Todo tiempo pesado (II, 7): Enter Alicia

En el capítulo anterior: Santi y Miren tienen una discusión por unas llamadas perdidas.

 

En esto como en lo de las llamdas perdidas habrá quien piense que fui un insensible y quien piense que Miren exageró, y quien piense que seis de uno y media docena del otro.

Lo que pasó es que pocos días después de la bronca con Miren, que poco a poco (o eso creía yo) iba cayendo en el olvido, publiqué en el blog uno de mis relatos de Alicia, uno en que Alicia no salía especialmente mal parada. Tampoco especialmente bien parada: simplemente salía.

Esa noche llamé a Miren por Skype para charlar un rato mientras cenaba y antes de irme a dormir. Enseguida la noté seria.

-¡Holaaaaaa! -yo.

-Hola -ella.

-¿Qué tal el díaaaaa? -yo.

-Bien -ella.

-¿Seguroooo? -yo.

-Sí -ella.

-¿Te pasa algo?

-No, nada. Qué tal tu día.

-Bien, pero ¿qué pasa?

Empecé a temerme que hubiera habido una recaída en la discusión del cine del otro día. A veces estas cosas pasan: a lo mejor había hablado del tema con alguien, y se había vuelto a indignar con el asunto; o a lo mejor simplemente algo se lo había recordado…

-Venga, dime, qué te pasa -insistí.

-Ya he leído lo que has publicado hoy en el blog…

-Venga, no cambies de tema, qué te pasa.

-No estoy cambiando de tema. Te estoy diciendo que he leído lo que has publicado hoy en el blog.

Aquello era tan inesperado que me costó un poco comprender a qué se refería.

-¿El cuento… el cuento de Alicia?

-Sí, el cuento de Alicia.

-¿Pero qué…? ¡Ni que fuera la primera vez que escribo sobre Alicia!

-No, no es la primera vez, pero antes no tenías una novia de verdad. ¿Qué va a pensar la gente que lo lea?

-Y qué va a pensar la gente, a ver dime.

-Pues que las cosas que cuentas de Alicia, en realidad se refieren a mí. Van a pensar que yo soy Alicia, con otro nombre.

-¡Nadie piensa eso! Todo el mundo sabe que el blog es literatura…

-¡Eso te crees tú! Tú te crees que todo el mundo tiene un master en teoría literaria y distingue la ficción de la realidad y el autor del narrador y todas esas mierdas. ¡Santi, la gente piensa que todo lo que escribes te ha pasado! ¡Eso es así!

-¡Pero si no hace tanto me animabas a que escribiera sobre nosotros!

-¡Eso es diferente! Si quieres escribir sobre mí, escribe sobre mí, sin máscaras. Sin jueguecitos. Que la gente sepa que tu novia soy yo, y no que estás hablando de mí sin dar la cara… Aprovechando para quejarte de lo mal que te trato llamándome Alicia…

-¡Pero si escribo cuentos de Alicia desde mucho antes de conocerte!

-Ya bueno… Pues entonces la gente va a pensar que a quien realmente quieres es a Alicia y no a mí.

Me pareció que con ese comentario estábamos entrando en otro terreno diferente.

-No tiene nada que ver con eso.

-¡Sí tiene que ver! No me jodas que tienes celos de Alicia.

-No.

-Sí. Reconócelo.

-Bueno, pues puede ser. Puede ser. ¿Y? ¿Por qué no voy a tener celos? Seis… Siete meses llevamos ya saliendo juntos, y tú sigues escribiendo tus fantasías sobre una mujer que vuela y que se transforma en serpiente y que yo qué sé…

-Pero Miren, si tú sabes que Alicia en realidad…

No terminé la frase, porque mirándola a través del Skype, viendo cómo habría los ojos esperando a que la terminase, me di cuenta de que era eso lo que en realidad me pedía Miren: una confirmación, una verbalización de algo que no había dicho nunca. Una sumisión, por decirlo así, de una parte de mí mismo, no sé si por deseo de poder o por inseguridad. No quería que dejase de escribir sobre Alicia, pero sí necesitaba que dijera, por lo menos delante de ella, que Alicia, en realidad…

-Esto es una tontería -le dije-. Para estar así, es mejor que lo dejemos.

-El qué, ¿la relación?

