieles de las bestias que se agitaban en ellos, flotando encima de una oscuridad profunda e infinita, mares, hijo, en los que la vida no era posible y sin embargo no había otra cosa que vida, instintiva, irracional, salvaje, llena de dientes y de espinas y venenos y aletas cortantes como cuchillos, ni tú ni yo habríamos sobrevivido ni un segundo en ese océano lleno de muerte, y ahora en cambio míralo, míralo, míralo, míralo, míralo, míralo, vámonos a casa, hijo, que tu madre debe de estar empezando a preocuparse.

Imposibles impensables (98): El sofá

Tengo un sofá: tengo el sofá. No es de piel, pero su tela es como si fuera una piel, suave, cálida, sedosa. Con curvas en los lugares exactos, duro cuando hace falta, acogedor sin medida. El sofá.

Cuido del sofá con todo el amor del que soy capaz. Le quito el polvo por la mañana y por la noche, cada semana lo froto con un champú especial para sofás, lavo las fundas de los cojines una vez por mes. Lo masajeo para que el relleno se mantenga uniformemente repartido y aireado, como dicen que hacen con los bueyes de kobe.

(Mi sofá no es un buey: no estoy loco).

Cuando vuelvo a casa por la noche me siento enfrente del sofá. No en el sofá: no me atrevería a sentarme en el sofá por miedo a estropearlo. Lo miro, lo admiro, lo contemplo. He quitado el resto de muebles del salón para que no estorben; la televisión la tiré por la ventana porque no sabía dónde ponerla. Nunca como en casa, no vaya a ser que el sofá coja olor a comida, o que por algún motivo se salpique de salsa de tomate o de curry o de sopa.

(Nunca se me ocurriría comer en el sofá: no estoy loco).

Le hablo, le digo cosas, le canto canciones. No hay en el mundo demasiadas canciones dedicadas a un sofá; algunas hay, otras las he tenido que componer yo mismo. A veces me parece que el sofá reacciona, que me responde, pero sé que son solo juegos de mi imaginación. Aun así, es reconfortante.

Desde hace meses duermo junto al sofá. No en el sofá, nunca se me ocurriría dormir en el sofá. ¡Por favor! Duermo en el suelo, tumbado al lado del sofá. Me aprieto contra él y puedo oler el olor del champú especial para sofás, toco la tela que parece una piel, suave, cálida, sedosa. Lo acaricio como si fuera una mujer, igual igual que si fuera una mujer.

(Pero sé que mi sofá no es un sofá. No estoy loco)

Imposibles impensables (97): En el cine

Todavía no se habían terminado de apagar las luces y ya estaba metiéndole mano a su novia. A ella le gustaba, le ponía el riesgo, a él al principio no le iba mucho pero terminó por gustarle.

Él movía su mano para intentar acomodarse a los resquicios del cuerpo de ella, ella movía su cuerpo para intentar acomodarse a los movimientos del cuerpo de él. Luego la mano de su novia estaba dentro de sus pantalones cogiéndole la polla. Oh, el arte fílmico, las imágenes en movimiento.

La cosa se complicó cuando desde la butaca de la izquierda otra mano se le metió por debajo de la camiseta. No era del todo desagradable así que se dejó hacer. Llevado por la pasión del momento, empezó a acariciarle el pelo a la persona de delante, que no sabía muy bien si era un hombre o una mujer. Esa persona hizo un “mmmmmh” que no era un gemido pero que tampoco rechazaba las caricias.

Hubo una gran explosión en la pantalla; el resplandor le permitió ver una platea llena de bocas abiertas, ojos cerrados, cuerpos en movimientos rítmicos o convulsivos.

La pareja protagonista se besaba: se besaban, qué ingenuos. Su novia se había puesto de pie, se había bajado las bragas y se había sentado encima de él, y ahora estaba frotándose contra su entrepierna con pasión y gusto. Él, con el brazo escorzado en una posición extraña, había agarrado una teta que no sabía bien de dónde había salido. Alguien estaba chupándole un pie por debajo de la butaca.

Luego quiso cambiar de posición y empujó a su novia hasta ponerla de espaldas a la película. Hubo um momento de confusión, tropezones, lo cogieron del brazo y tiraron de él, él tiró también de otra persona, intentó palpar alredador para recuperar el equilibrio. De repente tenía delante un cuerpo abierto y en actitud entregada: lo cogió por las caderas y se empujó dentro, imaginando que fuese el cuerpo de su novia aunque este le pareció que tenía más pelo.

Alguien le pellizcó en el culo con tanta fuerza que tuvo que gritar, pero al mismo tiempo le gustó tanto que estuvo a punto de correrse ahí mismo, en ese mismo momento. Tomó nota mentalmente para comentárselo luego a su novia.

Ya nadie oía los diálogos de los actores; un olor espeso se había extendido por la sala. Los últimos quince minutos de película eran una larguísima escena de acción mal iluminada, con música a todo volumen. El director sabía lo que se estaba jugando.

Cuando apareció THE END en la pantalla hubo algunos aplausos de las personas que ya tenían libres las manos. Se encendieron las luces y aún dio tiempo de ver algunos movimientos de faldas que se subían, camisas que se ataban, cinturones que volvían a su posición habitual. Después entraron los del servicio de limpieza, con sus mascarillas y sus guantes de latex.