-¡No, la relación no! La conversación.

-Ah bueno. Vale.

-Vale.

-Pues hasta mañana.

-Hasta mañana.

-Adiós.

Y así.

La Canción

Hace unos años (probablemente ya casi nadie se acuerde) un grupo británico compuso La Canción: la canción definitiva, la canción destinada a acabar con la necesidad de componer más canciones. Era tan bonita, estaba tan bien escrita y tan conjuntadas letra y música que era imposible encontrarle absolutamente ninguna pega, y su contenido se entendía a la perfección aunque no se hablase una palabra de inglés, porque ese es el poder de la música.

Lo que pasa es que era una canción triste; tan triste, que era imposible oírla sin echarse a llorar, y no hablo del llanto callado estoico del anciano que se despide de la vida, sino de la llorera imparable del adolescente que ha perdido al amor de su vida (o eso cree él, o ella). Era una canción tan triste, que era peligroso oírla más de dos veces seguidas si había cerca objetos punzantes; tan triste, que en los conciertos de la banda los asistentes terminaban abrazados consolándose o unos a otros, o mejor, desconsolándose mutuamente; tan triste, que después de oírla la gente se ponía fados para animarse.

El gobierno británico se dio cuenta enseguida de que tenía en mano una crisis de consecuencias insospechadas e insospechables: si la canción sonaba en la radio, aumentaban los accidentes de tráfico, porque a los conductores les daba una llantina violenta que les hacía salirse de la calzada; si ponían el vídeo en la televisión, los abuelos dejaban de comer, los padres de trabajar y los jóvenes se daban a las drogas; si sonaba en el hilo musical de la consulta del médico, los pacientes se iban a casa porque total, ya no querían curarse.

Así que el gobierno, ante esta crisis, hizo lo que mejor sabe hacer un gobierno: prohibir la canción. Lo que el gobierno ignoraba es que internet existe, y en internet había ya cientos de miles de millones de copias de archivos que contenían la canción, remix de la canción, mash-ups de la canción, versiones de la canción feat. Pitbull. La canción ya estaba en el mundo, y no era posible pararla. Y además estaba haciendo que el mundo fuera un lugar más hermoso, aunque también más inhabitable.

Lo peor es que de repente el grupo, que estaba sometido a arresto domiciliario hasta que se encontrase algo mejor que hacer con ellos, anunció que había compuesto otra canción; perdón, otra Canción. Una Canción que haría que la Canción pareciese un picnic y una chapuza. Tan bonita y tan triste que tenían que tocarla con tapones en los oídos, y aun así solo conseguían tocarla entera una de cada tres veces. La OTAN, reunida de urgencia en Castellón (porque en algún lugar tenían que reunirse) decidió entonces bombardear la casa donde estaban recluidos los músicos, aunque con ello también matasen a sus veintisiete vecinos, a trece periodistas que estaban apostados en la puerta y a los policías que vigilaban la puerta. (Es lo que se llaman “daños colaterales” y hay que aceptarlos porque acortan la guerra tres años).

En el funeral, multitudinario tanto en número de víctimas como de asistentes, sonó la Canción, y todo el mundo lloró hasta desmayarse, incluido el sacerdote. Después, espontáneamente y sin que el gobierno tuviera nada que ver, el mundo decidió que aquella canción era demasiado bonita y demasiado triste para existir (para haber existido) y simplemente la olvidó.

Carne

Cuando Alicia y yo terminamos (no inmediatamente después, sino un tiempo después, cuando me sentí preparado para buscar una nueva relación) me inscribí en uno de esos sites para encontrar pareja, con ilusión, vergüenza y una tarjeta de crédito. Rellené mis datos, completé el cuestionario, mentí cuando creí que era mejor mentir, maquillé la verdad en aquellos puntos en los que todo el mundo lo hace. (Complexión: atlética).

Luego esperé. En mi imaginación espídica, lo que iba a pasar es que iba a recibir decenas de mensajes, iba a flirtear con decenas de mujeres, y al final una, ella, la única, la perfecta escogida por algoritmos mágicos, iba a coger mi mano a través de la pantalla del ordenador e íbamos a caminar juntos hacia el atardecer.

Dos semanas más tarde a una mujer de 60 años de Albacete le gustó mi perfil y me planteé seriamente la posibilidad de casarme con ella.

Sí tenía visitas a mi perfil: visitas que venían y se iban sin decir nada. (Hay un capítulo de The IT Crowd en que un contratista le dice a Jen: “Es que no eres mi tipo: a mí me gustan las mujeres altas y bonitas”). Aquellas visitas me daban idea de estar en un mercado de carne, pero la carne era yo.

Unos meses antes, Alicia y yo habíamos estado de viaje en Londres, y habíamos ido a una exposición de esa de cuerpos plastificados, Disgusting bodies o algo parecido. Los cuerpos de hombres y mujeres despellejados, diseccionados, seccionados se nos presentaban en actitudes cotidianas: jugando a las cartas, corriendo, durmiendo o incluso haciendo el amor. Podíamos ver sus tendones, sus músculos divididos en cada una de sus fibras, los huesos pulidos sin resto de carne, sus calaveras vacías.

Cuando estábamos enfrente de una vitrina que contenía un sistema nervioso completo (la médula espinal, los nervios, el cerebro, los ojos) sin cuerpo a su alrededor, Alicia me preguntó: “Pero esto no es de verdad, ¿no? Quiero decir, esto es todo de plástico, ¿verdad?” La miré a la cara y estuve seguro de que si le decía la verdad iba a vomitar allí mismo, en medio del museo. “Sí, claro, es todo de plástico”, le dije, “no son seres humanos”.

Disfraz pitagórico

Este año por carnaval decidí disfrazarme de hipotenusa, pero no conseguí convencer a dos amigos para que se vistieran de catetos, así que el disfraz no se entendía bien. Iba por la calle y la gente me preguntaba: “¿De qué vas, de línea recta?” Y yo contestaba: “No, de hipotenusa”. Y la gente, confundida: “¿Y dónde están tus catetos?” Y ya no tenía nada que contestarles y me daban ganas de marcharme a casa a ver una película o una serie.

El disfraz de hipotenusa también tenía otro problema, y es que sin catetos que la limitasen, tendía a estirarse hacia un lado y hacia el otro hasta el infinito. Al principio no era un gran problema, porque siempre he querido ser más alto de lo que soy, pero llegó un momento en que ya estaba tan estirado que corría el riesgo de ser invisible de perfil.

Cuando ya estaba tan tendiente al infinito que casi no cabía por las puertas, me encontré con una chica que tenía un problema similar al mío, pero en sentido bidimensional. “¿De qué vas disfrazada tú?”, le pregunté con voz de hipotenusa. “Pues mis amigas y yo íbamos a disfrazarnos de tetraedro, pero me han dejado tirada y ahora solo soy un plano”. Su historia, tan similar a la mía, me conmovió. “¿Qué te parece”, le pregunté, atragantándome, “qué te parece si nos intersectamos?” “Eso…”, me contestó con una sonrisa, “¡eso sería un punto!” “¡Un puntazo!”, concordé yo.

Y de lo que pasó el resto de la noche, que cada cual haga sus teorías, o mejor, sus teoremas.

Armonía universal

Habría bebido qué, cinco, seis cubatas. Eran los años locos (unos años locos bastante moderados, la verdad) en que era obligatorio salir todos los viernes y sábados, y también algún jueves, y volver a casa dándose con las puertas después de desayunar un pincho de tortilla con café con leche. Esa noche algo me había sentado mal (la mayonesa del sándwich, seguro) y tenía el estómago revuelto.

Por si acaso, me pedí otro cubata: todo el mundo sabe que el alcohol es un gran antiséptico. Mis amigos hablaban de sus novias y ex-novias, de las cosas que les hacían, cómo se las hacían, cuándo se las hacían. Como la música estaba tan alta y yo estaba un poco en segunda fila no conseguía oír casi nada de lo que decían.

Por algún motivo extraño, el sexto (o séptimo) cubata me cayó todavía peor que los anteriores, lo que no deja de ser un misterio porque si son todos iguales deberían tener todos el mismo efecto. Les dije a mis amigos que me iba a tomar un poco el aire; no sé si alguien me oyó, pero el caso es que nadie salió conmigo.