“¿Qué te ha parecido la película?”, le preguntó a la salida a su novia. “Me ha gustado. Sobre todo la fotografía”. Él asintió con la cabeza: iba a decir exactamente lo mismo.

Imposibles impensables (96): Descartilagícese

¡SE CORTAN OREJAS!
Descartilagizamos a diestro y siniestro.

No lo dude.

¿Se ha mirado en algún momento crudamente al espejo, más allá de la rutinaria mirada que nada ve? Hágalo ahora: mírese sin engaño, como si se viese por primera vez y fuese otra persona distinta a sí mismo. Ahí está la viveza de los ojos, la suavidad de la frente que se abre, la dulzura de la nariz, la carnosidad de los labios…

Pero ¡oh! ¿Qué es eso? ¿Qué apéndices retorcidos son esos que sobresalen por los dos lados? ¡Cómo estropean la redondez perfecta del cráneo! ¿Las ve? Siga mirándolas. Verá poco después el animal que se esconde en usted, dispuesto a tomar el mando después de milenios de evolución humana. Ese animal se esconde en sus orejas, detrás de ellas, entre los pliegues cartilaginosos.

¿Cree usted en Dios? ¿Es usted cristiano? ¿De verdad cree que puede aspirar a la Vida Eterna llevando esas dos cosas pegadas a su cara? ¡Las orejas deshumanizan! ¡Ódielas como se merecen! ¡Venga a nosotros! Nosotros se las arrancamos antes de que sea demasiado tarde.

¡Cortamos orejas! ¡Desanimalizamos por doquier!

Imposibles impensables (95): La reina de las ranas

En un lugar de la Amazonia al que no es fácil llegar ni aunque se tengan las coordenadas GPS, vive una mujer a la que los locales llaman la Reina de las Ranas. Cada mañana se planta en medio de la selva con una silla plegable de tela, a ser posible en un lugar con sol y sombra y un arroyo cerca, y espera. Da igual que cada día cambie de lugar, da igual que no haga ningún gesto, sonido o señal para indicar que ha llegado: en cuanto se sienta en su silla plegable de tela, la selva se anima con miles de voces y miles de saltos, y de repente un ejército de ranas y sapos de todos los colores, tamaños y especies rodean a su reina. Ella los mira, hace (entonces sí) un gesto, y uno a uno los animalillos empiezan a subirse en su regazo. Ella los acaricia, les masajea la cabeza con los pulgares como si les estuviera dando champú en el pelo que no tienen, les dice algunas cosas en voz baja y luego los deja ir. (Con cada rana que pasa por sus manos, ella anota algo en un cuaderno mojado con rallas horizontales). Nunca hay disputas entre las ranas: todas esperan pacientemente su turno en estricto orden de llegada, y si alguna vez alguna de ellas intenta colarse o repetir la audiencia con su reina, esta le lanza una mirada dura de advertencia y no hace falta más. Así pasan las horas, hasta que el cielo empieza a oscurecerse sobre el techo verde de los árboles. Entonces la reina deja con cuidado en el suelo a la última rana, se levanta, recoge su silla plegable y se va. Es difícil calcularle la edad a la reina de las ranas, pero no parece muy mayor; por la noche trabaja haciendo traducciones del portugués al inglés para una editorial estadounidense, porque de algo hay que vivir.

Imposibles impensables (94): Los osos molares

Los osos molares, como su nombre indica, viven en las muelas de otros animales, incluidos los humanos. A pesar de vivir en un hábitat tan estrecho, un oso molar adulto puede llegar a pesar media tonelada. Tener un oso molar metido en una muela no duele, a no ser que el oso se enfade; los dentistas han aprendido a no molestarles demasiado con el torno, porque nadie quiere tener un oso de quinientos kilos cabreado corriendo por su consulta.

Se han dado casos documentados de osos molares que vivían en las muelas de otros osos molares. En una ocasión extraordinaria se llegó a documentar un oso molar dentro de otro oso molar dentro de otro oso molar, que a su vez vivía en la muela de una zarigüeya. El hecho de que un oso molar pueda vivir dentro de otro oso molar puede sonar extraño, pero eso es porque los osos molares cuentan con una cuarta dimensión extra, además de las tres normales. Eso lo explica todo.

Imposibles impensables (93): Flores

Las flores, cómo crecen
las flores. Cómo van creciendo hacia arriba, hacia los lados
las flores. Flores rosas como rosas, violetas como violetas, amarillas como girasoles, siguen creciendo todas
las flores. Van creciendo y creciendo.
Las flores van creciendo bajo la lluvia espesa que empapa
las flores. Algunas son tan altas ya como una silla, otras tan altas como un árbol, tan altas como una estatua algunas de
las flores. Sigue lloviendo la lluvia espesa sobre
las flores. Y las flores siguen creciendo, siguen creciendo
las flores. Se entrelazan unas con otras, se unen sus pétalos, se injertan sus tallos, se enredan entre sí las ramas y las hojas y las espinas de
las flores. No hay nada que podamos hacer contra
las flores. No podemos podar
las flores. Sigue lloviendo lluvia ácida y espesa y sucia sobre
las flores y sobre nosotros que estamos debajo de
las flores, y siguen creciendo
las flores hacia el cielo, no paran de crecer, no paran de crecer
las flores. Ya tapan el sol.