Estaba mareado, pero dando tumbos conseguí llegar a uno de los callejones laterales a los que la gente va a mear; los tíos, quiero decir. Me apoyé contra la pared, que parecía dar vueltas de una forma bastante inverosímil. Luego vomité contra la pared; intenté abrir las piernas lo más posible pero no pude evitar mancharme un poco las zapatillas, una de las zapatillas, la derecha.

Después de vomitar me sentía un poco mejor: tenía el estómago encogido pero por lo menos ya no me dolía. La cabeza, eso sí, seguía dándome vueltas. Me senté en el suelo enfrente del bar donde estaban mis amigos, hasta que se me pasase un poco el mareo.

Y entonces, mirando a mi alrededor desde allí abajo, viendo la masa de chavales, chicos y chicas borrachos, riéndose, hablando, besándose, tocándose, de repente me invadió un sentimiento de armonía con el universo y con todo lo que me rodeaba: ¡yo era parte de esto! ¡Yo era parte del universo, del cosmos, de la cosa esta! ¡Estaba en sintonía con todos estos otros cuerpos jóvenes hechos de la misma materia que yo, vibrando en la misma frecuencia que yo, movidos por la misma energía que yo! (Aunque yo tenía el estómago vacío).

Me vinieron lágrimas a los ojos: quería abrazarlos a todos, decirles que éramos hermanos, sumergirme en la masa anónima y carnosa, disolverme en la pura solidaridad de todos los seres, en la unidad infinita de los hombres (y de las mujeres). Tenía el pecho hinchado como un globo de pura felicidad. (Debían ser las tres y media de la mañana)

Me levanté, todavía un poco mareado, y me metí en el bar a buscar a mis amigos para contarles que había tenido una epifanía, y que les quería como a hermanos; más todavía: como a mí mismo. Antes de eso hice una parada en el baño para limpiarme el vómito de la zapatilla con papel del váter.

Llegué por fin al grupo de mis amigos, que ahora estaban hablando de fútbol y discutiendo si este año íbamos a aspirar a Europa o a salvarnos del descenso. Intenté interrumpir la conversación para contarles mi descubrimiento, pero como estaba un poco en segunda fila no conseguía que nadie me oyese.

Para cuando alguien se dio cuenta de que había vuelto, la sensación de armonía universal ya se me había pasado; ya ni siquiera recordaba que alguna vez me hubiera sentido parte del mundo. Me pedí un séptimo (¿octavo?) cubata para celebrarlo.

Una mañana en la Seguridad Social

La mañana empieza mal: salgo de casa a las 8.oo y voy hasta las oficinas de la Seguridad Social en Areeiro, pero cuando llego allí veo que solo atienden con cita previa. Para que me atiendan sin cita previa tengo que ir a una Loja do Cidadão. Intento recordar dónde hay Lojas de esas y calculo que la más cercana es la de Marvila. Cojo el metro, pero me equivoco de parada, tengo que bajarme y cogerlo en sentido contrario. Para cuando llego a la Loja do Cidadão son casi las 9.00. Esa media hora que he perdido dando vueltas de un sitio a otro significarán luego horas y horas en la sala de espera. Menos mal que he traído Os Maias de Eça de Queirós: 600 páginas.

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La Loja do Cidadão de Marvila está en un centro comercial; supongo que es un signo de los tiempos. Por si eso fuera poco, en la Loja do Cidadão conviven servicios públicos (Seguridad Social, Hacienda, Registro…) con empresas privadas (EDP, NOS, Vodafone). Como digo, supongo que es un signo de los tiempos.

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El sistema de reparto de turnos es justo pero cruel: para conseguir que te atiendan hay que estar haciendo cola desde antes de que abran; si no, te arriesgas a que ya no queden “señas” y tengas que volver al día siguiente. (Los Centros de Salud también funcionan así, por cierto: quien quiera ser atendido tiene que estar allí a las 8.30 de la mañana cogiendo vez). Yo llego a la Loja do Cidadão a las 9 y ya hay una cola de unas ciento cincuenta personas. Un señor se me pone delante y me explica que no se está colando, que está acompañando a su mujer que está cuatro o cinco posiciones más adelante, pero que quiere ayudarla cuando la llamen y por eso no quiere coger un número consecutivo al suyo. Me cuesta entenderlo pero le digo que bien, que adelante. Cuando me dan mi seña, veo que es la A95. Como me temía, me voy a pasar el día en la sala de espera.

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En la tienda de NOS (una compañía de teléfono y televisión por cable) tienen puesta la MTV, pero sin sonido, lo que es un poco absurdo. En todo caso, ver los vídeos sin música permite ver lo hiperbólicos que son en su espectacularidad, y también lo machistas: si la cantante es una mujer, sale ligera de ropa; si el cantante es un hombre, sale rodeado de mujeres ligeras de ropa. En el tiempo que paso en la sala de espera, hay canciones (o mejor dicho, vídeos) que se repiten cuatro y hasta cinco veces. Qué pocas canciones se deben componer en el mundo.

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A las diez llega una mujer y se pone a gritar porque las “señas” ya se han acabado. No le falta cierta razón a su protesta (¿Por qué hay que venir a las nueve de la mañana para ser atendido a las cuatro de la tarde? ¿Y la gente que trabaja, qué?) pero le pierden las formas. En todo caso, miro a mi alrededor y veo muchas mujeres, muchas personas mayores, muchos inmigrantes. Me pregunto si hay una Loja do Cidadão especial para abogados, médicos, políticos, banqueros, o si es que tienen ayudantes que tratan de esos asuntos por ellos. También me fijo que casi todas las personas que atienden en los mostradores son mujeres; quizás sus supervisores sean todos hombres. En los mostradores de las empresas privadas las dependientas son más jóvenes que en los servicios públicos.

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Leo a Eça de Queirós (en boca de Ega): “Se não aparecerem mulheres, importam-se, que é em Portugal para tudo o recurso natural. Aqui importa-se tudo. Leis, ideias, filosofias, teorias, assuntos, estéticas, ciências, estilos, indústrias, modas, maneiras, pilhérias, tudo nos vem em caixotes pelo paquete. A civilização custa-nos caríssima, com os direitos de alfândega: e é tudo em segunda mão, não foi feita para nós, fica-nos curta nas mangas…”

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Me canso de estar sentado: me doy un paseo por el local. Junto a la máquina de señas (para algunos servicios deben quedar todavía) hay un señor mayor que obviamente no trabaja allí, pero que se dedica a explicar a los que van llegando cómo tienen que pedir su turno. Como todavía faltan unos cincuenta números hasta el mío, voy a la cafetería de enfrente y me tomo un café con leche y una tostada, pero hace tanto frío que se está mejor en la sala de espera. ¿Me lo parece a mí o cada vez hay más madres con niños cada vez más pequeños? (Una le da el pecho a uno, otra acuna al suyo, más allá hay otro que se ha echado a llorar). Una pareja, también con carrito de bebé, discute. “No te vayas a ningún sitio”, le dice ella a él, “que en cualquier momento nos llaman y yo te necesito aquí”. Se lo dice con un tono seco, sin gritar pero con mucha agresividad, pero a él no parece importarle.

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Frente a mí se sienta un chico que tiene una mano escayolada. Además, parece tener un catarro. En un momento tose violentamente y aunque se pone la manga del abrigo delante de la boca no es suficiente, y una flema pequeña cae al lado de su zapato. Él no parece haberse dado cuenta; yo sí, y el señor que está a mi lado también. Pero no hacemos nada: ¿qué íbamos a hacer?

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Me fijo mejor en las dependientas del mostrador de NOS: son dos chicas de unos veintipocos años, seguramente trabajadoras en prácticas, acabarán de terminar la carrera hace poco. Una de ellas tiene aire despistado, como de no haber dormido bien; la otra es más despierta, y también más bonita. Tiene la piel castaña, la nariz redonda, los ojos oscuros, y lleva unos pendientes como de perla, grandes. Con los clientes es muy amable, aunque un señor que no se decide le hace perder la paciencia.

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Sigo leyendo a Eça de Queirós: “É extraordinário! Neste abençoado país todos os políticos têm «imenso talento». A oposição confessa sempre que os ministros, que ela cobre de injúrias, tem, à parte os disparates que fazem, um «talento de primeira ordem»! Por outro lado a maioria admite que a oposição, a quem ela contantemente recrimina pelos disparates que fez, está cheia de «robustíssimos talentos»! De resto todo o mundo concorda que o país é uma choldra. E resulta portanto este facto supracómico: um país governado «com imenso talento», que é de todos na Europa, segundo o consenso unânime, o mais estùpidamente governado! Eu proponho isto, a ver: que, como os talentos sempre falham, se experimentem uma vez os imbecis!”

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Hacia el mediodía baja algo el ritmo de la atención a los usuarios, pero no se detiene. Debe de haber un sistema de turnos para que todos los funcionarios puedan comer, sin que el mostrador se quede en ningún momento vacío. Los números avanzan muy poco a poco, pero se van acercando al mío. Tengo ganas de ir al baño. Pienso: seguro que voy al baño y de repente empiezan a llamar a gente hasta llegar a mi número, y se lo saltan, y luego ya no quieren atenderme, y he perdido aquí el día para nada. Combato la paranoia y voy al baño. Cuando vuelvo todavía van en el A75.

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Doy otro paseo por el local y cuando vuelvo intento sentarme cerca del mostrador de NOS, para estar entretenido por lo menos, pero una señora mayor se me adelanta y ocupa la silla a la que le había echado el ojo. Decido quedarme de pie, leyendo. “Chique a valer!” Enfrente de mí está el señor al que le he dejado que se no-cuele por la mañana: me sonríe. La que está a su lado debe ser su mujer; parece mucho mayor, habría dicho más bien que era su madre.

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Me toca por fin mi turno, pero cuando voy a sentarme viene una chica joven, también con un niño pequeño, y le pregunta a la señora del mostrador que por favor la atienda, que no ha podido venir antes, que no tiene seña. La funcionaria le dice amablemente que no puede ser, que lo siente pero no puede ser. La chica, que diría que es rumana, tampoco insiste y se va. Luego, por fin, me atienden. El trámite queda resuelto; es un decir: queda entregada la solicitud, ahora hace falta que la tramiten. Pero yo ya he cumplido.

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Salgo de la Loja do Cidadão y miro el reloj: son las 15.30. Voy a coger el metro pero antes paso por la farmacia: necesito comprar antiácidos. Cuando hago el trasbordo entre la línea verde y la roja en la parada de Alameda, me parece ver venir en dirección contraria a la chica del mostrador de NOS. Es imposible, pienso: ella debe de estar todavía en la Loja do Cidadão.

Todo tiempo pesado (II, 6): Llamadas perdidas

En el capítulo anterior: Miren y Santi hablan, qué pesaditos.

Si Miren no hubiera cogido un resfriado, no habría pasado nada; pero lo cogió. Nada grave: uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama.

Me lo dijo por el facebook un jueves por la mañana. “Estoy con trancazo en casa, no voy a trabajar”, me dijo. Y yo: “Pobre, ¡cuídate mucho!”. Luego me fui a la universidad porque tenía una reunión para organizar un congreso o una publicación o un encuentro de escritores (ya no me acuerdo exactamente), y después me pasé toda la mañana y buena parte de la tarde, respondiendo emails, enviando emails, borrando emails, clasificando emails. Trabajando, vamos.

Después de comer le mandé un mensaje de móvil: “¿Cómo sigues?” Tardó varias horas en responderme, y cuando llegó la respuesta simplemente decía: “Mejor”.

Esa tarde daban una película de Hitchcock en la cinemateca; no hay mejor plan para el invierno en Lisboa que ir a la cinemateca. Venían conmigo dos amigos más, un compañero del trabajo y una chica española que acababa de llegar con una beca.

Y justo cuando estaba a punto de entrar en la sala, me sonó el móvil: era Miren. Faltaban tres minutos para empezar la película. Mis opciones eran tres: constestar la llamada y hablar con Miren normalmente (y perderme el principio de la película); constestar la llamada pero hacerla breve (para no perderme el principio de la película) o no contestar. Decidí no contestar.

En un día normal, no habría pasado nada, pero Miren tenía un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama.

Cuando salí de la película (que me gustó menos de lo que esperaba: era todavía un Hitchcock bastante inmaduro) miré al móvil: tenía tres llamadas perdidas más de Miren. Ahí empecé a entender que estaba en problemas. Intenté llamarle, pero no contestaba. (Si no contestaba porque estaba ya dormida, o para vengarse de mí, eso yo no podía saberlo).

Volví a intentarlo un par de veces más, y nada. Le mandé un sms. “Perdona, Miren, estaba en el cine. Estás despierta todavía?”. Luego esperé, esperé y esperé un poco más, y como no me devolvía el mensaje intenté llamarle otra vez. Ahora el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Eran inevitables algunas preguntas: ¿había apagado Miren el móvil después de recibir mi mensaje? Si así era, ¿no estaba exagerando, sobreactuando un poco? ¿O sería que, casualmente, su mensaje se había quedado sin batería entre mis primeras llamadas perdidas y esta última? No, mucha casualidad, tenía que haberlo apagado a propósito. Entonces estaba claramente enfadada, y me estaba castigando por ello. ¿No era eso una crueldad?

Y sin embargo, también eran inevitables algunas preguntas sobre mi propia actitud: ¿qué significaba que no hubiera contestado a la llamada de Miren antes de entrar al cine? ¿Por qué me importaba más ver los primeros minutos de una película de Hitchcock que hablar con mi novia, que además estaba enferma? (Sí, vale, era solo un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama, pero eso es indiferente).

Me preguntaba si debía sentirme culpable (me sentía culpable, de hecho), o si mi actitud podía considerarse normal y excusable. ¿Y si la película hubiera empezado cinco minutos antes? Entonces la llamada de Miren habría llegado cuando yo ya estaba en el cine y no habría podido atenderla. Eso Miren no lo sabía. ¿Está un novio, y sobre todo un novio a distancia, obligado a responder todas las llamadas de su novia?

Sin embargo, la pregunta mayor, la que más me preocupaba, era esta: el que no me hubiera apetecido contestar la llamada de Miren, ¿significaba algo, en relación con nuestra relación, o era algo meramente anecdótico? ¿Me estaba cansando de Miren, o “ya no la quería como al principio”, como dicen los personajes de telenovela? ¿O es que simplemente me gusta mucho Hitchcock?

Como me suele pasar en estos casos, me fui a la cama sintiéndome mal, con la tripa revuelta y la cabeza más revuelta todavía. Soñé con Miren, y Miren en el sueño no estaba enferma (ni siquiera tenía uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama), pero sí muy enfadada, y hablábamos y discutíamos y yo me sentía mal.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue mirar al móvil a ver si tenía algún mensaje de Miren. “Perdona, Santi, me quedé sin batería. ¿Qué tal el cine?”. Qué más quisiera yo: nada. Ya no había duda, se preparaba una bronca.

Me levanté, me duché, desayuné (o sea, tomé un café frío y un plátano) y luego llamé a Miren. El teléfono estaba encendido, algo que consideré una buena señal.

-¿Sí? -contestó, con voz mocosa.

-¡Miren! ¡Soy Santi! Por fin te pillo -dije, con mi voz más inocente y angelical.

-Eres un imbécil.

-¿Por? -respondí, siguiendo con mi papel de niño bueno.

-Ya sabes por qué. Ayer te habría matado.

-Pero mujer, es que estaba en el cine cuando me llamaste, y cuando salí ya era tarde…

-¡Pues haberme llamado antes de entrar al cine! ¡Que en todo el día ni una llamada, y sabías que estaba en casa enferma!

-Bueno, al mediodía te mandé un mensaje…

-Un mensaje, vale, de puta madre.

Decidí que no había más remedio que batirse en retirada, meter el rabo entre las piernas, agachar la cabeza.

-Tienes razón, perdona, tenía que haberte llamado antes… Bueno, ¿cómo estás?

El cambio de tema pareció surtir efecto: Miren empezó una detallada descripción de todos sus síntomas y aparentemente se olvidó del tema de las llamdas perdidas. Pero cuando terminamos de hablar y yo le dije “Te quiero mucho, cuídate” (porque hasta ese nivel de afectividad sí nos permitíamos llegar), ella me contestó con un “sí, ya, hasta luego” que significaba claramente que ni todo estaba olvidado ni todo estaba perdonado. Intenté calcular mentalmente cuántos días más iba a tener que seguir con el rabo entre las piernas y la cabeza agachada, pero no llegué a ninguna conclusión.

Afortunadamente para mí, dos días más tarde fui yo el que amaneció enfermo, así que a Miren no le quedaba más remedio que abandonar su enfurruñamiento para preocuparse por mí, y por supuesto contestar a todas mis llamadas independientemente de las circunstancias. (Por cierto, mi enfermedad no era nada: solo un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama).